miércoles, 31 de enero de 2018

La democracia y su interpretación en una república bananera o más bien ZEDEERA





Darío Izaguirre

Historiador y Arqueólogo



Honduras es un país que alcanza más de ocho millones de habitantes de los cuales la mayoría viven en la pobreza extrema producto de las desigualdades sociales. Es un país con una historia convulsa en donde la búsqueda de mejores horizontes siempre se ha visto truncada por la ambición de un individuo o de un grupo de individuos. 


Independiente de España desde 1821, este país se vio luego enfrascado en procesos armados instigados ora por liberales en el sentido estricto de la palabra, ora por aquellos que se obstinaban en guardar las estructuras coloniales. Es así que, al estudiar la historia de Honduras, ella nos pone frente a realidades que merecen un cierto análisis, teórico talvez, pero análisis de todas maneras.

Se propone en este texto abordar una serie de realidades históricas que ayudan a comprender la situación actual del país. Sólo se abordarán 5 de esas realidades históricas, aunque se podrían facialmente agregar otras.


Se escogen estas cinco por el hecho que son las que más se ponen de manifiesto desde el Golpe de Estado de 2009, el cual, desde mi punto de vista, sus causas fundamentales se encuentran en el hecho de querer darle poder a la masa en la toma de decisiones de la Cosa Pública y en la actitud valiente de un gobierno ante los intereses foráneos.


Esas realidades históricas se desglosan de la manera siguiente:


1.- El estilo on/off de la institucionalidad

Me permito introducir esta realidad histórica poniendo como ejemplo el control que tenemos en esta época de electricidad y tecnología, sobre el hecho de apagar o encender un aparato. Me explico: Si estamos en una reunión y el celular nos molesta pues lo apagamos. En las redes sociales podemos armar un grupo, pero si ya no nos interesa o no se apega a nuestros intereses, pues lo borramos y ya. Así ha funcionado históricamente la institucionalidad en Honduras.

Creo también que es necesario definir aquí lo que se entiende por institucionalidad en una sociedad susodicha democrática.


Comencemos entonces por definir lo que es la democracia: una democracia en el sentido clásico y literal del término es el gobierno del pueblo. Más ampliamente, un sistema democrático implica la participación de los ciudadanos a través de sus representantes libremente electos en la toma de decisiones en las cosas del Estado. En principio, un representante en una asamblea nacional debe ser portador del sentir de quienes lo eligieron y no de sus intereses personales. Bien aclaro, en principio, porque en la praxis los representantes del ciudadano, en el modelo pseudodemocrático de Honduras, bailan la música de los intereses del lobby que les permite tener el puesto.


Una democracia representativa en un sistema republicano, como se supone es el hondureño, implica la existencia de tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial, los tres con funciones que no les definiré porque ya sabemos lo que se supone que tienen que hacer.


Esos tres poderes supuestamente representan la institucionalidad del estado. Tres instituciones con autonomía y poder de discernir la voluntad popular. En este escenario teórico se ha fundamentado la historia oficial del estado de Honduras, pero en la realidad esta supuesta institucionalidad no es más que una falacia. Desde sus orígenes la institucionalidad del Estado de Honduras se ha apegado a la voluntad de unos cuantos.  Desde los inicios de la república, los asaltos del ejecutivo hacia el legislativo o el judicial se cuentan por cienes. Los actos de 1904, el autoritarismo de Luis Bográn, las matanzas de José María Medina, el asalto del poder de Tiburcio Carias, los golpes de estado militares y más recientemente el golpe de estado de 2009 y la reelección de Juan Orlando Hernández no son más que algunos ejemplos.


En esos ejemplos el estilo on/off de las instituciones se manifiesta en el hecho de que cuando un poder del Estado no hace su función la institucionalidad se apaga se diluye en un vacío institucional y el otro poder, en general el ejecutivo, toma por defecto las funciones de ese poder “off” creando así un estado que reniega toda representación democrática dando origen a gobiernos de facto. La salida a esos escoyos siempre ha sido una asamblea constituyente que no hace más que reformar la vieja constitución revivir las viejas instituciones con los mismos individuos que otrora rompieron la institucionalidad.

Así pues, el estilo ON/OFF de la institucionalidad en Honduras es una realidad histórica.


2.- La falta de autodeterminación y la dependencia de lo que decidan los EE UU.

La autodeterminación es el hecho de que cada país debería ser capaz de tomar decisiones por sí mismo sin la injerencia de países extranjeros. Pero en Honduras ese principio es irrisorio. Por ejemplo, desde el siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, los gobernantes han sido puestos y quitados por o con el apoyo de países ajenos a la realidad de Honduras. Ya sea Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Inglaterra o los Estados Unidos, la intervención extranjera forma parte del menú de la clase política de Honduras. 


En la juventud de la republica de Honduras, las intervenciones extranjeras eran flagrantes. Tropas, armas y asesores extranjeros fueron la orden del día durante el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX. Estas intervenciones se vuelven más sutiles a partir de 1960 en donde la intervención más que centroamericana, se hace a través de la intervención económica y política norteamericana. Si bien el capital nacional ya se había sometido se somete al capital extranjero, ahora la influencia política sectaria y contrarrevolucionaria de los USA es la biblia de los políticos de oficio de este país de Centroamérica. En este contexto, lo único que no cambia son los actores políticos tradicionales que heredaron los vicios y las triquiñuelas de sus ancestros. Carías, Gálvez, Villeda, Lozano, Cruz, Cruz Torres, Zúñiga Agustinus, Suazo Córdova, Azcona, Callejas, Flores y cuantos más han parido los partidos políticos tradicionales. Esos Caudillos del siglo XX no hicieron más que vender y socavar lo poco de autodeterminación que le quedaba a Honduras si alguna vez la tuvo.


Estos agentes históricos y sus ancestros son los culpables de que en Honduras no haya hoy desarrollo, ellos son los culpables de que las instituciones, que deberían responder a la voluntad de quienes los elijen o de quienes los dejan gobernar, no sean más que títeres de intereses mezquinos y la avaricia de los detentores del poder. 


En otras palabras, el principio de la inexistencia de autodeterminación y la dependencia es otra realidad histórica hondureña.


3.- La idea torcida de democracia

La democracia, este epíteto con el que se llenan la boca los políticos de oficio desde el siglo XIX en Honduras no ha sido más que una caricatura. Si leemos rápidamente la historia de Honduras nos daremos cuenta rápidamente que los procesos electorales, como mínima manifestación de la democracia, no han sido respetados sino solamente algunas veces. Además, la alternancia en el poder no ha dependido que del estado de ánimo del caudillo o de los dirigentes del partido, sin pasar de soslayo la intervención extranjera menciona. Raras veces o nunca se ha hecho uso de la consulta ciudadana en un referéndum o en otra forma de consulta. Y cuando alguien que se le ocurrió llamar a una consulta popular, le dieron Golpe de Estado y lo mandaron en pijamas a Costa Rica.


Entonces, la idea de democracia en Honduras se ha limitado al ejercicio del sufragio en elecciones que siempre han sido cubiertas de un aura de vicio y chanchullo, como decimos los hondureños. La democracia en Honduras ha sido entendida siempre como el derecho de elegir y ser electo sin importar que los electos sean personas con un pasado o un presente digno de representar a quien sea.

Así pues, la idea de la democracia en Honduras es torcida y retorcida y es otra surrealidad histórica.


4.- El vicio o la obsesión de poder

Sea impulsada por un partido o un candidato, en la política tradicional de Honduras, siempre ha habido una tendencia abierta hacia el continuismo. Esto se da algunas veces con objeto de proseguir proyectos de “progreso” (Marco A. Soto, Luís Bográn), o por la simple razón de defender los intereses extranjeros (Manuel Bonilla, Carías, Los militares, Juan Orlando Hernández) o por obsesión personal (Terencio Sierra, Juan Orlando Hernández). Esos nombres no son más que los ejemplos más flagrantes. Pero lo que si queda claro es que los individuos viciados y obsesionados por el poder no tienen ni el carisma ni el temple de líderes, sus ambiciones son mantenidas de manera artificial y con la ayuda de ciertos sectores que ven interés en manipular el Estado y eso es el que tiene a Honduras en el infierno de la pobreza y el descontento Social. 


5.- El poder de las armas

Vuelve la burra al trigo. Desde el principio de época republicana en Honduras, curiosamente los jefes de estado en su mayoría han sido militares (de academia o de cerro, pero militares igual). Los que no han sido militares, han contado con el apoyo de éstos mientras el mandatario y sus partidarios del congreso o de la corte suprema no atentan contra los intereses de la fuerza armada. Aun durante la alternancia de gobiernos civiles entre 1981 y 2009 y después de los gobiernos ilegítimos de Micheletti, Lovo y Juan Orlando Hernández, los militares han sido quienes deciden, tras bastidores, quién se queda o no en el poder. 


Pero el hecho es, que esa fuerza armada no tiene ella misma vida propia porque en última instancia baila la música de la embajada de los Estados Unidos. Si no recordemos las maniobras de nuestro tristemente célebre Gustavo Alvares Martínez o las del General Discua o más recientemente las del General Romeo Vásquez. 


En principio la fuerza armada está subordinada al poder civil, pero ¿qué hacer cuando el poder civil no tiene el poder de las armas? ¿Paradójico? ¡NO!  Si nos detenemos a ver la situación actual del país, pareciera que Juan Orlando Hernández tiene el control de la Fuerza Armada, pero en realidad este individuo está en el poder porque el Departamento de Estado de los Estados Unidos le dio el visto bueno. En el momento en que los Estados Unidos decidan que Juan Orlando Hernández ya no es su niño bonito (como hicieron con Los militares mismos en Honduras o con Somoza en Nicaragua), de repente lo encontraremos en pijama en Colombia o Guatemala y Honduras volverá a la época de los militares que, constitucionalmente, están para defender la Constitución que Juan Orlando Hernández ha violado a diestra y siniestra. En otras palabras, los militares tendrían toda la razón de dar un golpe de Estado. La rueda gira y el ciclo tradicional de la historia de honduras se repite: Elecciones (democracia), golpe de Estado (dictadura), Constituyente…

Desde ese punto de vista, el poder de las armas y no de la fuerza armada, es más concreto que el poder civil y por tanto otra realidad histórica.

Conclusión

Lo que se ha querido hacer en este texto es jugar a los malabares con cinco bolas para visualizar el contexto social y político actual de Honduras. Se aclara es un texto de opinión y que lo aquí dicho son notas tomadas durante ciertas noches de insomnio.


Lo que trato de poner en evidencia es que la historia oficial siempre nos ha tenido engañados haciéndonos creer que hemos vivido en democracia. Aun durante los gobiernos militares, pocos fueron los que condenaron estos. Sin embargo, muchos de los que se atrevieron a criticarlos o combatirlos, se hicieron silenciar, ya sea por la fuerza o por la seducción de unos cuantos pesos.

Otra idea que se ha querido poner de manifiesto, es que la idea de democracia hondureña de las últimas tres décadas es otra falacia de la historia oficial. Durante los gobiernos civiles de Suazo, Azcona, Callejas, Flores, Maduro, Micheletti, Lovo y Juan Orlando Hernández, los niveles de represión, de saqueo y pobreza han alcanzado un nivel que le ha permitido a Honduras ganarle la carrera a Haití y a Bolivia. Eso es la herencia de 30 años de democracias nutridas en esas cinco realidades históricas abordadas aquí. Eso, sin tomar en cuenta otra realidad subyacente, el crimen organizado. Esta última, no la abordamos aquí por falta conocimiento, pero sin temor a equivocarme ella es la consecuencia de ese andamiaje de corrupción e impunidad heredado de los últimos 30 años de susodicha democracia.


Pero si es fácil quejarse, más difícil es dar soluciones, aunque ya muchos las han propuesto y en muchos casos esas soluciones han caído en el vacío de los oídos de los sordos que no quieren oír. Es por eso que en el momento histórico por el que pasa Honduras muchas preguntas surgen. ¿Cómo explicar el hecho de que siendo Honduras el país más pobre de América, cuenta con el segundo número de millonarios más grande de Centroamérica? ¿Cómo explicarse que un rector universitario gane más que un jefe de empresa o que un médico? ¿Cómo justificar que ese mismo rector se pasee en autos blindados y guardaespaldas? ¿Cómo justificar que el instituto del Seguro Social sea saqueado y que los saqueadores están en libertad? ¿Cómo explicar el cambio de actitud de viejos radicales revolucionarios de izquierda, ahora convertidos en expresidentes o en ministros o asesores de los gobiernos más corruptos de la historia de Honduras?


¡Eso no se explica! porque las explicaciones son banales o absurdas ante una sola realidad… La corrupción de la que es víctima el país. Entonces ante esta realidad la mejor solución a los males de Honduras, es la disolución de todas las instituciones del Estado y la refundación de uno moderno, un Estado en donde los Ciudadanos tengan un verdadero poder. Un estado en donde este sea un fiel interprete de la realidad histórica y de más que de eso de que sea un buen representante y un buen representante de la voluntad del pueblo.

Yo sé que soñar es gratis, y por suerte es uno de los únicos derechos que no me han usurpado.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Balbuceos de militancia: primera parte


Siempre que abordamos el tema de la militancia salen a relucir dos términos que en la dialéctica de los acontecimientos y de la evolución social son contrarios, inseparables y muchas veces utilizados con absurda simplicidad; me refiero al adoctrinamiento y la convicción.

Para los que reprimen, aquellos a quienes reprimen han sido adoctrinados y los que son reprimidos dirán siempre que actúan por convicción. Es hacer de notar que esta posición cambia de lugar según quien tenga el poder y de la dimensión que la corrupción alcance en los engranajes del poder.  Desde mi punto de vista, y aclaro que es un punto de vista muy personal, la violencia, la represión y los asesinatos políticos son proporcionales al nivel de corrupción.  Basta con observar atentamente el panorama de nuestra América y cerciorarse que lo que allí pasa, da un poco de razón a mi punto de vista.

Pero bueno, no nos desviemos del tema que nos ocupa, la militancia. En realidad, en este texto les quiero compartir ciertas experiencias personales y ciertas anécdotas de mi transcurso por este breve mundo lleno sueños, decepciones y realidades.

La construcción de la convicción.

Yo José Dario Izaguirre Martínez, nací en una familia humilde. Mi madre en los papeles oficiales era un ama de casa y mi padre aún vivo y casi en el ocaso de su vida al momento de comenzar este texto, un labrador. Un hombre y una mujer de su tiempo. Nacieron en medios aún más miserables que los míos. Mi madre aprendió a leer y a escribir y trabajó desde edad muy temprana para ayudar a la viuda de mi abuelo quien murió cuando aún ella era una niña. Mi padre abandonado por su madre a una corta edad, creció desnudo y descalzo. Criado por su abuela comenzó a trabajar como obrero agrícola a la edad de 14 años en las haciendas de los terratenientes de las sierras de Managua y Chichigalpa, en Nicaragua y el los cañaverales de la familia Somoza.

Siendo los dos las víctimas de la injusticia, pero curiosos y poco quejumbrosos, supieron aprovechar lo que la vida les puso por delante y superar su condición económica. En la pareja había mi padre que era capaz de regalarlo todo y con un sentido de justicia bien arraigado. Por otro lado, mi madre, que, aunque era también justa, tenía un sentido de los negocios bien definido. Ella era capaz a partir de un huevo hacer un gallinero. Los dos viejos se opusieron siempre a la represión política, poco importa de donde ella viniera.  Críticos de los detentores del poder, nos mostraron a respetar el poder, pero a oponernos a las atrocidades.  De ellos, mis viejos y sobre todo mi padre, a quien seguía por todos lados desde que pude sostenerme en el lomo de una mula a cinco años, aprendí como funcionaban las cosas.  Siempre con la oreja abierta y oyendo cada platica y bebiendo cada palabra de lo que decían mis viejos en sus pláticas con el candil apagado o a la luz del día cuando los amigos de mis viejos venían a la casa, yo aprendí, cuando tenía que quedarme callado y ante quien, aprendí a decir lo que pienso cuando la circunstancia lo permite. Mis padres entonces cimentaron la base de mis convicciones.

Y si ese aprendizaje simple y cotidiano se llama adoctrinamiento según algunos, entonces mis padres me adoctrinaron.  Y ese adoctrinamiento o más bien esa enseñanza la cargo con orgullo y la considero un tesoro. Gracias ellos estoy donde estoy.

Pero sobre los cimientos de la formación ideológica familiar, en cierto momento se comienzan a colocar los primeros ladrillos del razonamiento propio. Se comienza a cuestionar el porqué de ciertas cosas. ¿Por qué Toñito el de Sofía siempre anda careto y viene a pedir comida a la casa? ¿Por qué Nato el de Beto es más flaquito que yo y más panzón que yo? ¿Por qué Damián el hijo de Chon Merlo se murió de fiebre de lombrices y estas últimas le salieron por la nariz y las orejas después de muerto? ¿Cuál es la diferencia entre ellos y yo?

Pero si vivimos en la misma aldea, vamos a la misma escuela. Si ellos tienes papá y mamá.

¿Y Por qué se murió Rodolfo el hijo de Zacarías? Y el hijo de Simón de quien cargué el ataúd en 1975.

¿Qué pasa aquí?

Pues, pedí explicaciones y la tuve: Señoras y señores, era la voluntad de Dios, que en su misericordia sabe a quién darle la vida y a quien arrebatársela. Pero no te preocupes ellos, los niños esos, irán a formar parte del coro de ángeles al cielo. Y tuve otra: mirá mijo ellos mueren por que sus padres son más pobres que nosotros y no tienen dinero para comprar los remedios necesarios. Y creo que esa explicación me gusto más. Y allí viene otra reflexión de niño.  Bueno y ¿por qué no tienen dinero?

Y tuve la respuesta.  Dios en su infinito poder decidió de poner ricos y pobres en la tierra. Él en su amor infinito ha dicho que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico gane el reino de los cielos. Los pobres ya tienen ganado el reino de los cielos.  La otra respuesta: Los pobres son pobres porque la vida es injusta. Mirá Sofía Moncada, la mama de Toñito, se le murió el marido y le dejo una finca de café, pero con los hijos pequeños y las deudas que le dejó don Medardo, ella perdió la finca y ahora allí vive arrimadita en la casa que yo le presto.

¿Entonces ella se va ganar el reino de los cielos porque ahora es pobre?

Pues no sé si se ganará el reino de los cielos, pero lo que si sé es que tiene que trabajar más de la cuenta para mantener a sus hijos.

Que relajo de contradicciones tiene la vida de adulto. Pues así seguí creciendo comiendo en el mismo plato con los hijos de los trabajadores. Dándoles alguno que otro pedazo de queso o algún huevo que me pillaba en el gallinero de mí mama. Un ladrillo más sobre mi muro de conciencia.

Así siguió la vida.  Nos fuimos del campo hacia la ciudad buscando luces, esas luces que mis padres no tuvieron quisieron dárnoslas a nosotros. El choque cultural fue la escuela, inmensa… profesores hasta para regalar y qué decir de la cantidad de alumnos.  Allí otra vez pensé en Leocadio que hubo que abandonar la escuela para toponear y poner el hombro para ayudar a Cosme y Enriqueta. 

Ese primer día de escuela en la ciudad fue de lo más impresionante. Mis padres no fueron conmigo. Me fui con mi hermana que comenzaba el sexto de primaria. Llegamos a la escuela que estaba repleta. Olía a nuevo. En la multitud perdí a mi hermana y me quedé sólo hasta que otro perdido como yo se acercó y me preguntó a qué grado iba. Le respondí que iba a segundo. Él me dijo que él también, se llamaba Ramón Antonio Flores Bertrand.  Me dijo: mi tía es profesora aquí, vamos a preguntarle donde nos toca.

Buscamos a la profe Azucena de Sevilla y nos dijo que nos tacaba con Gladis Mendoza de Escoto. Así comenzó una amistad que podría decir la primera de la ciudad.

Pero bueno, nos desviamos del tema.

El asunto es que la vida de la ciudad me hizo visualizar otra realidad. Si bien en la montaña mi familia era la referencia para muchos de los paisanos, en la ciudad yo era el paisano. Me hacía llamar el montañés, el indito y me convertí en la cabeza de turco de muchos de los alumnos.  Los golpes, los insultos y las pedradas que recibí en ese primer año de escuela citadina creo que me ayudaron a forjar mi humildad, mi timidez, pero al mismo tiempo mi arrogancia y mi mimetismo del comportamiento cruel de la infancia.

Allí aprendí que ser sobrino de la directora no tenía ventajas. Que hablar con don Rafael «Chanchita» el policía de la escuela era arrastrarse, aunque lo único que quería saber es porque tenía la pata dura.  Aprendí también que la homosexualidad tan repudiada no era enfermedad. Alex Aroca a sus 8 años lo era ya y algunos abusaban de su condición. También aprendí en ese año que había una mujer, una rubia y pecosa que me robó algo preciado, un pedazo importante de mis pensamientos. Era 1974.

Un huracán golpea el país, mi abuela Juana María se muere y los desastres se propagan. Allí aprendí por los decires de mi padre que el primer país a mandar ayuda logística y económica a Honduras fue Cuba. Pero que las brigadas cubanas se habían ido por oposición de los Estados unidos. No entendí porque gente que viene ayudar tiene que irse. Si mi papa me había enseñado que la ayuda se toma de donde viene si se tiene necesidad. Y que nunca se debe despreciar ningún tipo de ayuda. Que la ayuda se ofrece y no se espera que alguien la pida. No entendí, nada. Sólo miraba las fotos de los periódicos, de gente en los techos de las casas esperando ser rescatados y las villas destruidas por las inundaciones mientras los cuerpos de las personas y del ganado ahogado flotaban en esa agua contaminada por el desastre. Otro ladrillo más sobre mi muro de conciencia.

 Ese Huracán a pesar de que me quitó a mi abuela, también me quitó otra cosa, mi hermana mayor, la que creció con nosotros, la que nos cambió pañales, se fue de la casa después de una pena de amor. No la volví a ver hasta la muerte de mi madre en 2011.

La vida continúo, me cambiaron de maestra. Gladis a quien aún le tengo mucho aprecio, me quería mucho, pero hubo que dividir la clase y me tocó pasar por la alegría desbordante de la profe Corina (quienes la conocieron sabrán que hay un poco de sarcasmo en esto), algunas semanas más tarde nos cambiaron de profesor y fue Magdalena Merlo quien terminó siendo mi profesora definitiva. Terminé mi segundo grado En la Escuela Urbana Mixta Francisco Morazán.

Hermoso año ese. Conocí, además de Ramón, a Nelvin Valle Zelaya, Iván Zelaya, las hijas y el hijo de doña Mercedes y de Chepe León, Noé Ferrufino, a Juan el hijo de Carlos (pedo) y Gloria, a Marcos (lupita) y otros vecinos con quienes jugaba.  Vivíamos en la casa de mi padrino Moisés y compartíamos el espacio con Reynelda, la hija mayor de mis padrinos, Julia Castro y María Elena Sosa.

En ese universo de la ciudad donde todo era limpio, donde todos iban a la escuela limpios, donde había un centro de salud, carros, un conjunto musical, un redondel temporal para las corridas de toros. Un hotel un club de Leones, médicos, un colegio, tres escuelas y cuantas cosas más, era maravilloso. Ese universo también era desconcertante. Allí también había preguntas.  Recuerdo que después del huracán Fifí, sobró comida de las donaciones que el pueblo había hecho para ayudar a los damnificados de la Costa Norte. Sobro Maíz, frijoles y Arroz, que la alcaldía Municipal puso en bolsas plásticas y ordeno que brigadas de estudiantes salieran a repartir esos recursos entre los pobres de la ciudad. Ese día yo no fui a la escuela. Yo, Darío, decidí que tenía dolor de panza. Pero no sirvió de nada. A eso de las 10:00, Marcos Madariaga (Lupita) vino a mi casa y dijo que la profe Magdalena me quería en la escuela. Me puse nervioso, pensé que me iba a castigar por faltar a clases, sin embargo, me fui con Marcos. Cuando llegué a la escuela La profe Magdalena me dice: Venga que usted será el encargado de leer el mensaje de la alcaldía a cada familia.

Yo más perdido que una cabra en una procesión de Semana Santa le pregunté:

¿No me va a regañar?

Ella se rio y me dijo:

Tome este papelito, apréndaselo y si no puede lo lee en cada puerta de cada familia donde iremos a dar esta comida. Había en la pieza una gran cantidad de frijoles y maíz. Nos la pasamos todo el día distribuyendo las tales bolsas y en cada puerta el indito leía o recitaba:

 «Buenos días señoras y señpres, en nombre de la alcaldía municipal de la ciudad de El Paraíso reciban esta humilde contribución que servirá a palear (esa palabra me daba miedo porque sonaba como apalear) algunas de sus necesidades. Muchas gracias.»

Pasó ese día y me di cuenta que allí en esa ciudad había también niños panzones, lombrizosos y mocosos como en la montaña. Y las preguntas de nuevo. ¿Cómo dos libras de frijoles y dos libras de maíz pueden ayudar a esa gente? Bueno me decía, van a comer hoy por lo menos. Pero la solución al problema no estaba allí, pero tampoco yo tenía la solución. Suerte que tenía mi trozo de madera con ruedas de cajas de betún que me ayudaban a pasar el rato jugando. Entonces a esa edad aprendí que la pobreza es más universal que la riqueza y que en la vida unos nacen con estrella y otros estrelladlos como decía Tín Larios.

Y ese año crecí y le puse la liga de cemento al siguiente ladrillo de mi conciencia.

Regresamos a la montaña. De nuevo las vacas, el café, las mulas y todo eso que durante el año había dejado atrás. Volví sin hermana, sin abuela y con un cumulo de cosas nuevas aprendidas. Con ocho años en diciembre ya no era el chigüincito si no un hombrecito a los ojos de mi padre. Que en su visión del mundo a esa edad tenía que ser capaz de desempeñar tareas más complejas, que simple mente servir de almuercero o aguatero. Darío tenía que ayudar a transportar café a lomo de mula. Ayudar a mi hermano a acomodar las cargas en los aperos, tayacanear bueyes, arriar bueyes en el batey. En otras palabras, gustar a ese sabor agridulce del sudor fermentado después de algunos días sin lavarse. Gustar de la picazón provocada por las garrapatas, chatas y patacones. Gustar al desamor de llegar tarde a la cena empapado de la lluvia del camino. Gustar las rabietas de mi mama en menopausia y las de mi papa que no entendía porque nunca pude sacar una vaca recién parida del lugar donde escondía su ternero.

Allí comprendí que eso que yo vivía en esos momentos también lo estaban viviendo los de mi edad que tenían que cortar café, buscar leña en el monte o azadonar junto con sus padres. Sólo que, yo tenía que comer, dormía en una cama caliente y por lo menos tenía trapos secos para la noche.

Comprendí también que a pesar de la dureza de esos días me gustaba la compañía de toda esa gente que no eran mis hermanos de sangre, pero si, simplemente mis hermanos.

Terminó la temporada de café.

Regresamos al pueblo. Pero esta vez ya el choque fue menos.

Llegamos y esta vez ya no podíamos vivir en la casa de mi padrino, porque mi padrino y su familia se venían a vivir también a la ciudad.

Una nueva aventura comenzó. Vivimos durante un tiempo en la casona de don José María Tercero. Pero no vivíamos solos. Allí había tres familias más numerosas que las nuestras. Y se tenía que compartir todo. Pero esa gente era parte de la familia y por una vez tuve primos y primas. Mila, Aura Delia, Cecilia, Luis, Carlos, Santiago… Fueron hermosos los pocos meses que pasamos allí.

Volví a la escuela, la misma escuela de mi segundo grado con los mismos amigos y compañeros. Nueva Maestra Miriam Zarmiento. A medio año nos pusieron un nuevo profesor que era más malo que la picazón. Francisco. Luego nos pusieron a la profe Cristina Sevilla de Talavera con quien terminé mi tercer grado. En la escuela todo fue bien. Ya sabía de quien cuidarme y con quien llevarme. Allí conocí a mi primo Nelo Pastrana. Mayor que yo, pero era él quien me cuidaba de los más grandes. Es de hacer notar, que en esa época éramos pocos los que teníamos una edad escolar normal. La mayoría de los alumnos de tercer grado tenían más de 11 años.

El problema más grande de ese año fue nuestra mudanza al barrio El Calvario. Un compadre de mi papa le dijo que tenía una casa que le podía prestar. Fuimos a ver la casa, ella nos convenía. La ocupamos, la limpiamos y me di cuenta que esa casa era una mina de oro pues en la limpieza encontré cantidades de mables, pelotas dados… fui feliz.  La trampa de la casa era la manera en la que ella fue adquirida. Que aún no sé exactamente las circunstancias. Solo sé que perteneció a una señora Otilia Romero. Y que sus hijos e hija nos vigiaban a mí y a mi hermana menor y nos trataban de ladrones de roba casas. No entendía yo por qué. Samuel el hijo de Otilia era mi compañero de clase y cuando yo trataba de saber porque era yo un roba casas lo que recibía era una trompada. Las preguntas resurgen.

¿Porque Samuel me pega? ¿Porque Samuel me llama así? ¿Porque si tenía una casa en el pueblo siempre anda roto y mocoso? ¿Será que no me quiere porque le robe los mables?

Un día tomé todos mis mables los llevé a la escuela y se los puse en el bolsón a Samuel y le dije de larguito, para que no me sonara, que eran los que había encontrado en su antigua casa. Y nunca me volvió a pegar.

Pero insistí en las respuestas.

¿Papa, usted le robo la casa a Samuel?

Era un asunto existencial. Mi padre mi héroe. ¡Un ladrón! No puede ser.

Mira mijo, si vos me decís que te preste veinte pesos, yo te pregunto cuando me los vas apagar.

Vos me decís que mañana. Pero si no tenés veinte pesos hoy, como es eso que los vas a tener para pagarme.

Entonces yo te digo que te los presto pero que, si no me pagas mañana, vos me tenés que dar tu gorra y tu bolsón de la escuela.

Eso le paso a la doña. Ella quitó pisto prestado al banco y no pudo pagar, el papá de mi compadre se la compro al banco y la doña tuvo que entregar la casa a mi compadre. Ella perdió todo. Y los muchachitos de ella creen que fuimos nosotros los que les quitamos la casa.

Allí aprendí que todo lo que uno tiene lo puede perder.

Se puede perder por una deuda, por querer ser justo o por sentirse culpable de algo que no hiciste. En esa circunstancia perdí mis mables.

Pero a pesar de todas esas pequeñeces, también conocí cosas preciosas. Conocí el cementerio, la loma donde aprendí a volar papalotes. Conocí gente genial. Gabriel Estrada, Tito el hijo de Martina. Martina que vendía guaro que se emborrachaba y en sus tiricias sacaba a tito y a María que se venían refugiar en los justanes de mi mama. Conocí a Paquito, a Mercedes y Besy Mendoza. Al maestro gallero y talabartero Arnulfo Acuña de quien aprendí mucho sobre el cuero. Conocí a los Mendoza. Beto, Javier Ramón, Can, Eva, Rosa, Nela y los otros. Supe también que la gente dejaba las ventanas abiertas y se podía ver la tele desde la ventana. Gabriel era un especialista de los programas de tele. Se los sabía de memoria. Era mayor que yo y era bueno como un pan de Dios. Mi mamá le tenía confianza y me dejaba ir con él a ver tele. Así comencé a alejarme de la casa con otros destelevisorados como yo.

Me di cuenta en esas expediciones que no era chistoso cuando el propietario del televisor decidía cerrar la ventana y que te corría o cuando alguno de los cipotes se tiraba un pedo y nos corrian de la casa. Me di cuenta que muchas veces me daba nostalgia de mi trozo con ruedas de lata de chinola. Mis caballos de palo y mis mulas y mis vacas y mi perro.

Paso el año y con el otro ladrillo más en mi escalera.

De nuevo las vacas, el café, los chanchos, la caña y el encuentro con esa gente. Mi papá le había comprado a Lencho (Almágana) Gómez, un mecánico del pueblo, un diferencial de carro con llantas. Con mi hermano, le hicieron un camastro y un timón que unía la carreta a la Junta de bueyes. El artilugio dio resultado y bueno ya teníamos Carro. Es de hacer notar que justo antes del golpe de estado de Oswaldo López contra Moncho Cruz, un tractor había pasado y le había hecho una carretera que unía la vieja casa con la carretera que pasaba justo arriba de la loma. Pues con aquella carreta transportábamos el café que los trabajadores cortaban. Ya no tenían que lomear. Íbamos a san Antonio de Conchagua a comprar frescos para las fiestas de navidad. En otras palabras, nos estábamos modernizando. Mi vieja por su parte le compró una refrigeradora de querosén a don Chendo Molina y se la llevó para la montaña y se puso a hacer charamuscas y a vender hielo y refrescos helados.

En todo esto yo era quien con Juan el de Sofía Moncada, tayacaneabamos los bueyes de la carreta porque no estaban acostumbrados a tirar solos de aquel armatoste. Me acuerdo que la primera vez que se las pusimos aquellos animales salieron corriendo con el pererén pererén del armatoste detrás de ellos. Como tayacán que era casi me atropellan. Yo los deje pasar y los animales corrían y corrían… mi hermano se tiró de la carreta y los dejó ir. Los fuimos a encontrar atascados en una vuelta de la carretera. La carreta en un hoyo y los bueyes bramando. Los soltamos y sacamos la carreta. Luego les pusimos ojeras para que no tuvieran vista periférica y se terminaron acostumbrando. Los bueyes se llamaban El Chosmo y el Comprado. Uno era marrón y el otro blanquizco.  Pues en ese jolgorio yo iba a vender las charamuscas al campo de pelota de la aldea los domingos y los sábados de quincena iba con Juan a la hacienda de doña Eva Gonzáles viuda de López. La navidad de ese año fue genial. Además de la carreta y el refri, mi papa se compró un radio tocadiscos. El invitó a don Tavo Mendoza y a su familia y armamos un jolgorio. Bailando en el patio de cemento, reventando cuetes, comiendo torrejas y nacatamales. Los Midence vinieron a hacerle competencia al tocadiscos. Eran los currunchunchun oficiales de navidad. Nos levantamos tarde al siguiente día. El día después fuimos a dejar los Mendoza hasta el pie de la cuesta de las Flores. Allí iban aquellas muchachas en la carreta y nosotros (mi papa, don Tavo, y yo montados.) Que bonito fue eso.

Pues con todo ese ajetreo se me olvido que había otra realidad a mi alrededor. Que se las seguiré contando en otra del Caitudo.



Feliz Navidad.
 




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