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jueves, 6 de diciembre de 2018

La odisea de un ánima sola IV


Nota: Para ver las partes 1, 2 y 3 de esta saga, por favor ir al menú lateral y comenzar con las entradas del 1, 3  y 4 de diciembre.

 

Julio y el Mulín


1986, la contra continuaba haciendo sus fechorías tanto en territorio hondureño como nicaragüense.  Mi pueblo hervía de contras, Colaboradores Hondureños y refugiados.
Ciertos jóvenes hondureños se metieron como mercenarios a la contra, es el caso de Yuca y Vicente, el primo del Chele, un cipote de 11 años que se fugó de su casa para convertirse en niño soldado. También había otros que conducían los carros de la Contra transportando armas y pertrechos, es el caso de Rafael, Cristo de Lata y de otros que eran atraídos por los dólares que manejaba la Contra.
La Contra, como decía antes tenía, puestos de vigilancia en los caminos de la Montaña. A veces abandonaban esos puestos para posicionarlos en otros lugares. Allí abandonaban ciertos pertrechos que la gente del campo recuperaba (Tablas de madera, carpas y otras cosas). La historia que les voy a contar es una que tiene que ver con el abandono de uno de los puestos de vigilancia de la Contra en el camino hacía las Dificultades.

Julio


Julio es el segundo hijo de 4 de don Bernardo Mendoza (Nayo) y de Doña Rosa Arriaza. Julio nunca le gustó la escuela y se dedicó a seguir a su viejo en sus actividades agrícolas. Nayo era un maestro en arte de hacer bloques de dulce de rapadura, aserrador de madera y hachero de primer grado. Julio desarrolló una musculatura de hierro a pesar de su corta estatura y como su padre se dedicó a ser leñador y trabajador agrícola. Durante el periodo de cosecha de café se enrolaba como cortero en las haciendas cafetaleras alrededor de la aldea de Los Granadillos.

El Mulín


Desgraciadamente, no tengo información sobre él y por informaciones de mi amigo Javier Mendoza, el hijo de don Tavo, supe que se llamaba Toño Ortiz. Era era originario de la ciudad de El Paraíso y que su apodo venia del hecho que era fuerte y musculoso. El Mulín había hecho su servicio militar. Había sido reclutado y hecho su servicio en el sexto batallón de infantería. Salió de baja y como la mayoría de los chafitas después de su servicio, se encontraban sin trabajo y con complejos de superioridad y hasta negando sus orígenes y negándose a volver al campo. Esto último no ocurrió con Mulín, quien durante la temporada de café se fue a vivir donde don Nayo y a trabajar en lo que fuera.

Las Granadas


Junto con Julio, el Mulín consiguió trabajo en una finca de café de los Zelaya, en los Volcancitos. Tenían que caminar dese Los Granadillos hasta los volcancitos y en su trayecto tenían que pasar por un lugar en una montañita propiedad de doña Regina Lardizábal en donde la Contra había instalado un puesto de vigilancia. Allí, ellos por curiosidad fueron a ver el puesto abandonado y encontraron dos granadas de fragmentación.

El hecho


Un día, allá por 1987, yo regresaba de la finca de mi padre hacia el pueblo en un viejo Jeep que tenía mi padre que yo conducía. Pasando en frente de la casa de don Juan Mondragón, el hermano de Nayo, vimos varias gentes que nos hacían señal de parada, el cacharro iba cargado y mi papa me dijo: seguí vamos cargados.
Llegamos al pueblo y descargamos el carro y estábamos ya descansando cuando llegó don Gustavo Mendoza, quien era el Juez de Paz del pueblo, a pedir la colaboración de mi viejo para que lo transportara a Los Granadillos.
Mi viejo le preguntó para que quería transporte. Don Tavo le dijo que algo había pasado y que había un muerto en las propiedades de Nelly Mendoza.
Bueno pues, me dice mi papa, prepárate que nos vamos con don Tavo.
Fuimos a la gasolinera pusimos combustible y mientras lo hacíamos un transportista que venía de la montaña que conocía a don Tavo y le dijo que allá lo estaban esperando que había un muerto y un herido por la explosión de una granada. 
Bueno, ya nos fuimos con don y en la entrada del pueblo nos encontramos con otro transportista que traía al herido. El herido era Julio.
Don Nayo y la señora venían en el carro. Don Nayo, se cambió de carro y se regresó con nosotros.
Llegamos al lugar del hecho, donde ya el ejército estaba presente. Un teniente dirigía las operaciones y no quería dejar que los civiles se aproximaran al lugar. Don Gustavo se impuso y pasó y me dijo seguime me vas a asistir en el levantamiento del acta.
Llegamos al punto exacto y había un pelotón de militares recogiendo los pedazos de carne y los restos de un cuerpo completamente destrozado. La cara era irreconocible, su tórax y su vientre completamente desechos. La explosión paso bajo un gran roble y las hojas del roble estaban cubiertas de humo, sangre y restos de carne. Alrededor había miembros anatómicos, dedos, dientes, etc.
Don Tavo después de una acalorada discusión con el teniente del ejercito obtuvo que los militares pararan de contaminar la escena del hecho para él, don Tavo, hacer el peritaje y la reconstrucción del hecho.
El hecho es que por haber sido una explosión de granada el chafa decía que eso era un caso de la autoridad militar. Don Tavo argumenta que los implicados son civiles y que por consecuencia era un caso civil.
Se llamaron como testigos a don Nayo primero para estableces la identidad del muerto y más luego a otros familiares para corroborar que los dos muchachos no estanban implicados en nada que tuviera que ver con actividades militares.
Nayo nos dijo que se trataba de Mulín. Y que el hecho había pasado de mañana cuando estos se iban a trabajar a los volcancitos. También nos dijo que eso fue un accidente tonto.
Declaró que Julio y Mulín, el día anterior, yendo a trabajar habían ido a escurcar el puesto abandonado de la contra en la montañita y que habían encontrado dos granadas de fragmentación. Las recogieron y las pusieron en la mochila de Mulín. De regreso a la casa en la tarde, Mulín le dijo a julio que estallaran una y lo hicieron en una zona de bosque sin peligro. Mulín habiendo sido militar, sabía como funcionaban las granadas y no pasó nada.
Cuando llegaron a Los Granadillos, los cipotes babosos se pusieron a hacerle miedo a la gente con la dicha granada, don Nayo les dijo a los dos bichos que dejaran de joder con eso y que pasaran por el puesto militar de El portillo, el día siguiente y la entregaran al oficial al cargo.
Como es evidente ellos no hicieron caso. Él día del accidente decidieron estallar la segunda granada. El mulín a cargo de hacerla estallar le dijo a julio que se quedara un poco retirado que el iba a hacerlo. Algo sucedió y la granada se escapó de las manos de Mulín explotando y destrozando al individuo e hiriendo a julio con varias esquirlas en el pecho.
Julio herido se regresó a su casa y en el camino ya encontró a Nayo que venia a ver lo de la explosión. Sacaron a Julio hasta la carretera para trasladarlo al pueblo para ver un médico.
Una vez el levantamiento de testimonio hecha, el juez dispuso que la familia podía levantar el cuerpo o lo que quedaba de él. Don tavo les preguntó que qué querían hacer y las familias dijeron que lo querían velar un poco en la casa de su hermana antes de enterrarlo en el cementerio de Conchagua. Él los autorizó.
La familia les pidió ayuda a los militares para levantar el cuerpo y los militares no aceptaron arguyendo que no tenían camillas ni bolsas de plástico ni material. 
Yo viendo eso se me ocurrió una idea y me dije:  Si agarramos dos sacos de los que utilizábamos para transportar café y les cortamos las esquinas y hacemos pasar dos trancas de roble rectas a través de los agujeros haciendo que las bocas de los sacos se encontraran en medio y luego poniendo unos travesaños a la altura de los agujeros y luego costurarando con cabuyas las dos bocas juntas, pues tendríamos una camilla.
Sin decir nada llamé a uno de los familiares y fuimos a buscar sacos en el carro y cabuyas. Le expliqué la cosa y el tomo un machete y cortó dos robles jóvenes y derechitos. Hicimos la camilla en las barbas de los militares que ni cuenta se dieron por estar alegando con el juez que estaba bravo por la falta de colaboración de los chafas.
Los familiares comenzaron a poner los restos mortales de el Mulín en la camilla.
El teniente que estaba ocupado respondiendo al Juez se vira y pregunta: 

¿Quién hizo esta mierda? Refiriéndose a la camilla.

El muchacho que me había ayudado me señala. 

El oficial se dirige a mí y me dice: 

¿Vos hiciste eso?

Si, respondí yo.

¿Y dónde aprendiste a hacer esto?

No aprendí, nadie me enseñó, solo se me ocurrió.

¿Se te ocurrió, así nomás, como milagro?

Pues sí, sólo un poco de lógica, le dije.

¿Cómo te llamás?

Ya le di mi nombre.

¡Papeles!

Le doy mi tarjeta de identidad.

¿Tas seguro que nadie te ha entrenado?

¡Si!  Respondo.

¡Si teniente! Se responde.

Ya las patas comenzaban a temblarme diciéndome este cabrón ya me va a hacer clavo.
Entre tanto don Tavo ya había terminado de escribir su informe y recogido las firmas de los testigos y de los miembros de la familia. Me llama y me dice:

Nos vamos, vamos a ir a recoger a tu papá y a Nayo que están abajo.

El teniente dice:

¡Este no se va! Va detenido para interrogatorio.

Don Tavo se vuelve a encachimbar y le dice ¿y ahora cuál es tu problema?

Es que este elemento hizo una camilla para el muerto y eso no es normal. Eso solo se aprende en los entrenamientos militares.

¡Puta! Y si se aprende en los entrenamientos militares ¿Por qué no la hicieron ustedes? ¿Y usar la cabeza también se aprende en los entrenamientos o solo se necesita ser inteligente para usarla? Le dice don Tavo al oficial.

Entréguele la identidad al muchacho, es mi asistente y yo respondo.

El chafa ante el argumento de don Tavo, me da la identidad y yo livianito me escurro al lado de don Tavo y nos fuimos.
Pasamos por la clínica, una de las clínicas del pueblo, el juez fue a ver a julio quien confirmó lo que Nayo había contado.
Así termina este triste episodio. Una tragedia humana provocada por la irresponsabilidad de los elementos de la Contra y la ingenuidad de dos jóvenes que nos sabían medir las consecuencias de sus actos.
En lo que me concierne, pasé varias semanas durmiendo mal figurándome las imágenes de aquella carnicería.
Aquí los dejo, Abrazos.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Balbuceos de militancia: primera parte


Siempre que abordamos el tema de la militancia salen a relucir dos términos que en la dialéctica de los acontecimientos y de la evolución social son contrarios, inseparables y muchas veces utilizados con absurda simplicidad; me refiero al adoctrinamiento y la convicción.

Para los que reprimen, aquellos a quienes reprimen han sido adoctrinados y los que son reprimidos dirán siempre que actúan por convicción. Es hacer de notar que esta posición cambia de lugar según quien tenga el poder y de la dimensión que la corrupción alcance en los engranajes del poder.  Desde mi punto de vista, y aclaro que es un punto de vista muy personal, la violencia, la represión y los asesinatos políticos son proporcionales al nivel de corrupción.  Basta con observar atentamente el panorama de nuestra América y cerciorarse que lo que allí pasa, da un poco de razón a mi punto de vista.

Pero bueno, no nos desviemos del tema que nos ocupa, la militancia. En realidad, en este texto les quiero compartir ciertas experiencias personales y ciertas anécdotas de mi transcurso por este breve mundo lleno sueños, decepciones y realidades.

La construcción de la convicción.

Yo José Dario Izaguirre Martínez, nací en una familia humilde. Mi madre en los papeles oficiales era un ama de casa y mi padre aún vivo y casi en el ocaso de su vida al momento de comenzar este texto, un labrador. Un hombre y una mujer de su tiempo. Nacieron en medios aún más miserables que los míos. Mi madre aprendió a leer y a escribir y trabajó desde edad muy temprana para ayudar a la viuda de mi abuelo quien murió cuando aún ella era una niña. Mi padre abandonado por su madre a una corta edad, creció desnudo y descalzo. Criado por su abuela comenzó a trabajar como obrero agrícola a la edad de 14 años en las haciendas de los terratenientes de las sierras de Managua y Chichigalpa, en Nicaragua y el los cañaverales de la familia Somoza.

Siendo los dos las víctimas de la injusticia, pero curiosos y poco quejumbrosos, supieron aprovechar lo que la vida les puso por delante y superar su condición económica. En la pareja había mi padre que era capaz de regalarlo todo y con un sentido de justicia bien arraigado. Por otro lado, mi madre, que, aunque era también justa, tenía un sentido de los negocios bien definido. Ella era capaz a partir de un huevo hacer un gallinero. Los dos viejos se opusieron siempre a la represión política, poco importa de donde ella viniera.  Críticos de los detentores del poder, nos mostraron a respetar el poder, pero a oponernos a las atrocidades.  De ellos, mis viejos y sobre todo mi padre, a quien seguía por todos lados desde que pude sostenerme en el lomo de una mula a cinco años, aprendí como funcionaban las cosas.  Siempre con la oreja abierta y oyendo cada platica y bebiendo cada palabra de lo que decían mis viejos en sus pláticas con el candil apagado o a la luz del día cuando los amigos de mis viejos venían a la casa, yo aprendí, cuando tenía que quedarme callado y ante quien, aprendí a decir lo que pienso cuando la circunstancia lo permite. Mis padres entonces cimentaron la base de mis convicciones.

Y si ese aprendizaje simple y cotidiano se llama adoctrinamiento según algunos, entonces mis padres me adoctrinaron.  Y ese adoctrinamiento o más bien esa enseñanza la cargo con orgullo y la considero un tesoro. Gracias ellos estoy donde estoy.

Pero sobre los cimientos de la formación ideológica familiar, en cierto momento se comienzan a colocar los primeros ladrillos del razonamiento propio. Se comienza a cuestionar el porqué de ciertas cosas. ¿Por qué Toñito el de Sofía siempre anda careto y viene a pedir comida a la casa? ¿Por qué Nato el de Beto es más flaquito que yo y más panzón que yo? ¿Por qué Damián el hijo de Chon Merlo se murió de fiebre de lombrices y estas últimas le salieron por la nariz y las orejas después de muerto? ¿Cuál es la diferencia entre ellos y yo?

Pero si vivimos en la misma aldea, vamos a la misma escuela. Si ellos tienes papá y mamá.

¿Y Por qué se murió Rodolfo el hijo de Zacarías? Y el hijo de Simón de quien cargué el ataúd en 1975.

¿Qué pasa aquí?

Pues, pedí explicaciones y la tuve: Señoras y señores, era la voluntad de Dios, que en su misericordia sabe a quién darle la vida y a quien arrebatársela. Pero no te preocupes ellos, los niños esos, irán a formar parte del coro de ángeles al cielo. Y tuve otra: mirá mijo ellos mueren por que sus padres son más pobres que nosotros y no tienen dinero para comprar los remedios necesarios. Y creo que esa explicación me gusto más. Y allí viene otra reflexión de niño.  Bueno y ¿por qué no tienen dinero?

Y tuve la respuesta.  Dios en su infinito poder decidió de poner ricos y pobres en la tierra. Él en su amor infinito ha dicho que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico gane el reino de los cielos. Los pobres ya tienen ganado el reino de los cielos.  La otra respuesta: Los pobres son pobres porque la vida es injusta. Mirá Sofía Moncada, la mama de Toñito, se le murió el marido y le dejo una finca de café, pero con los hijos pequeños y las deudas que le dejó don Medardo, ella perdió la finca y ahora allí vive arrimadita en la casa que yo le presto.

¿Entonces ella se va ganar el reino de los cielos porque ahora es pobre?

Pues no sé si se ganará el reino de los cielos, pero lo que si sé es que tiene que trabajar más de la cuenta para mantener a sus hijos.

Que relajo de contradicciones tiene la vida de adulto. Pues así seguí creciendo comiendo en el mismo plato con los hijos de los trabajadores. Dándoles alguno que otro pedazo de queso o algún huevo que me pillaba en el gallinero de mí mama. Un ladrillo más sobre mi muro de conciencia.

Así siguió la vida.  Nos fuimos del campo hacia la ciudad buscando luces, esas luces que mis padres no tuvieron quisieron dárnoslas a nosotros. El choque cultural fue la escuela, inmensa… profesores hasta para regalar y qué decir de la cantidad de alumnos.  Allí otra vez pensé en Leocadio que hubo que abandonar la escuela para toponear y poner el hombro para ayudar a Cosme y Enriqueta. 

Ese primer día de escuela en la ciudad fue de lo más impresionante. Mis padres no fueron conmigo. Me fui con mi hermana que comenzaba el sexto de primaria. Llegamos a la escuela que estaba repleta. Olía a nuevo. En la multitud perdí a mi hermana y me quedé sólo hasta que otro perdido como yo se acercó y me preguntó a qué grado iba. Le respondí que iba a segundo. Él me dijo que él también, se llamaba Ramón Antonio Flores Bertrand.  Me dijo: mi tía es profesora aquí, vamos a preguntarle donde nos toca.

Buscamos a la profe Azucena de Sevilla y nos dijo que nos tacaba con Gladis Mendoza de Escoto. Así comenzó una amistad que podría decir la primera de la ciudad.

Pero bueno, nos desviamos del tema.

El asunto es que la vida de la ciudad me hizo visualizar otra realidad. Si bien en la montaña mi familia era la referencia para muchos de los paisanos, en la ciudad yo era el paisano. Me hacía llamar el montañés, el indito y me convertí en la cabeza de turco de muchos de los alumnos.  Los golpes, los insultos y las pedradas que recibí en ese primer año de escuela citadina creo que me ayudaron a forjar mi humildad, mi timidez, pero al mismo tiempo mi arrogancia y mi mimetismo del comportamiento cruel de la infancia.

Allí aprendí que ser sobrino de la directora no tenía ventajas. Que hablar con don Rafael «Chanchita» el policía de la escuela era arrastrarse, aunque lo único que quería saber es porque tenía la pata dura.  Aprendí también que la homosexualidad tan repudiada no era enfermedad. Alex Aroca a sus 8 años lo era ya y algunos abusaban de su condición. También aprendí en ese año que había una mujer, una rubia y pecosa que me robó algo preciado, un pedazo importante de mis pensamientos. Era 1974.

Un huracán golpea el país, mi abuela Juana María se muere y los desastres se propagan. Allí aprendí por los decires de mi padre que el primer país a mandar ayuda logística y económica a Honduras fue Cuba. Pero que las brigadas cubanas se habían ido por oposición de los Estados unidos. No entendí porque gente que viene ayudar tiene que irse. Si mi papa me había enseñado que la ayuda se toma de donde viene si se tiene necesidad. Y que nunca se debe despreciar ningún tipo de ayuda. Que la ayuda se ofrece y no se espera que alguien la pida. No entendí, nada. Sólo miraba las fotos de los periódicos, de gente en los techos de las casas esperando ser rescatados y las villas destruidas por las inundaciones mientras los cuerpos de las personas y del ganado ahogado flotaban en esa agua contaminada por el desastre. Otro ladrillo más sobre mi muro de conciencia.

 Ese Huracán a pesar de que me quitó a mi abuela, también me quitó otra cosa, mi hermana mayor, la que creció con nosotros, la que nos cambió pañales, se fue de la casa después de una pena de amor. No la volví a ver hasta la muerte de mi madre en 2011.

La vida continúo, me cambiaron de maestra. Gladis a quien aún le tengo mucho aprecio, me quería mucho, pero hubo que dividir la clase y me tocó pasar por la alegría desbordante de la profe Corina (quienes la conocieron sabrán que hay un poco de sarcasmo en esto), algunas semanas más tarde nos cambiaron de profesor y fue Magdalena Merlo quien terminó siendo mi profesora definitiva. Terminé mi segundo grado En la Escuela Urbana Mixta Francisco Morazán.

Hermoso año ese. Conocí, además de Ramón, a Nelvin Valle Zelaya, Iván Zelaya, las hijas y el hijo de doña Mercedes y de Chepe León, Noé Ferrufino, a Juan el hijo de Carlos (pedo) y Gloria, a Marcos (lupita) y otros vecinos con quienes jugaba.  Vivíamos en la casa de mi padrino Moisés y compartíamos el espacio con Reynelda, la hija mayor de mis padrinos, Julia Castro y María Elena Sosa.

En ese universo de la ciudad donde todo era limpio, donde todos iban a la escuela limpios, donde había un centro de salud, carros, un conjunto musical, un redondel temporal para las corridas de toros. Un hotel un club de Leones, médicos, un colegio, tres escuelas y cuantas cosas más, era maravilloso. Ese universo también era desconcertante. Allí también había preguntas.  Recuerdo que después del huracán Fifí, sobró comida de las donaciones que el pueblo había hecho para ayudar a los damnificados de la Costa Norte. Sobro Maíz, frijoles y Arroz, que la alcaldía Municipal puso en bolsas plásticas y ordeno que brigadas de estudiantes salieran a repartir esos recursos entre los pobres de la ciudad. Ese día yo no fui a la escuela. Yo, Darío, decidí que tenía dolor de panza. Pero no sirvió de nada. A eso de las 10:00, Marcos Madariaga (Lupita) vino a mi casa y dijo que la profe Magdalena me quería en la escuela. Me puse nervioso, pensé que me iba a castigar por faltar a clases, sin embargo, me fui con Marcos. Cuando llegué a la escuela La profe Magdalena me dice: Venga que usted será el encargado de leer el mensaje de la alcaldía a cada familia.

Yo más perdido que una cabra en una procesión de Semana Santa le pregunté:

¿No me va a regañar?

Ella se rio y me dijo:

Tome este papelito, apréndaselo y si no puede lo lee en cada puerta de cada familia donde iremos a dar esta comida. Había en la pieza una gran cantidad de frijoles y maíz. Nos la pasamos todo el día distribuyendo las tales bolsas y en cada puerta el indito leía o recitaba:

 «Buenos días señoras y señpres, en nombre de la alcaldía municipal de la ciudad de El Paraíso reciban esta humilde contribución que servirá a palear (esa palabra me daba miedo porque sonaba como apalear) algunas de sus necesidades. Muchas gracias.»

Pasó ese día y me di cuenta que allí en esa ciudad había también niños panzones, lombrizosos y mocosos como en la montaña. Y las preguntas de nuevo. ¿Cómo dos libras de frijoles y dos libras de maíz pueden ayudar a esa gente? Bueno me decía, van a comer hoy por lo menos. Pero la solución al problema no estaba allí, pero tampoco yo tenía la solución. Suerte que tenía mi trozo de madera con ruedas de cajas de betún que me ayudaban a pasar el rato jugando. Entonces a esa edad aprendí que la pobreza es más universal que la riqueza y que en la vida unos nacen con estrella y otros estrelladlos como decía Tín Larios.

Y ese año crecí y le puse la liga de cemento al siguiente ladrillo de mi conciencia.

Regresamos a la montaña. De nuevo las vacas, el café, las mulas y todo eso que durante el año había dejado atrás. Volví sin hermana, sin abuela y con un cumulo de cosas nuevas aprendidas. Con ocho años en diciembre ya no era el chigüincito si no un hombrecito a los ojos de mi padre. Que en su visión del mundo a esa edad tenía que ser capaz de desempeñar tareas más complejas, que simple mente servir de almuercero o aguatero. Darío tenía que ayudar a transportar café a lomo de mula. Ayudar a mi hermano a acomodar las cargas en los aperos, tayacanear bueyes, arriar bueyes en el batey. En otras palabras, gustar a ese sabor agridulce del sudor fermentado después de algunos días sin lavarse. Gustar de la picazón provocada por las garrapatas, chatas y patacones. Gustar al desamor de llegar tarde a la cena empapado de la lluvia del camino. Gustar las rabietas de mi mama en menopausia y las de mi papa que no entendía porque nunca pude sacar una vaca recién parida del lugar donde escondía su ternero.

Allí comprendí que eso que yo vivía en esos momentos también lo estaban viviendo los de mi edad que tenían que cortar café, buscar leña en el monte o azadonar junto con sus padres. Sólo que, yo tenía que comer, dormía en una cama caliente y por lo menos tenía trapos secos para la noche.

Comprendí también que a pesar de la dureza de esos días me gustaba la compañía de toda esa gente que no eran mis hermanos de sangre, pero si, simplemente mis hermanos.

Terminó la temporada de café.

Regresamos al pueblo. Pero esta vez ya el choque fue menos.

Llegamos y esta vez ya no podíamos vivir en la casa de mi padrino, porque mi padrino y su familia se venían a vivir también a la ciudad.

Una nueva aventura comenzó. Vivimos durante un tiempo en la casona de don José María Tercero. Pero no vivíamos solos. Allí había tres familias más numerosas que las nuestras. Y se tenía que compartir todo. Pero esa gente era parte de la familia y por una vez tuve primos y primas. Mila, Aura Delia, Cecilia, Luis, Carlos, Santiago… Fueron hermosos los pocos meses que pasamos allí.

Volví a la escuela, la misma escuela de mi segundo grado con los mismos amigos y compañeros. Nueva Maestra Miriam Zarmiento. A medio año nos pusieron un nuevo profesor que era más malo que la picazón. Francisco. Luego nos pusieron a la profe Cristina Sevilla de Talavera con quien terminé mi tercer grado. En la escuela todo fue bien. Ya sabía de quien cuidarme y con quien llevarme. Allí conocí a mi primo Nelo Pastrana. Mayor que yo, pero era él quien me cuidaba de los más grandes. Es de hacer notar, que en esa época éramos pocos los que teníamos una edad escolar normal. La mayoría de los alumnos de tercer grado tenían más de 11 años.

El problema más grande de ese año fue nuestra mudanza al barrio El Calvario. Un compadre de mi papa le dijo que tenía una casa que le podía prestar. Fuimos a ver la casa, ella nos convenía. La ocupamos, la limpiamos y me di cuenta que esa casa era una mina de oro pues en la limpieza encontré cantidades de mables, pelotas dados… fui feliz.  La trampa de la casa era la manera en la que ella fue adquirida. Que aún no sé exactamente las circunstancias. Solo sé que perteneció a una señora Otilia Romero. Y que sus hijos e hija nos vigiaban a mí y a mi hermana menor y nos trataban de ladrones de roba casas. No entendía yo por qué. Samuel el hijo de Otilia era mi compañero de clase y cuando yo trataba de saber porque era yo un roba casas lo que recibía era una trompada. Las preguntas resurgen.

¿Porque Samuel me pega? ¿Porque Samuel me llama así? ¿Porque si tenía una casa en el pueblo siempre anda roto y mocoso? ¿Será que no me quiere porque le robe los mables?

Un día tomé todos mis mables los llevé a la escuela y se los puse en el bolsón a Samuel y le dije de larguito, para que no me sonara, que eran los que había encontrado en su antigua casa. Y nunca me volvió a pegar.

Pero insistí en las respuestas.

¿Papa, usted le robo la casa a Samuel?

Era un asunto existencial. Mi padre mi héroe. ¡Un ladrón! No puede ser.

Mira mijo, si vos me decís que te preste veinte pesos, yo te pregunto cuando me los vas apagar.

Vos me decís que mañana. Pero si no tenés veinte pesos hoy, como es eso que los vas a tener para pagarme.

Entonces yo te digo que te los presto pero que, si no me pagas mañana, vos me tenés que dar tu gorra y tu bolsón de la escuela.

Eso le paso a la doña. Ella quitó pisto prestado al banco y no pudo pagar, el papá de mi compadre se la compro al banco y la doña tuvo que entregar la casa a mi compadre. Ella perdió todo. Y los muchachitos de ella creen que fuimos nosotros los que les quitamos la casa.

Allí aprendí que todo lo que uno tiene lo puede perder.

Se puede perder por una deuda, por querer ser justo o por sentirse culpable de algo que no hiciste. En esa circunstancia perdí mis mables.

Pero a pesar de todas esas pequeñeces, también conocí cosas preciosas. Conocí el cementerio, la loma donde aprendí a volar papalotes. Conocí gente genial. Gabriel Estrada, Tito el hijo de Martina. Martina que vendía guaro que se emborrachaba y en sus tiricias sacaba a tito y a María que se venían refugiar en los justanes de mi mama. Conocí a Paquito, a Mercedes y Besy Mendoza. Al maestro gallero y talabartero Arnulfo Acuña de quien aprendí mucho sobre el cuero. Conocí a los Mendoza. Beto, Javier Ramón, Can, Eva, Rosa, Nela y los otros. Supe también que la gente dejaba las ventanas abiertas y se podía ver la tele desde la ventana. Gabriel era un especialista de los programas de tele. Se los sabía de memoria. Era mayor que yo y era bueno como un pan de Dios. Mi mamá le tenía confianza y me dejaba ir con él a ver tele. Así comencé a alejarme de la casa con otros destelevisorados como yo.

Me di cuenta en esas expediciones que no era chistoso cuando el propietario del televisor decidía cerrar la ventana y que te corría o cuando alguno de los cipotes se tiraba un pedo y nos corrian de la casa. Me di cuenta que muchas veces me daba nostalgia de mi trozo con ruedas de lata de chinola. Mis caballos de palo y mis mulas y mis vacas y mi perro.

Paso el año y con el otro ladrillo más en mi escalera.

De nuevo las vacas, el café, los chanchos, la caña y el encuentro con esa gente. Mi papá le había comprado a Lencho (Almágana) Gómez, un mecánico del pueblo, un diferencial de carro con llantas. Con mi hermano, le hicieron un camastro y un timón que unía la carreta a la Junta de bueyes. El artilugio dio resultado y bueno ya teníamos Carro. Es de hacer notar que justo antes del golpe de estado de Oswaldo López contra Moncho Cruz, un tractor había pasado y le había hecho una carretera que unía la vieja casa con la carretera que pasaba justo arriba de la loma. Pues con aquella carreta transportábamos el café que los trabajadores cortaban. Ya no tenían que lomear. Íbamos a san Antonio de Conchagua a comprar frescos para las fiestas de navidad. En otras palabras, nos estábamos modernizando. Mi vieja por su parte le compró una refrigeradora de querosén a don Chendo Molina y se la llevó para la montaña y se puso a hacer charamuscas y a vender hielo y refrescos helados.

En todo esto yo era quien con Juan el de Sofía Moncada, tayacaneabamos los bueyes de la carreta porque no estaban acostumbrados a tirar solos de aquel armatoste. Me acuerdo que la primera vez que se las pusimos aquellos animales salieron corriendo con el pererén pererén del armatoste detrás de ellos. Como tayacán que era casi me atropellan. Yo los deje pasar y los animales corrían y corrían… mi hermano se tiró de la carreta y los dejó ir. Los fuimos a encontrar atascados en una vuelta de la carretera. La carreta en un hoyo y los bueyes bramando. Los soltamos y sacamos la carreta. Luego les pusimos ojeras para que no tuvieran vista periférica y se terminaron acostumbrando. Los bueyes se llamaban El Chosmo y el Comprado. Uno era marrón y el otro blanquizco.  Pues en ese jolgorio yo iba a vender las charamuscas al campo de pelota de la aldea los domingos y los sábados de quincena iba con Juan a la hacienda de doña Eva Gonzáles viuda de López. La navidad de ese año fue genial. Además de la carreta y el refri, mi papa se compró un radio tocadiscos. El invitó a don Tavo Mendoza y a su familia y armamos un jolgorio. Bailando en el patio de cemento, reventando cuetes, comiendo torrejas y nacatamales. Los Midence vinieron a hacerle competencia al tocadiscos. Eran los currunchunchun oficiales de navidad. Nos levantamos tarde al siguiente día. El día después fuimos a dejar los Mendoza hasta el pie de la cuesta de las Flores. Allí iban aquellas muchachas en la carreta y nosotros (mi papa, don Tavo, y yo montados.) Que bonito fue eso.

Pues con todo ese ajetreo se me olvido que había otra realidad a mi alrededor. Que se las seguiré contando en otra del Caitudo.



Feliz Navidad.
 




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