martes, 13 de abril de 2021

Anécdotas puntuales o puntudas-2


Siguiendo con esta camándula de anécdotas puntuales esta vez los conduciré a través del universo de algunas manifestaciones del sincretismo cultural.  Se denomina sincretismo al proceso cultural en el que dos tradiciones, culturales entremezclan, conciliando sus contenidos diferentes. Generalmente se da en términos de fusión y asimilación, obteniendo así un producto cultural totalmente nuevo, aunque con signos más o menos evidentes de los iniciales.

Este viaje lo haremos a través de dos historias que nos contaba mi madre en aquellas calurosas tardes de verano que olían a frutos de tapaculos, a estiércol de ganado seco y café pilado. Eran días largos, no por que la claridad durará más horas, sino porque el calor los hacia trascurrir despacio y pesadamente y porque el ajetreo de la cosecha de café y la presencia de tanta gente en los meses de temporada se veía remplazada por la bulla de las chicharras y por la calma asfixiante de los julios, como los llamaban los viejos.

Nosotros los chigüines esperábamos la tarde y el momento en el que mi mama[1] recogía la cocina, lavaba el nixtamal y apagaba el fuego. Luego salía y se sentaba en el corredor de la casona y miraba hacia la loma del potrero de El Cerro, como lo llamaba mi papa. Miraba como los pinos se mecía al compás de ese viento tímido de la época seca, sacaba de su delantal su paquete de cigarrillos Royal, sus fósforos y “encendía un recuerdo” como diría Zitarrosa.

Melba y yo nos acercábamos y le pedíamos que nos contara un cuento. Ella decía que no se sabía muchos. Nosotros sabíamos que era verdad porque siempre nos contaba los mismos. Era un poco triste para mí porque mis dos otras hermanas estaban en el pueblo en la escuela y sólo venían para semana santa o los feriados largos.

De esas historias que nos contaba mi mama me acuerdo de los nombres de tres: “La Pancha, la Panchita y la Panchona” “Tres Ojitos” y “Estrellita de oro”. De la primera no me acuerdo siquiera de un pedacito. De la segunda mi hermana Melba la conservó hasta que se le olvidó (y no es broma) y la última sólo me acordaba de ciertos pasajes, sobre todo de una palabra “el mangual”.

De la primera historia aun no he encontrado referencias ni el texto. De las otras dos pude averiguar que “Tres Ojitos” es la versión que mi madre recuperó por tradición oral del cuento de los hermanos Grimm y que se llama “Un ojito, Dos Ojitos, Tres Ojitos” y el otro, es un antiguo cuento español conocido como “Estrellita de oro”. Este último es la versión española de “La Cenicienta”, un cuento antiguo de la tradición europea que Charles Perrault, los Hermanos Grimm y Giambattista Basile hicieron perdurar en papel y que Walt Disney terminó prostituyendo más tarde.

Van a dejar a la vaca sin cola  (Refrán español que se aplica cuando el afán de repartir algo, resulta perjudicial).

-              Mama, cuéntenos un cuento.

-          ¡Y que les voy a contar pues! Si sólo se me unos poquitos

-          Cuéntenos el de tres ojitos, a la Melba le gusta.

-          Vaya pues, pero me vua a terminar el cigarro y vuir a buscarme una taza de café.

Se fue para la cocina y regresó con una taza de café, y dos platos con la mitad de un plátano asado abierto con mantequilla de costal en medio.

-          Bueno les vua contar el cuento. Cómanse el plátano…

Había una vez una mujer que tenía tres hijas. La mayor se llamaba Un Ojito, porque tenía un solo ojo en medio de la frente; la segunda, Dos Ojitos, porque tenía dos, como la gente humana; y la tercera, Tres Ojitos, porque tenía tres, uno de ellos en medio de la frente. Y como la segunda no era distinta de la demás gente, sus dos hermanas y su mama no la querían. Ella no era única y le decían:

-          Vos con tus dos ojos no servís ni para sacar un perro a mear, sos ordinaria, no sos como nojotras.

Y, así, la rechazaban eran malas con ella y la obligaban a usar vestidos rotos y para comer no le daban más que las sobras. Y la molestaban lo más que podían.

Un día en que Dos Ojitos se había ido al monte a cuidar su vaquita, estaba sentada a la orilla del caminito, llorando a mares. Lloraba y lloraba y ya de tanta lágrima que había echado ya había como dos charcos de agua en el suelo. Solo faltaban los bumbulunes.

********* Todos reíamos. ************

¡Pobrecita! su mama y sus tales hermanas la habían mandado sin comer y estaba que se la llevaba candangas del hambre.  En una de esas, levantó los ojos y vio a su lado a una mujer, que le preguntó:

-          Dos Ojitos, ¿Qué le pasa mija, por qué llora?

La cipotilla le contestó:

-          ¿Ay doña, cómo no voy a estar llorando? No ve que soy fellita, porque tengo dos ojos como toda la otra gente, mi mama y mis hermanas no me quieren, me tiran en un rincón, me ponen vestidos viejos y sólo me dan de comer lo que les sobra. Hoy, como no sobró nada, no me dieron nada de comer y tengo una hambre perra.

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-          Pobrecita ¿vaa Melba? ¿Vos cres que le van a dar de comer?

-          Shhhhh ¡ Callate oí a mi mama!

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Entonces le dijo la viejita:

-          Ya no llore mija, yo le voy a enseñar unas palabras mágicas para que consiga comidita.

Sólo tiene que decir esto hablándole a su vaquita:

"Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; sírvame la mesita."

Y de repente tendrá delante de usted una mesa, bien servida con montón de comida sabrosa (platanitos fritos con mantequilla, frijolitos fritos, carne asada, frutas y todo…) va poder comer hasta llenarse, pero que no te valla a dar indigestión, recordá que la gula es pecado.  Y cuando ya estés llena y que ya no ocupes la mesa, entonces vas a decir:

"Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; quite la mesita."

Y la mesa va a desaparecer.

Y con eso la viejita se jue

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-          Mama ¿para onde se jue?

-          Allí agarro para El Calentadero, por aquel camino…

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Dos Ojitos pensó:  Será verdad eso. Bueno, si no pruebo no voy a saber. Entonces miró a la vaquita que comía zacate y le dijo:

-          Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; sírvame la mesita."

Apenas dijo eso, miró en frente de ella una mesita cubierta con un mantel blanquito, y encima, un plato con su cuchillo, trinche y cuchara, todo de plata. Había también carne todavía humeante, como si acabara de salir del asador y un montón de cosas. Dos Ojitos rezó la oración más chiquita que se sabía (como la de San Jorge o la de San Isidro). Se puso a comer.

Ya cuando estaba llena dijo las palabras que le había enseñado la viejita.

-          "Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; quite la mesita."

Y en dos patadas, la mesita se hizo humo con todo lo que había.

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-          Puchica, dice mi mama, que bueno juera tener una cosa así para cunado tu papa llega con hambre y que no he hecho el almuezo.

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Bueno… Cuando regresó a la casa en la tardecita, con el baldecito de leche y la vaquita, encontró un guacal con tucos de tortilla jucos y cuajada de ayer que le habían dejado sus hermanas, pero no le hizo caso porque ella había comido bueno.

Al día siguiente, se jue de nuevo con la vaquita, sin pararle coco las sobras que le habían puesto para el desayuno.

Al principio, las hermanas no le hicieron caso a eso y pensaron que se la pasaba comiendo juanitas y moras en el monte. Pero el asunto se volvió a repetir seguido y entonces se pusieron ojo al cristo y dijeron:

-          ¡Jum, esta chugüina nos está fregando, siempre deja la comida, cuando antes se zampaba todo lo que le dejábamos. De seguro se está bebiendo la leche o se ha encontrado una guaca de guineos.

Y allí jueron con el pito y la caja…

-          Mama, fíjese que esa mica de Dos Ojos no se come la comida.

-          Nojotras creemos que se está bebiendo la leche. O será que doña Caya le da de comer….

-          Pérense un ratito, les dice la mama. Para averiguar lo que pasa, vos Un Ojito la vas a acompañar mañana y la vas a vigiar a ver qué es lo que hace o si alguna gente le trae de comer y de beber.

 En la mañanita, turbito, cuando Dos Ojitos se iba a ir, se le acercó la hermana mayor y le dijo:

-          Mi mama me dijo que juera con vos a cuidar la vaca; ella quiere saber si la cuidas bien.

Pero Dos Ojitos entendió el menjunje y la carambola de las otras mujeres. Llevó a la vaca a un buen potrero y le dijo:

-          Vení, Un Ojito, sentémonos aquí; te voy a cantar una canción para que descansés.

Un Ojito, como era como la melcocha, estaba cansada de caminar y del sol perro que hacía; se sentó, y su hermana se puso a cantarle:

-          “Arru ru ru rú dormite un ojito,

Cabeza de ayote…

Si no te dormís,

Te come el coyote”

Le cantó la canción hasta que la otra, cerrando su único ojo, se quedó dormida. Cuando Dos ojitos vio que su hermana se durmió y que dormía a ronquido y pedo y que no podría descubrirla, dijo:

-          "Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; sírvame la mesita."

Y se sentó, comió y bebió hasta quedar como alforja templada. Luego volvió a decir:

-          "Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; quite la mesita.”

Y ra ra cataplun plun plun, todo desaprecio.

Dos Ojitos despertó entonces a su hermana y le dijo:

-          Un Ojito, vámonos que ya es tarde, hay que ir a encerrar la vaca. Vos decís que venias a cuidar la vaca y mírate… roncando como perol de tamales en hervor.

******************Nos reimos*********************

-          Venite, le dice, vámonos para la casa.

A la hora de la cena Dos Ojitos no probó bocado.

Un Ojito no pudo decir a su mama porqué su hermana no quería comer y le pidió perdón, diciéndole que se había quedado dormida en el potrero.

Al siguiente día, la doña le dijo a Tres Ojitos:

-          Esta vez sos vos la que vas a ir, esa patastona de Un Ojito no sirve para estas cosas; fijate bien que es lo que hace esa mona viaja de Dos Ojitos, y si alguien le trae comida, yo no me la trago que aguanta hambre.

Así pues, Tres Ojitos  fue a ver a Dos Ojitos en el rincón donde estaba y le dijo:

-          Mi mama me dijo que juera con vos a ver si llevas la vaca onde hay zacate. Dice que la mira flaca.

Pero Dos Ojitos, como no era hija de vieja tonta, supo que se la querían echar en gallina y acepto. Llegando al potrero en donde había montón de ese zacate calinguero que da buena leche. Le dijo a su hermana:

-          ¡Púchica parecés tomate!

Y es que esa Tres Ojitos parecía pelota de cuajada. Era redonda y blanca por que no salía a agarrar sol.

-          Sentémonos, le dice Dos Ojitos, te voy a cantar una canción para que descancés.

La chibolona se sentó, cansada de caminar, y Dos Ojitos volvió a cantar la cancioncita aquella:

-          “Arru ru ru rú dormite Tres Ojitos,

Cabeza de ayote…

Si no te dormís,

Te come el coyote”

Y siguió cantando, sólo que de las ganas de comer se equivocó y en vez de decir Tres ojitos decía Dos Ojitos.

-          “Arru ru ru rú dormite Dos Ojitos,

Cabeza de ayote…

Si no te dormís,

Te come el coyote”

Pues como esas cipotas no eran normales, a Tres Ojitos se le cerraron dos ojos y se le quedaron dormidos; pero el tercero, y como Dos Ojitos se equivocó, el otro se quedó despierto. Pero la pelota de cuajada mañosa lo cerró y se hizo la dormida, y lo habría y cerraba de vez en cuando para vigiar a Dos Ojitos.  En ese fregar pudo ver todo el perendengue de Dos Ojitos.

Cuando Dos Ojitos creyó que la otra ya estaba socada, dijo el echizo:

-          "Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; sírvame la mesita."

Y comió y bebió hasta quedar como matate de ciego. Luego volvió a decir:

-          "Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; quite la mesita.”

Y pulungún, todo se jue.

Pero resultó que la hermana vio todo, pero siguió haciéndose la dormida.

Ya en la tardecita, Dos Ojitos se le acercó y le dijo:

-          ¿Despertate Tres Ojitos?

-          ¡Mira que facha!

-          ¡Te mandan a cuidar la vaca y vos roncando como el carro de Tito Viernes!

-          Vaya, amunus,  pa la casa.

Cuando llegaron a la casa, la mesa estaba servida y en la mesa del fogón el guacal con las tortillas duras y lo frijoles jucos para Dos Ojitos, que ni siquiera los vio y se puso a hacer otra cosa.

Entonces, allá fue Tres Ojitos con la chira de chancho y el pito y la caja…  

-          Ya sé por qué está mona fellisima no come. Bueno, si come, pero es porque esa vaca es bruja. Fíjese mama que allá en el potrero esta carenaipe le habla a la vaca y les dice:

-          "Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; sírvame la mesita."

Y la vaca le aparece una mesa con un montón de cosas buenas, viera; hasta de esos algodones de la feria le sale y hasta botellas de naranjita tropical.

Esta mona come y luego le vuelve a hablar a la vaca y le dice:

-          "Vaquita, vaquita, por la virtú que usté tiene y la que Dios le ha dado; quite la mesita.”

y todo se hace humo. Yo lo vi todo con estos este ojo que se van a comer los gusanos.

Esta mona cara chancleta me durmió con una canción, pero solo se me durmieron dos ojos y el otro vio todo. ¡Esa vaca es bruja!

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-          Mama ¿y era cierto que la vaca era bruja?

-          ¡Que cipote mas papo! Dice Melba ¡No ves que era la viejita la que le había enseñado las palabras!

-          Si, ¿pero porque decía vaquita?

-          ¡Que mono más preguntón! ¡Callate mejor, a ver si mi mama termina el cuento!

-          Si ¡Pero dice vaquita!

-          ¡Shhhht!

-          Bueno mijitos si no se callan no sigo, dice mi mama.

-          ¡Mira! ¡Verdá que te dije! Dice Melba.

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Entonces la vieja, la mama, llamó a Dos Ojitos y la rgaño:

-          ¿Aja cipotilla mañosa, parece que te las das de gran cosa con esa vaca bruja, vos crees que yo soy bajada con vara? Ya se lo que hacés con esa vaca y ya vas a ver lo que te va a pasar. Andá traeme esa vaca.

Dos Ojito fue y trajo la vaca.

La vieja tal por cual, agarró un cuchillo y mató la vaca.

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-          ¡Melba!

-          ¿Qué?

-          Que tonta esa señora ¿vaa? Ya no va tener leche, ni cuajada, ni mantequilla.

-          ¡Que mono pa’ fregar!

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Cuando la doña mató la vaca, Dos Ojitos salió de su casa llorando a moco tendido… triste y se fue a arrimarse a llorar a un poste donde amarraban la vaca. Entonces se le apareció la viejita otra vez, y le dijo:

-          ¿Y ahora mija? ¿Qué me la pasa?

-          ¡Hay Doña! - respondió la muchacha -. No ve que mi mama mató mi vaca que me daba de comer y que daba de comer a mi mama y a mis hermanas. Además, era mi única amiga.

Entonces le dijo la viejita:

-          Dos Ojitos, te voy a dar un consejo porque sos buena gente: Decile a tus hermanas y a tu mama que te den la cola de la vaca muerta, y enterrala en frente de tu casa. Vas a ver te va a traer suerte. Y pluff la viejita se fue.

Dos Ojitos volvió al patio de la casa, en donde las mujeres destazaban la vaca y les dijo:

-          Ustedes son malas, mataron a mi vaquita y de esa vaquita no voy a comer ni el bofe, yo solo quiero la colita de la vaca de recuerdo.

-          JAJAJAJAJAJAJAJA… La cola… no te digo que es dunda esta cipota.

Le cortaron la cola a la vaca y se la tiraron. Tomá allí está tu cola.

La cipotilla agarro la cola la envolvió en hojas de guineo secas y en la noche la enterró como le había dicho la viejita.

Al siguiente día, en la mañana, cuando se despertaron y mandaron a Dos Ojitos a barrer el patio, se quedaron sesereques, con los ojos pelados como saracucucos, cuando vieron aquel palo tan bonito que había nacido de nada. Era un palo hermoso, con hojas de plata y frutas de oro. Pero ni en tierra santa se había visto un palo como ese. El palo de zapote de doña Luisa y los naranjos de Emilio López eran nada, comparados con ese palo. Nadie sabía cómo había salido allí aquel palo, de un día para otro. Sólo Dos Ojitos sabía que nació de la cola de la vaca que ella había enterrado, allí, en el mismo punto onde nacido el palo.

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Yo que ya sabia que era el oro, después de que me cayó el ñango de ocote en la cepa, le pregunto a mi mama.

-          ¿Mama, esas frutas se comen?

-          ¡Púchica este cipote si pregunta! Dice Melba.

-          Pues fíjate mijo que no se, no le pregunté a la viejita. Responde mi mama.

-          ¡Ay, jeula! ¿Entonces usté conoce a la viejita?

-          ¡Ya! Que no ves que mi mama va dejar de contar.

-          No mijo, no la conozco, solo Dos Ojitos la conoce.

-          ¡Ah, bueno!

Entonces sigo.

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La vieja turuleca de la mama cunado vio el palo, dijo a Un Ojito:

-           Subite a ese palo vos y bajame unas frutas de esas.

Trepó la chavala al palo; pero en cuanto trataba de cortar una de las frutas de oro, la rama se le apartaba, y lo mismo pasaba cada vez que quería cortar una fruta.

Entonces la vieja caretortilla bien brava le dijo a Un Ojito:

-          Bajate diay, mica vieja inútil. Y vos Tres Ojitos, subite vos. A ver si con esos tres ojos ves mejor esas frutas.

Tres Ojitos se subió al palo, pero le salió la venada careta; por más que mirara alrededor suyo, las manzanas de oro no estaban.

-          ¡A la grande! Dice la vieja, pues voy yo, estas chigüinas no sirven, son pura agua e masa.

Pero lo mismo. Cada vez que creía agarrar uno de las frutas, se encontraba con la mano llena de aire. Y bien brava, se bajó y le dijo entonces a Dos Ojitos:

-          Anda vos patas de gallina culeca, a ver si vos podés.

Las hermanas se pusieron a burlarse de ella.

-          Jajajaja, patas de gallina culeca jajaaja… se reían y señalaban a la hermana.

-          ¡Qué vas a poder vos, si andas toda cacreca!

Dos Ojitos se treparó al palo, y las manzanas de oro ya no se fueron, más bien, así nomás se desgajaban y caían en su delantal. La nana se las quitó todas, y Un Ojito y Tres Ojitos en vez de tratar mejor a la hermana, la trataban peor, por envidiosas, porque miraban que sólo ella podía conseguir las frutas.

Un día estaban las cuatro mujeres sentadas debajo del palo, entonces vieron que se acercaba un jinete. Montaba un caballo negro bien jarciado, llevaba una pistola al cinto rodeada de tiros, un sombrero de pelo unas botas de San Marcos de Colón y se le miraban los dientes de oro. Era preparado, como decía don Pedro Sosa.

¡Uyy! Aquellas mujeres cuando vieron al hombre, le dicen a Dos Ojitos.

-          ¡Vos pasmada! Andá metete al bunque onde te escondemos cuando hay visita, para que no nos de pena.

La cipotilla se metió al cajón, pero se llevó con ella unas cuantas frutas que acababa de cortar.

Cuando el hombre, bien educado, llegó, resultó que era el hijo de un hombre rico y hacendado que tenía sed y buscaba agua. Pero la sed se le hizo humo cuando miró aquel palo tan bonito. Entonces, dijo a las dos hermanas:

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-          ¡Oy mama! Ese hombre a de haber sido uno de los hijos de don Goyo Zelaya. Mi papa dice que ese don tiene mas pisto que mi abuelo.

-          ¡Que cipote tan papo! No ves que es un cuento, onde has visto vos gente con tres ojos. Con uno sí. Mira aquel, Roque Chele, que trabaja con mi papa solo tiene un ojo es tuerto. Pero tres…

-          ¡Ahhh!

-          ¡Bueno Cipotes! ¡Tengan juicio!

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Entonces el hombre se baja del caballo y pregunta:

-           ¿De quién es este palo tan bonito? Por una de sus ramas daría lo que me pidieran.

Tres Ojitos y Un Ojito contestaron que el palo era de ellas y de la mama, y que iban a quebrar una rama para dársela.

Las dundas se forzaban como burros cargados; pero nada. Las ramas no se quebraban y les daban chilillazos y tortazos en la cabeza.

El hombre las miraba riéndose porque el asunto era chistoso y les dijo:

-          Qué Raro, que, si el palo es de ustedes, no le puedan ni siquiera cortar una hoja.

Pero ellas seguían diciendo que el palo era de ellas.

Mientras se obstinaban hablando casulla, Dos Ojitos, desde adentro del bunque, dejo caer unas dos frutas de las que había llevado. Las frutas se fueron de rodadas hasta las canillas del hombre. Dos Ojitos ya estaba hasta el tronco de enojada por todos los malos tratos de sus hermanas. Cuando el jinete vio las frutas, preguntó, asorocado, de dónde habían salido aquellas animalas. Tres Ojitos y Un Ojito le respondieron que tenían una hermana, pero que no la enseñaban porque sólo tenía dos ojos, como la demás gente corriente.

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-          Que mujeres más tontas, como que no sabían que el jinete también solo tenía dos ojos. Apunta mi mama.

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El hombre insultado que se sintió, les gritó que quería verla:

-          ¡Salí, Dos Ojitos! Gritaron las turulecas de las hermanas.

La muchacha agarro valor, salió del bunque con un montón de hojas de guineo pegadas en el pelo y el los chilincos que llevaba.

El hombre cuando la vio se quedó con la boca abierta y con unos ojos más pelados que los de Norma Mondragón “pelándole el ojo don Tito”. Pero no fue porque parecía el horasquil de montaña, más bien porque la muchacha era bien bonita.  Y tartamudeando como Pantaleón Mendoza le dijo a la muchacha:

-          Seseguuuramente vovos ppopodés cocortarme uuna ramama dese papalo.

-          ¿Cómo no? Le contestó la cipota, claro que puedo, pues el palo es mío. Se subió al palo y facilito cortó una rama con un tunquito, con hojas y frutas y se las dio al jinete.

Entonces el jinete dijo:

-          A ver muchacha… ¿Qué es lo que querés que te dé?

-          ¡Ay! - Contestó la muchacha – Viera como sufro aquí. Aquí aguanto hambre y miserias porque, aunque el palo es mío, mis hermanas y mi mama no me dan nada y solo paso trabajando desde la mañana hasta la noche. Yo lo que quisiera es irme de aquí. Lléveme con usted yo le voy a servir de sirvienta y voy a trabajar para usted si me da de comer y un cuartito onde dormir y un sueldito para comprarme ropita. Así voy a estar alegre.

Entonces el jinete montó en su pelenque y le ayudó a Dos Ojitos a subirse al anca de su caballo y se la llevó a la hacienda de su papa.  Al ver que el Muchacho se llevaba a Dos Ojitos, las dos hermanas se pusieron más envidiosas, pero se consolaron diciendo: "De todos modos, nos queda el palo maravilloso, y aunque no podamos hacer nada con él, todos los que pasen por aquí se van a parar contemplarlo. Van a tocar a la puerta de la casa y hasta marido vamos a encontrar."

Pero, a la mañana siguiente, el palo había desaparecido y, con él, todas las ilusiones de las hermanas envidiosas.

Cuando Dos Ojitos llegó a la hacienda, la mama del jinete la vistió y la alimentó bien. Como era trabajadora y hacendosa la mamá la hizo jefa de las trabajadoras y le dio un cuarto y le pagaban. El don la mandó a la escuela.

Un día cuando Dos Ojitos se asomó a la ventana de su nuevo cuarto, vio con mucha alegría que, escondido entre los palos de la montañita de enfrente, se encontraba el palo mágico. El palo la había seguido.

Como ya Dos Ojitos vivía bien, empezó a tener carnitas y colorcito, se puso más bonita y el muchacho se enamoró de ella y se terminaron casando. La muchacha vivió feliz por bastante tiempo. El muchacho le hizo una casa bien bonita en el cerrito onde estaba el palo.

Un día llagaron a su casa dos mujeres bien pobrecitas que pedían limosna. Dos Ojitos, cuando las miró, reconoció a sus hermanas por los ojos. Pero estaban más peladas que la vara de un cuete y todas sarnosas (parecían perros caratosos) y vivían de pedir de casa en casa, como la Pabicha del pueblo.

 Dos Ojitos las atendió como se debe, las trató bien y las curo y las mando a cambiarse y a bañarse por que olían como el Terris cuando come mortorio. Las hermanas admiradas por como se portaba la hermana que tanto habían maltratado, cambiaron se arrepintieron y se quedaron viviendo con ella.

Por eso mijitos, uno entre hermanos no hay que ser malos. Nadie es distinto. Unos son blancos, otros negros; otros gordos, otros flacos, unos feos y otros bonitos, pero todos tenemos corazón y cuando vamos al purgatorio allí las pagamos todas… Las buenas y las malas.

Colorín colorado... este cuento se ha acabado.

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-          ¡Pérese mama! ¿Y la viejita?

-          ¡Y dale! Que no ves que ya es tarde, hay que ir a dormir.

-          ¡Ve! Yo quiero saber que se hizo la viejita.

-          Mijo, usted por estar hablando y queriendo saber cosas ni el plátano con mantequilla se ha comido. Y la viejita... pues se jue para otro lado a ayudarle otra muchacha. No ve que en este mundo hay un montón de gente que no tienen nada.

-          ¡Ta bueno pues! Ojalá le ayude a los cipotes de Enriqueta la de Cosme y a los de Beto Aguilar.

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Así termina este cuento que nos contaba mi mama en aquellas tardes calurosas de los julios. En la próxima, les cuento la de Estrellita de Oro y otras anécdotas puntudas.



[1] En todo el texto se omite la tilde de papá y mamá, porque toda la vida así llamábamos a nuestros padres. Mi papa y mi mama.

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