domingo, 2 de mayo de 2021

Anécdotas puntuales o puntudas - 4

La Panchita, la Pancha y la Panchona.

Otro cuento transoceánico contado por la Manina. Este cuento es un poco mas difuso en la memoria del autor. Para reconstruirlo se procedió a una búsqueda de cuentos tradicionales europeos que se acercaran más a la versión que nos contaba mi madre. No fue nada fácil, puesto que, a pesar de la semejanza con el cuento de La Cenicienta, en la versión que nos contaba mi madre no había hadas, ni ratones que se convertían en pajes ni perros que se convertían en caballos, ni ayotes que se convertían en carruajes. Tampoco había bailes en palacio, ni aquello de las doce de la noche. Sólo había el príncipe, la madrastra, el papá (que es accesorio, lo mismo que la madrastra) y un ser mágico. Esta vez no es la típica viejita clásica, sino un animal, un alter ego por decirlo así o un nahual.

En la búsqueda nos encontramos infinidad de variantes de La Cenicienta, con procedencias diferentes pero la trama queda en lo mismo. Las hadas, las doce de la noche, zapatos de cristal… Dicho sea de paso, el asunto de los zapatos de cristal ha creado controversia en los medios literarios, un poco como los debates en los concilios sobre el sexo de los ángeles.

En francés la palabra verre, significa vidrio y la palabra vair designa la piel de la ardilla gris, muy preciada en el tiempo en el que el francés Charles Perrault publicó su versión de La Cenicienta.  Esas dos palabras son homófonas en francés y de ese hecho se ha desperdiciado papel y tinta en grandes debates, pero nunca se ha tomado en cuenta que en francés también existe la palabra cristal y, de hecho, un punto interesante es que en las versiones en español se utiliza el término cristal y no vidrio. Pero bueno, el material no es importante puesto que en las variantes del cuento el zapato puede ser de cristal, de oro, o con bordados de oro, o simplemente zapato.

Bueno, este paréntesis nos ha alejado del cuento de la Manina. Como decía, en esa búsqueda la versión más próxima de la historia que nos contaba mi madre es la versión Checa recopilada por Božena Němcová una autora que vivió entre 1820 y 1862 y que publicó tres volúmenes de cuentos populares checos. El tercer volumen fue publicado en 1846 tenía nueve cuentos en la que se incluye el cuento O třech sestráchI  (Las tres hermanas), una versión checa de La Cenicienta.




En este cuento las hermanas son Baruška, Dorotka y Anuška. Las tres son hijas de un matrimonio y las dos mayores son malas con Anuška. El ser mágico es una rana y los objetos mágicos son nueces de Nogal. El castillo y los bailes son reemplazados por una iglesia y una misa y el zapato de cristal por un zapato de cuero bordado de oro. Los atuendos de Anuška se encuentran dentro de las nueces y ella solo tiene que quebrarlas para obtenerlos. Es así que esta versión es la que más se acerca a la de Manina y como verán el fin es mucho menos rosa que el de Cenicienta, puesto que el objetivo de todos esos cuentos es la moraleja que ellos conllevan.

En el cuento de la Manina, hay una muchacha víctima, una madrastra, un padre inútil, y dos hermanastras y, por supuesto, el príncipe. El nahual es un pez multicolor y el palacio es la iglesia del pueblo. Las nueces son manzanitas de monte (en El Salvador se conocen como manzanas pedorras y en Honduras como manzanitas de monte, el nombre científico es Syzygium jambos), hay cucarachas, mangos, rosquetes de maíz (tuturutes) y espumillas (biscochos). En los cuentos de mi madre siempre es recurrente la formula mágica que permite que los “milagros se den” …Por la virtud que tú tienes y la que Dios te ha dado, haz… Cosa que no aparece en los cuentos clásicos que conocemos en la actualidad.


Manzanitas Pedorras o de monte


Pero mejor los dejo con mi mama para que les cuente el cuento.

 

Manzanitas pedorras, rosquetes y espumillas.

 

Mi papa aún estaba lejos de nosotros y ya comenzaban a hacemos falta sus regaños y sus cuentos de Tío Conejo. Las tardes se hacían largas. Ya las chicharras se habían callado y las lluvias comenzaban. Mi mama ya comenzaba a estar cansada y menos paciente. Había mucho trabajo y vacas preñadas que estaban por parir. Sin embargo, siempre había tiempo para los cuentos y la platicadita de antes de acostarse.

-          ¡Oy mama! ¿Nos va a contar un cuento?

-          Si les voy a contar uno. Pero el primerito que haga bulla se va dormir y paro de contarles el cuento, estoy bien cansada.

-          Vaya pues. ¡Melba, venite que mi mama va a contar un cuento!

Nos sentamos en el banquito y mi mama empezó.

Este… Había una vez, un viejito que tenía una hija bien bonita que se llamaba Panchita. Al viejito se le había muerto la doña y él se juntó con otra mujer que tenía otras dos hijas. La mayor de ellas se llama Panchona, la otra Pancha y eran bien malas y feas.  Esas muchachas hablaban bien feo y destemplado.  La madrastra trataba mal a la Panchita. La trataba como a una sirvienta. Las dos hijas de ella vivían empericuetadas, mirándose en el espejo y pintándose con achote los cachetes.

Un día, el principal del pueblo, que era como el rey, organizó una feria; con chinamos, barrera de toros y todo… y a él tenía que ir el viejito porque trabajaba para el rey. El don pues, era como principal de allí del valle, como quien dice un gamonal. Y antes de irse de la hacienda, les dice a las muchachas que qué querían que les treiga del pueblo. La Panchona dice:

-          Yo quiero que me compre uno esos vestidos bien bonitos que vi en el bazar de los turcos[1] y un anillo dice la Panchona.

-          Yo quiero lo mismo y unos botines, dice la Pancha.

Y le piden un poco de cosas lujosas, Polvos Maja para la cara, pintalabios y un montón de cachivaches.

-          Y vos panchita ¿qué querés? Le preguntó el papa

-          Yo quiero lo primero que te toque el sombrero en el camino, le dijo la Panchita.

El papa extrañado por lo que le pidió la Panchita agarró camino abajo, montado en su buen caballo y se jue.

Ya llegó al pueblo hizo todos sus encargos y hasta bailó en el rancho de la feria. Después se jue a comprar los regalos. Aunque la panchita no le pidió nada, él le compró una bolsa de espumillas y unos tuturutes con lustre, como los que hace doña Luisa Sosa.

Pues ya agarró el camino el viejito de regreso. Llevaba las arganillas llenas, del montón de perendengues que le habían pedido las muchachas. Hacía un ventorral perro, como los de marzo allá en San Pedro. Y esos vendavales hacían que los palos se quebraran.  Pues bajando una cuestecita… ¡no ves que a un palo de esas manzanitas de monte le había quebrado una rama! La rama atravesaba el camino y por más que quiso quitarla con la riata amarrada del tejuelo de la coraza del caballo, nada, la rama no se movió. Entonces no le quedo de otra que bajarse de la jarcia para pasar. El viejito se bajó del caballo y aunque se agachó bastante, el churuquito se quedó enredado en las ramas. Allí nomás se acordó de lo que le había pedido la Panchita y dice:

¡Puchica! No es justo lo que yo hago. Le compro ese montón de chochadas a las mujeres esas que no son ni mis hijas, y a la mía sólo le llevo espumillas y tuturutes. Se puso a desenredar el sombrero y cuando terminó, agarró su machetillo y corto la rama más bonita de las que le habían tocado el sombrero y que todavía le quedaban tres frutillas maduras y se las llevó a Panchita.

Cuando llegó a la casa, ese jue el molote que se armó. Aquellas mujeres no dejaron ni que se apiara del caballo, cuando ya estaban escurcando las arganillas del don. Y aquel fregar.

En la escurcadera hasta las espumillas y los tuturutes encontraron y se los comieron y ni le dieron a la Panchita. Entonces, el don, vino y le dijo a la panchita que las golosinas eran para ella pero que las gorronas de sus hermanas se las habían comido. Pero, le dice:

-          Esto jue lo que me tocó el sombrero mirá, le dice.

La cipota bien contenta agarra la ramita y cogió las tes manzanitas y se las mete en la bolsa del delantal emvueltitas en un trapito. Y dice:

-          ¡Gracias papa!

-          ¿verdad que te acordaste?

-          Estas me las voy a comer cuando vuir al río a lavar ropa más tarde. Si me las miran me las quitan esas mis hermanastras.

Y así jue.

Alla como a las cuatro, Panchita agarró su motetillo de ropa sucia y se jue a lavar. Al llegar al río sacó las manzanitas para comérselas y por contingencia se le cayó una al río y se la llevó la corriente.

La muchachita se puso bien triste.

-          ¡Puchica! Dice ¡

-          ¡Yo si soy más torcida que la vara de un cuete!

-          Se me muere mi mama, me tratan mal, me quitan todo y hasta pierdo lo que me dan.

-          ¡Pero no! Todavía me quedan dos.

Ya se iba a comer la primera cuando algo rebotó del rio y cayó en el motete de ropa. Ella vio lo que era y vio que era la manzanita.  Al comienzo se puso azorocada, con miedo… y no la agarró. Miró otra vez para el río y vio que en la orilla había un pescado bien bonito, así con colores y bien bonito. El animalito sacó la cabeza y le dijo:

-          ¡Hola Panchita!

La panchita pegó un retobón que ¡jummm!

-          No tengás miedo, le dice el pescadito

-          Yo no soy malo, sólo quiero ayudarte.

-          ¿Y cómo me va a ayudar usté tan chiquito?

-          Yo soy de virtú, le dice el pescadito.

-          Yo he visto cómo te tratan y como sufrís. Mirá, le dice, esas manzanitas son de virtú también.

-          Adentro de ellas hay cosas bonitas, más bonitas que las que le trajo tu papa a esas guayabonas de tus hermanas, le dice.

-          Si querés un vestido solo tenés que abrir una y vas a ver qué bonito el vestido que te va salir.

-          Pero don pescadito, le dice, y yo para que quiero vestidos si mire que ni a misa voy porque mi madrastra no quiere enseñarme a la demás gente. Les da envidia porque dicen que yo soy más bonita que ellas.

-          No te priocupés, le dice el pescadito.

-          El domingo cuando se vallan para misa abrí una de las manzanitas, te vestís con lo que te salga y te lavás la cara con agua del pozo y decís esto.

-          Pescadito, pescadito, por la virtú que vos tenés y la que Dios te ha dado, hacé que nadie me reconozca. Y vas a ver, nadie te va a conocer.

El sábado hubo pereque en el pueblo. Las mujeres se pusieron los vestidos que les había traído el don. Ya la panchona se puso el anillo y la pancha los botines. Y se jueron. La mama les dijo que no hablaran porque hablaban feo y que así nadie les iba a hacer caso.

Llegaron al baile y se sentaron y no hallaban como hacer para enseñar las cosas nuevas que tenían porque eran presumidas.

En una de esas apareció una cucaracha en la pared de la casa onde era el baile y la panchona pensó:

-          Ya se como voy a enseñar mi anillo

Y allí nomasito, se arremanga la manga del vestido estira el brazo y señala el animal enseñando bien el anillo y diciendo con aquel hablado todo destemplado.

-          ¡Allá va una cacaracha!

La Pancha entendió el asunto y se dijo que ella también iba a enseñar los botines. Y bien precisada se levanta la nagua y estira el pie enseñando bien el botín.

-          ¡Yo la mato con el botín! Se exclama.

Pero al mismo tiempo se acuerda la panchona y le da un codazo a la hermana.

-          ¡Dijo mi mama que no jablaramos!

-          ¡dichas que yo no stoy jamblando!

-          ¡ve! Y que estás jaciendo

-          Jablando

-          ¿tonces?

Y comienzan el estira y encoje hasta que arman un relajo y se jueron de la fiesta.

Y llegó el domingo, y las dundurecas de las hermanas se pusieron otra vez los vestidos nuevos y se ponen todas empericuetadas y se van a misa y dejan a la Pachita sola en casa haciendo oficio. La panchita sólo dejó que ya no se acolumbraran en el camino y se va onde tenía las manzanitas. Quiebra una y ¡raflá! Le sale un vestido bien piquetero. Rosadito, con una chalina blanca de encaje, una vincha con unas piedras bien bonitas y unos zapatos blanquitos. Ella se quedó admirada. Y se acuerda de lo que le dijo el pesacadito. Y sale corriendo y se va p’al pozo y se lava la cara diciendo las palabras que le dijo el animalito.

-          Pescadito, pescadito, por la virtú que vos tenés y la que dios te ha dado, hacé que nadie me reconozca.

La carita le quedo bien bonita, como si se hubiera empolvado y pintado se arregló y se jue a misa. Allá en la iglesia, se sentó al lado de las hermanas que no la reconocieron para nada. Aquellas dundas hasta se ponían bizcas viendo aquella muchacha tan bonita.

-          ¿Ya la viste Pancha esa payula que está allí? Dice la panchona a su hermana, dándole con el codo.

-          ¡Si vos! parece la virgen de Concección, dice la pancha

-          No seas caballa vos, que va ser la virgencita

-          ¡Que yo no he dicho que juera lavirgen! dije ¡que parecía…!

-          Pero dijiste virgen.

-          Callate que dijo mi mama que no jablaramos

-          ¡Ve! ¡dichas que yo no stoy jamblando!

-          ¡Ve! ¿y qu’estás haciendo?

-          ¡Jablando!

-          ¡Ja! ¿Tonces?

-          Mejor….

-          ¡Oy, Panchona! ¿vos crees qu’es una de esas princesas que dicen?

-          ¡Vos Pancha si sos turuleca! Aquí nomás hay un rey y no tiene hijas, pero si un hijo bien bonito que se va casar con yo…

Hacían tanta bulla que el padre hasta se enojó y las cayó, después de haber dicho dominus obiscum.  Pero lo que si era verdad era que allí en la iglesia andaba el hijo del rey de ese lugar, que también se había quedado como adundado, cuando vio como era de bonita aquella muchacha. Cuando terminó la misa, el muchacho trató de seguirla, pero la muchacha se escurrió por las chiriviscas y los charrales y se le perdió. El muchacho se había enamorado de ella.

Cuando llegó a la casa, la Panchita, se cambió de ropa y se volvió a poner los chilinquitos que tenía. Pero bien contenta porque había podido ir a l pueblo y oír misa y ver gente. Cuando sus hermanas llegan, comienzan a contarle que habían visto a una princesa bien bonita, que era amiga de ellas y que se habían sentado juntas en el mismo banco en la iglesia y que hasta las había invitado onde el rey su papa… Pero mentiras, era sólo por poner triste a la cipota.

La chigüina les respondió que ella también la había visto.

¡jajajajajaajaj! Como la vas a ver si vos no vas a misa por careta.

-          Cuando me subí al palo de mangos a bajar unos mangos, ella pasó, y me pidió uno y yo le di el más bonito y platicamos un ratito. Bien bonito el vestido rosado que andaba, les dice.

¡Juuyyy! Aqeullas mujeres se pusieron como fieras.

Llamaron a un mozo y le dijeron que cortara el palo de mangos. Así si la princesa pasaba ya no iba a poder hablar con Panchita.

El domingo después la Panchita quebró su segunda manzanita. Esta vez le salió vestido de color azul celeste, con unos adornos bien bonitos, una cadena de oro y otra vincha con unas piedritas azules y una chalina del mismo color que el vestido que brillaba bonito.

Ya se jue al pozo y …

-          Pescadito, pescadito, por la virtú que vos tenés y la que dios te ha dado, hacé que nadie me reconozca.

Ya entró en la iglesia, y vuelve a sentarse a la par de sus hermanas, Que otra vez se quedaron como gallina viendo al guazalo, atontadas.  En una de esas, así de reojo, acolumbra al príncipe y el también y se puso rojita.

Otra vez el muchacho se quiere acercar a ella, para jalar con ella, pero la cipota le daba miedo y se jue corriendo y el muchacho no pudo platicar con ella.

Allá al rato llegan las hermanas.

-          ¡Ay Pancha! Qué gonita que andaba hoy la princesa

-          ¡Si Panchona! Yo le caché una piedrita de la glusa cuando mese acercó, pero no te la enseño.

-          ¡Ya vas vos! Ella a mí osequió la vincha, pero no te la enseño.

-          ¡Mama! Mire que la Panchona se cachó la vincha de la princesa.

-          ¡Mentiras, mama! Jue la pancha la que robo una piedra….

Y otra vez el relajo.

Panchita ni les hace caso. Pero ellas le preguntan.

¿Y vos Panchita?

¡Yo que!

¿Viste a la muchacha hoy? ¡JAJAJAJAJAJAJ!

Riéndose porque habían cortado el palo de mango.

¡Pues si! ¡La vi!  Les contestó

¿Ahhh? Se exclaman las envidiosas, ¿y por onde la devisaste?

Pues estaba sentada allí afuera en el cerco de piedra destusando maíz cuando pasó y me pidió agua. Vine a la casa le di agua y se sentó a platicar conmigo mientras se bebía su cumbita de agua.

Las mujeres allí nomasito se jueron a desbaratar el cerco de piedra y a botar las piedras bien largo. Estaban que eran una chichintora aquellas mujeres de bravas.

El otro domingo la Panchita, pues, abrió su última manzanita. Y saca un vestido moradito bien fino con bordados de oro, y una corona de plata con un montón de piedras bonitas… Aquello brillaba como para apagarle los ojos a uno del fogonazo y también sacó unos zapatos de tacón con chapas de oro y era un solo lucerío aquello….

Y lo mismo, se jue al pozo y…

-          Pescadito, pescadito, por la virtú que vos tenés y la que dios te ha dado, hacé que nadie me reconozca.

Y ya nadie la conocía.

 Y se vuelve a sentar a la par de las hermanas, que siempre se quedaban como zaracucos con los ojos pelados, pero no la reconocen.

Allá, cuando la misa terminó ella salió corriendo, el príncipe estaba en la puerta del a iglesia ella lo vio y se escurrió por una puerta del lado. Iba tan precisada que en la carrera se perdió un zapato que se le quedo enredado en los palitos de flores que sembraba el padre.

El muchacho agarró el zapato y una limosnera le enseñó el camino por onde agarro la muchacha. Y el muchacho dice esa es el camino de la hacienda onde viven las panchas. Pero que van ser ellas si son bien feas, parecen bojotes de camino.

Se jue a donde el rey y le dice:

-          Mire papa, hace tres domingos que en la misa veo a una muchacha bien bonita. Bonita como una mazorquita de maíz. Tiene una cinturita de calabazo y un pelo como de jilotillo tierno. Viera papa que bonita. Pero no he podido pedirle que jalemos. Siempre se me va. ¡Mire! Hoy en la carrera se perdió este zapatillo. Mire que hermosura.

-          Papa, le dice, yo quiero casarme con ella.

El Rey se quedó pensando.

-          ¡Mijo! Le dijo.

-          Aquí no podemos ir por tres caminos. La solución la tenés vos en tus manos.

-          ¿Ah? ¿Cómo es eso? Le dice el muchacho.

-          ¡Si! Le dice el rey. Sí encontrás a la mujer a la que ese zapato le quede bueno, pues esa es la mujer que te conviene.

-          ¡Púchica, papa! Usted sí sabe.

El príncipe llamó a sus soldados de confianza y se jueron de casa en casa midiendo el zapato a las mujeres y nada. Todas las mujeres en aquel lugar eran patonas o tenían la pata muy chiquita o tenían ojos de pescado y así.

Pues allí anduvieron. Allá al rato pues llegaron a la casa del viejito. Ya salió el viejito y saludo a l príncipe.

-          Buenas tardes le de dios, señor don príncipe, saludó el viejito

-          Buenas tardes don

-          ¿En qué puedo servirle a su divinidá?

-          Pues aquí en misión. Me han dicho que tenés hijas.

-          ¡Si! Pereme un ratito

-          ¡Mujer! ¡Llamá a las muchachas que aquí las busca su eminencia!

La doña llamó a las hijas.

-          ¡Pancha! ¡Panchona!

Allá contestan las dos destempladas

-          ¿qué jue mama?

-          Vengan que las buscan

Allá vienen las taimadas que, cuando vieron al príncipe, se les hicieron melcocha las canillas.

-          ¡Ahora sí! Pensaron y salen empujándose una con otra.

Señoritas, dice el muchacho, ando buscando a la propietaria de este zapato. Y les enseña el zapato.

-          Ese Zapato es de yo, dice La pancha

-          ¡Mentiras! Es de yo, dice la panchona

-          ¡No! De yo

-          ¡No! Es de mi ilegítima propiedá

-          ¡No! De la de yo

Y se arma la pelotera. Hasta que los soldados se metieron en la trifulca y calmaron a las mujeres.

El príncipe dice:

-          Mídanselo.

-          Ta gueno, dice la Panchona, me lo vuir a medir.

Se fue a la cocina agarro un cuchillo y se cortó el talón. Se puso un trapo para no echar sangre y se metió a fuerza el zapato. Allá salió.

-          ¿Vaa que le dije que me quedaba cheque?

Y diciendo esto, un gato que andaba por allí comenzó a jugar con la tira que le salía por el talón del zapato y la mujer empezó a espantarlo dándole pataditas y se enredó porque le dolía el talón y se cayó. El zapato salió volando y la mujer empezó a sangrar. Allí nomasito los soldados la metieron presa.

-          Yo les dije que era propiedá mía de yo, dice la Pancha.

Agarra el zapato, se va a la cocina y se le ocurre coartarse el dedo gordo y lo mismo. Ya se regresa medio renquiando y dice:

-          Mire que bonillito me luce.

Esta vez fue el perro del príncipe, que cuando sintió el olor de sangre se le metió entre las canillas de la mujer y comenzó a lamerle el pie. Aquella mujer se desesperó y le tiró una patada al perro y el zapato salió disparado y la maña de la mujer quedó destapada. Al bote también.

El príncipe ya estaba inquieto. Ya habían pasado todas las mujeres del pueblo y nada.

En eso el viejito le dice al príncipe:

-          Su majestá, fíjese que yo tengo una hija.  Esas que usté metió presas son las hijas de la doña. La mía se esconde porque es bien penosa.

-          ¡Viejito caretincute! le dice el príncipe, ¡Y porque no me lo dijo antes!

-          ¡Bueno ya se lo dije, pues! ¿Quiere que se la llame?

-          ¡Claro! ¡viejito carechancleta este! Le dice el rey

-          ¡Oooy, Panchita!

-          ¡Diga papa!

-          Venga para acá que su sacramentísima, el príncipe, quiere verla.

Como vestida de sirvienta salió a panchita. Pero así el príncipe la reconoce y le dice que se ponga el zapato. El zapato le queda al pique y ella toda roja le dice:

-          ¡Y tengo el otro, fíjese!

Ella se sacó el otro zapato del delantal y se lo puso.

El príncipe se puso contento. Y le dijo al viejito que se quería casar con ella. El viejito le preguntó a la Panchita que si se quería casar con el muchacho y la panchita dijo que sí.

Y se casaron y el muchacho le preguntó que de donde había sacado los vestidos. Ella le contó lo del pesacadito delante de la familia y todo. Como la panchita era bien buena le dijo al príncipe que sacara de la cárcel a las hermanas presas, que ellas no tienen culpa de ser así. El príncipe le dijo que si y dio la orden de que las sacaran.

Después de que el príncipe se jue con la panchita, la mama y las dos hermanas comienzan a regañar al viejito.

-          ¡Vos viejo pelón! ¿Por qué le diste las manzanas mágicas a Panchita?

-          ¡Ve! ¿y yo que sabía?

-          Ahora te vas a buscarme d’esas manzanas para mis muchachas, mira cómo les quedaron las patas.

Alla va el viejito… busca las mazanas para las mujeres… se las lleva.

Aquellas mujeres se pusieron que se las llevaba el diablo de alegres, y miren que se las llevó el diablo de verdad; porque cuando abrieron la manzana sin decir las palabras del pescadito lo que salieron fueron dos tobobas que se les enredaron en el pescuezo y las ahorcaron. Luego se las tragaron y se jueron por el monte.

Ven por que les digo que hay que llevarse bien entre los hermanos.

Colorín colorado,

Este cuento se ha acabado.

-          ¡Oy Darío! ¿y eso que no preguntaste nada hoy?

-          ¡Güechos! Mi mama me dijo que si hacia bulla me mandaba a dormir y que dejaba de contar.

-          ¡Pero mañana le pregunto! Es que no se que le pasó al pescadito.

¿vos crees que en esas manzanitas hay cosas de verdad?

-          ¡Ve! Cuando vamos a recoger allí al palo que hay cerca de la pilona del agua allí solo hay semillas. ¿Pero son buenas vaa?

-          ¡Si! Vámonos a acostar. Vos crees que la Muñeca va a parir mañana.

-          ¡Sabe!



[1] En Honduras se les llamaba “turcos” a todos los árabes y sus descendientes que se establecieron en el país desde finales del siglo XIX. La mayoría eran sirios, libaneses, palestinos… que llegaban al país con pasaportes turcos. Casi todos eran comerciantes e instalaban sus negocios a los que les daban el nombre de bazar. En mi pueblo los más conocidos eran el Bazar San Andrés y el Bazar San Jorge, de Andrés y Jorge Hilsaca respectivamente. 

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