sábado, 9 de octubre de 2010

Alfredo Zitaroza y La cantata del pueblo

Hace mucho tiempo, en los años 1980, un amigo me regalo un casete que contenía una obra colectiva de Alfredo Zitarrosa y otros artistas: la Cantata del Pueblo
Obra monumental y vigente 40 años después de su aparición y de su desaparición.



Esa obra es un elogio al hombre y a la mujer que luchan por la construcción de una tierra nueva donde el pensar distinto no sea una amenaza a la integridad de la persona o del grupo que intenta hacer el cambio.

40 años después.

En 1969, Zitarrosa y un grupo de artistas del Uruguay, Yamandú Palacios y el director Amanecer Dotta, entre otrtos, montaron la obra Cantata del pueblo. La obra tuvo éxito y se difundió por toda América - hasta en Honduras donde recopilé mi casete. Sin embargo, la represión en el Uruguay durante los 70 hizo que los originales de la obra desapareciesen (esto según la información obtenida de La fundación Alfredo Zitarrosa en 2008) y consecuentemente, encontrar esta en la actualidad era mas difícil que encontrar una aguja en un pajar.

Dadas esas circunstancias en 2009 me permití de convertir mi vieja cinta en formato MP3 y ponerla en la red dividida en 6 segmentos que corresponden à la obra de origen. La calidad de sonido no es tan buena pero el propósito es de ver si aquellos que tienen discos polvorientos en sus sótanos, los saquen y hagan reaparecer obras de tan bello contenido.

Y como decía una amiga española “a falta de pan las tortillas son buenas”

Sigan el vínculo "Cantata del pueblo" descarguen el Zip y disfruten!!!

Aqui otro vínculo "Canto nuevo"

Un abrazo

viernes, 20 de agosto de 2010

Un espíritu Chocarrero a tiros se espanta

De nuevo al ataque.
Por allí en algún rincón de mis memorias me encontré una historia un poco polvosa, sin embargo, con la risa que me dio al recordarla, todo el polvo se fue de una sacudida.

Bueno, primero les presentare los personajes y el contexto de la perra.

En este asunto intervienen:
Don Marco Antonio Tercero Molina. Este respetable señor es oriundo de San Marcos de Colón. Hijo de Don José María Tercero el mejor amigo de mi abuelo.

Por allí entre parientes, Don Toño o Toñito, como popularmente lo llama la gente, es compadre de mi papa, varios de sus hijos son ahijados de mi papa. Don Toño, tenía unas tierritas que colindaban con las de mi papa y en tiempos de cosecha de café él venía del pueblo para hacer la cosecha. Llegaba siempre a la casona de la montaña entrada la noche y con él, ciertos trabajadores quienes en general eran parte de su familia. Así fue como conocí a Reinaldo, Santiago, Chemita, Neto y otros.

Don Toño tiene una particularidad; siempre se vistió como un verdadero paisano: Sombrero ancho de palma, pantalones amplios, camisa holgada, y un machetón tres clavos de la marca Collins en bandolera. Otra particularidad de don Toño, es su educación innata y autodidacta, su lenguaje, como dice el mismo, es humilde pero florido. Así pues desde que asomaba en la cuestecita de la casona ya comenzaba a saludar:
- Buenas nooches compadre, buenas noches comadre.

Ya mi papa decía:

Bueno mujeres pongan el cafecito que el compa Toño está llegando.
Buenas noches compadre, que sorpresa de verlo.

Y respondía don Toño:

- Bueno pues, como ve, las vicisitudes de la vida nos obligan en ciertas circunstancias a tomar decisiones que no concuerdan necesariamente con los planes establecidos con antelación. No embargante, el camino de las labores nos obliga a movilizarnos para recolectar ese grano precioso que nos permite de pasar un tiempo sin pedir los empréstitos a las instituciones de financiamiento….

- Y como quedo la familia por el pueblo, le preguntaba mi papa.

- Muchos recuerdos, muchos recuerdos. Respondía don Toño

Ya descargábamos las mulas con los calaches del compadre y las mujeres le preparaban un cuarto a él y a sus acompañantes.

Ese trajín duró desde aproximadamente 1972 hasta que Toñito vendió sus tierras en los años 1980 a Virginia Rico.

Ya en otro escrito les contare más a cerca de don Toño.

El otro personaje de la historia es mi papa. Este no necesita presentación solo tienen que leer el blog y sabrán quien es.

Neto Tercero es otro personaje que interviene en esta anécdota. Este es sobrino en segundo grado de consanguinidad de don Toño. Neto es de mi misma edad y para esa época teníamos alrededor de 16 años. Neto era un chigüin alirusado, medio chele y pelo parado, tenía los dientes medio salidos y hablaba medio chifladito y muy rápido. No se por que digo era, aun esta vivo. En todo caso, Neto era chistoso y siempre estaba listo a hace bromas. Neto es otro más, al igual que otros personajes de esta historia, que debido a los conflictos políticos en nicaragua, se vio desplazado en Honduras.

Ramón Mendoza (Monchito), era en esa época un solterón empedernido. Mi mama lo había contratado para que le ayudara ha fabricar queso en el, pueblo. Al final se encontró trabajando en la montaña donde se amachinó con Juanita la de Mingo Duarte. Moncho era otro que siempre estaba listo a hacer cualquier tontera por tal de hacer reír la gente. Al momento de la historia trabajaba como cortero de café en la plantacioncita de mi papa.

Doña María Martínez, una señora muy devota, y buena amiga de don Toño. Ella admiraba mucho à don Toño y siempre le ayudaba en la cosecha de café. Se sabía todas las novenas y los rosarios de memoria y siempre andaba con ella una camándula bendecida por el capitán Barahona.

Esa vez estaba también Eva, la segunda hija de Toñito y otros trabajadores de los cuales no recuerdo el nombre.

No podemos olvidar los personajes que dan origen a esta anécdota. Se trata de la familia Carrasco. Ellos eran: Doña Marta Bonifacia, Juana (Juanita la hija de la doña), Marta, Jorge, José y Fernandito (los hijos de Juana). Esta familia vino a honduras como consecuencia de los desplazamientos causados por los combates entre la Contrarrevolución Nicaragüense y el Ejército popular Sandinista. Doña Marta y su marido Beto Carrasco, habían sido trabajadores de mi abuelo y mi papa los conocía y es así que las señoras se encontraron viviendo en la casona de la montaña. Esas doñas eran supersticiosas y creían en todo tipo de espantos y brujerías.

Bueno Vamos a dejar las presentaciones y les voy a contar la pasada.

Durante los meses calidos, las visitas a la plantación no eran frecuentes, en todo caso para mí. Yo estaba en la escuela secundaria y era sobre todo mi papa quien iba a supervisar los trabajos. Durante esos periodos, solamente las doñas y ciertos trabajadores vivían en la casona de la montaña.

Una vez, la Juanita vino a la casa del pueblo toda asorochada y con los pelos de punta diciendo que un espíritu chocarrero no las dejaba dormir. Ella aseguraba que desde que apagaban las luces el espíritu comenzaba a tirarles piedras y terrones de adobe. Ella decía que ya no encontraban que hacer; que el ajo, el agua bendita y las oraciones no daban ningún resultado. Ella decía que posiblemente era el espíritu de su último hombre que la andaba espantando por que de repente le quería transmitir un mensaje del mas allá.

Mi papa medio incrédulo como el era le decia:

No mija, esa es cabeza que te han metido y tronco que te han dejado. No hay tales espíritus. Esos deben ser ratones. Tome estos cinco pesos y cómprese unos cubos de matarrata, y ya va ver como se le van los espíritus.

La Juana respondía:

Las tres divinas personas, sagrado corazón de Jesús y el santo niño de Atocha. No es con Matarratas que esa brujería se va a ir.

Y mi mama:

Son puras papadas esas. Yo viví en esa casa casi 15 años y nunca oí nada. El único que nos dio un susto fue Rogelio Merlo una semana santa. Esos tontos de mis hijos creían que era el Judío errante.

Bueno, si no creen decía la Juana voy a ir a ver al padre para que me de mas agua vendita y palmas ventitas para poner cruces en todas las esquinas del cuarto. Y ya se iba desilusionada porque nadie le creía su historia.

Bueno, ya entrado el mes de noviembre, cuando la cosecha de café comenzaba, Nosotros, los hombres de la casa nos preparábamos para ir a pasar los meses de noviembre diciembre y parte de enero en la montaña.

En mi caso particular, ese año, tenía unas ganas de ir solo por curiosidad del tal espanto.

Al llegar a la casona, después de haber arreglado el material para comenzar la cosecha, me dirigí a la pieza donde dormía la familia Carrasco. Mi sorpresa fue enorme cuando vi en cada esquina de la pieza, una buena cantidad de cabezas de ajo, cruces de palma bendita, vasos de agua vendita y estampas de santos con sirios encendidos al pie.

Ya entro en la cocina y le pregunto a Juana:

¿Aja Juanita, y le siguen tirando piedras?

¡Hummm...! no paran, a pesar de todos los santos y el agua bendita que les he puesto.

Así quedo la cosa.

La primera semana pasó. Yo me desvelaba sólo por ver u oír si alguien o algo tiraban piedras.
A parte la sinfonía estereofónica de ronquidos y pedos de doña Bacha y de mi papa nunca oí nada.

¿Y entonces juanita, las piedras?

Alabado sea el señor. Desde que ustedes vinieron nada de piedras.

La segunda semana pasa y mi papa y yo bajamos al pueblo el fin de semana.
De regreso a la montaña. Juanita estaba en todos sus estados.

No pudimos dormir anoche, nos dice, Viera el piedrero (sic) que nos cayó anoche.

Le digo a mi papa: ¿Usted cree en eso papa?

El viejo me responde: Mirá yo no creo ni dejo de creer, pero yo creo que son vivos los que tiran piedras. Los muertos están muertos.

Cuando mi papa me dice eso una chispita se encendió en mi cabeza de adolescente y comencé a fraguar un plan.

Allá un día en la tardecita el chuchito de Juana comienza a ladrar. Y un poco a lo lejos oímos los silbidos y los gritos de un arriero de mulas.

Mi papa que se fumaba su Royal en el corredor de la casa me dice:

Ese debe ser el compa Toño que viene a cortar su cafecito.
¡Juanita! Ponga el café por allí viene Toñito Tercero y hay que recibirlo.

Efectivamente. En pocos minutos vimos aparecer las mulas de don Toño.

Buenas noches compadre, etc., etc.

Mis ideas se volvieron mas claras cuando vi que don Toño traía con él a Neto, doña María Martínez, Eva y otras dos personas.

Le digo entonces a mi papa:

Papa, ahora que don Toño esta aquí me iré a dormir al tabanco con la mozos.
Mi cama se la puede dar a su Compadre y la otra pieza a las mujeres para que tengan mas intimidad, sobre todo ahora que Evita esta con doña Maruca.

Hombré, dice mi papa, Ta bueno así vamos ha hacer.

Ya las mujeres habían hecho el café y doña Bacha y Juana ya se habían encargado de contarles la historieta de las piedras a doña María y a Eva quienes se morían de miedo.

Pasaron así varios días. Yo continuaba durmiendo en el tabanco con los trabajadores y platicando con Neto. A veces en la tardecita nos íbamos juntos a chupar caña al cañal del viejo y en una de esas le digo:

Neto ¿usted ha oído la historia de que tiran piedras en la casa?

¡Si! me dice Neto, doña María no duerme del miedo.

Mire compa, le digo, esas son puras papadas. Yo me duermo tarde y me despierto en la noche para ver si oigo eso y yo no he oído nada. Y desde que llegamos con mi papa las doñas dicen que no oyen nada.

Yo he pensado en algo, pero si se lo digo no le diga a nadie.

Déle pues, me dice Neto.

Mire, le digo yo, yo les voy a dar un susto a esas viejas para que se les acaba la jodedera con esas piedras.

¿Y que va a hacer pues? Me dice Neto.

Hoy en la noche voy a arrancar un pucho de terrones de adobe y se los voy a tirar. Lo mas que puede pasar es que mi papa se de cuenta y me pegue una cachimbiada o que sea chistoso y que el tal espíritu desaparezca.

Los ojos de Neto brillaron de un brillo metálico, se frotó las manos y me dice:

Yo le ayudo.

El clavo, le digo yo, es que Moncho duerme con nosotros y no se si nos denunciaría.

Cuéntele a él también, me dice Neto.

Y Le cuento a Moncho.

Moncho me dice que no va decir nada pero que el no tira piedras porque no quiere perder el trabajo.

Bueno pues, esa noche esperamos que todos los candiles fueran apagados y que la sinfonía de ronquidos empezara.

Mi papa fue el primero en roncar, siguió doña Bacha, dona María y así sucesivamente.

Esperamos un poco y le digo a Neto, Hey compa ta listo
¡Si! Me responde Neto.

Bueno pues, cada uno agarramos un terrón de adobe y lo tiramos en la pared de la pieza donde dormían las Carrasco.
¡Pafff! ¡Paff! Los dos terrones que se estrellan en la pared.

Los ronquidos se paran de un solo tiro y los rezos comienzan automáticamente.

La Juana se despierta ya toca las tablas que dividían su cuarto y el de mi papa y su compadre.

Ya oimos nosotros que le dice a mi papa:

¡Don Joche, don Joche, ya oyó!

Si mija, le dice mi papa, ya oí.

Entre tanto si hacer ruido yo le dejo ir cachimbazo.

¡pafff! El terrón se estrella

Ya doña María se había despertado y unía sus oraciones a las de las carrasco junto con Eva.

El traqueteo de mandíbulas era como oír las maracas del conjunto La Escupitina.

No prendan la candiles, les susurra mi papa y luego dice:

¡Jumm, tirate otra hombré!

Yo le doy un codazo a Neto y les dejamos ir dos terrones de un solo toque.

¡Jodido compadre levantémonos! Por aquí anda un pendejo que nos quiere asustar.

Ya las mujeres habían encendido los candiles y Neto, Moncho y yo fingíamos estar asustados como el resto de la gente.

Mi papa saca su pistolita 22 y le dice al compadre de sacar su tres clavos.
Vamos a salir compadre y le vamos a dar un susto a ese condenado.

Yo voy a ir primero le dice mi papa.

Mi papa sale por la por la puerta seguido de don Toño.

Doña María, bien intencionada levanta el candil y entre dos salves le dice a don Toño:

¿Le aluzo Toñito?

Sagrada pasión de Cristo Marillita, le dice don Toño, esconda ese candil y no pare de rezar.

Ya mi papa estaba afuera disparando con su pistola.

¡pen, pen, pen! Los tiros.

Toñito detrás de mi papa con su tres clavos cinchoneando los postes ¡Chililín, chililín…!

Sígalo compadre, le decía mi papa, por allí va… y ¡pen, pen, pen! Los tiros y ¡Chililín, chililín…! El tres clavos.

Agárrelo que le pasa cerquita le decía Toñito.
Perece que estoy cargando el cuete, le contestaba mi para, dispárele usted con el machete, le decía.

Parate allí, hijo de lucifer, le decía Toñito, no nos obligés a utilizar la coerción o la premeditación y la alevosía o la ventaja. En nombre de la ley de los hombres y de la ley mosaica dictada por nuestro grande y poderos señor; transeúnte, semoviente, te ordeno que te parés o haré justicia con mi tres clavos como San Miguel Arcángel la hizo con su espada. Y ¡Chililín, chililín…! El tres clavos.

Ya mi papa había cargado su cuete y jalado los otros 6 tiros al mismo tiempo se había acercado de su compadre para calmarlo y decirle que era tiempo de entrar el ser se había escapado.

Ya entran en la casa los dos viejos, cansados con el resuello agitado de tanto correr y de tan buena actuación.

¡Jodido! Dice mi papa. Ese jodido no vuelve a venir aquí.

Toñito entra también con un puñado de terrones en la mano y dice:
Mire aquí encontré este puchito de terrones al lado del horno de hacer pan, allí agarraba las municiones para tirar, ese tal por cual.

Entre tanto neto y yo hacíamos un esfuerzo sobre humano por no reír. El plan había funcionado de maravilla y con la ayuda inesperada de los compadres.

Bueno, así pues todos regresamos a nuestros aposentos y la durmia continuó.

Allá unas tres horas mas tarde el perro comienza a ladrar, y alguien le da un puntapié.

Mi papa se despierta y despierta al compadre.
Le hace signo de no hacer bulla, toma su revolver, abre la ventana con cuidadito y se coloca al lado de la ventana. Con el rabillo del ojo hecha un vistazo hacia fuera y mira un hombre parado frente a la ventana.
Mi papa le dice al hombre:

¡No te movás, si te movés te quemo!

No, don joche le dice el hombre, no me tire, soy Venancio, hijo de don Albino.

Venancio, un esquizofrénico, que se paseaba en la noche por todas las casas de la aldea y esa noche ya cansado de su paseo nocturno había decidido de buscar un lugar donde dormir.

…y que querés, le dice mi papa.

Dormir, responde Venancio.
Bueno allí en el corredor esta el tabanco de los aparejos, subite allí y dormite deja de andar jodiendo gente.

Nancho se subió al tabanco, mi papa le quito la escalera y así termino nuestra agitada noche.

Al día siguiente don Joche y Toñito eran los héroes de la situación.

Las candelas el agua bendita, los ajos y el espíritu chocarrero desaparecieron y mi papa supo que yo había lanzado los terrones solamente en 2005. Neto y Moncho habían bien guardado el secreto.

Hasta la próxima.

viernes, 7 de mayo de 2010

Era el Cadejo o el perro del vecino

En la misma línea de relatos, miedos y supersticiones, les entrego hoy la leyenda de el Cadejo.
Un Cadejo es un animal legendario de la región mesoamericana, extendida entre las zonas rurales e incluso urbanas de Centroamérica. Se dice que es un mítico perro (o dos perros) que generalmente se le aparece a quienes deambulan a altas horas de la noche. Este animal mítico se le atribuye poderes misteriosos.

Según la definición encontrada en la enciclopedia en línea el cadejo se presenta de diversas maneras según las regiones. A continuación les entrego la caracterización del Cadejo según Wikipedia.

Representaciones del Cadejo.

Las diferentes versiones de la leyenda en Centro América describen a un cadejo blanco y uno negro; benigno y maligno respectivamente. La leyenda del Cadejo es posiblemente el vestigio de una creencia precolombina que supone que todo humano posee un animal de compañía (un alter ego que el la tradición mesoamericana se conoce como Nahual). El Nahual es el doble del hombre, de tal manera que la enfermedad o la muerte del primero conllevan la enfermedad o la muerte del segundo. La creencia supone la existencia de un animal compañero para cada hombre.

Es de aclarar, que ninguna relación directa ha sido establecida entre el Cadejo y el Nahual. Así, el artículo de Wikipedia continua…

Dicho animal acompaña al hombre en todos sus viajes solitarios por la noche; y en la versión de dos cadejos, el blanco lo protege y lo defiende contra los malos espíritus encarnados en El Cadejo negro, color tenebroso que simboliza la muerte, o sea, el mal en todas sus manifestaciones.

La versión de mi infancia viene de muchos relatos contados por los campesinos que trabajaban en la pequeña plantación de café de mi papa. Otro relato de este animal proviene de mi mama que asegura haberlo visto por lo menos una vez.

En las variantes de la leyenda que del Cadejo de la región sur de Honduras existe efectivamente dos Cadejos, el Negro y el blanco. Los dos malos porque no son el producto de la creación divina del buen Dios. Sin embargo, el Negro es aun más malo que el blanco. Este último casi nadie lo ha visto pocos son los que se han enfrentado a ese animal.

Existe en las explicaciones del comportamiento del Cadejo una dicotomía que nos recuerda ciertos comportamientos humanos. En gran parte el comportamiento del cadejo es como una moraleja de la lealtad y la traición. Un cadejo blanco por ejemplo, puede ser tu compañero y ser completamente inofensivo. Por otro lado si aun por accidente lo atacas se puede convertir en une bestia horripilante malvada y poco fiable.

Si continuamos nuestra descripción de nuestro Cadejito, nos damos cuenta que este en la variante del sur de Honduras, se aparece sobre todo a loa jinetes que se pasean en altas horas de la noche y durante las noches de luna.

La descripción que Zacarías Gutiérrez y Santos Hernández hacían del cadejo, describían un animal pequeñísimo en forma de perro. Ese, según ellos, es blanco (o negro segun el caso) y pachón y lo que hace la diferencia entre un perro y otra cosa es que tiene los ojos rojos como fuego y la cola está completamente desproveída de pelo y de carne. La cola es simplemente una cadena de huesos que se entrechocan al ritmo del trote del animalillo. Ese tableteo óseo previene al caminante de la presencia del espectro. En los caninos ese animal aparece al lado o delante de los jinetes y los acompaña o les obstruye el camino durante el camino hasta la casa.

Mi papa decía que el cadejo blanco es una verdadera compañía y que por ningún motivo hay que espantarlo tratar de darle golpes con las riendas o siquiera insultarlo. Si se hace eso el animalito gentil se convierte en un verdadero monstruo que toma formas horripilantes capaces de volver loco al más valiente de los valientes.

El cadejo negro, según el testimonio de los campesinos nunca aparece al lado de los jinetes. Este aparece de frente y le propósito es de inmovilizar el caballo o la mula con el fin de atacarse al jinete. La manera de inmovilizar la cabalgadura es pasando entre las patas del caballo, comenzando por las patas de adelante. Al pasar así entre las patas del caballo, este queda completadamente inmóvil y por más que uno espuelee al caballo este no se moverá. Una vez inmóvil el Cadejo negro se monta en ancas y hace ver las peores visiones de horror al jinete.
Decían los viejos que si atacabas al blanco, además de hacerse enorme éste se te maneaba el palenque y te dejaba allí plantado toda la noche y por nada ni nadie te podías mover ni bajarte del animal hasta la salida del sol.

De todos los que me contaron historias del Cadejo, sólo mi mama tuvo loa osadía de atacarlo. Mi mama era un tipo de mujer que, según ella, le gustaba el jolgorio. Iba a las fiestas montada en la mula pedorra de mi abuela. Aclaro que era la mula la pedorra. Ella también comerciaba con productos agrícolas, maíz y frijoles entre otros. También era rezadora y pertenecía, según ella, a la orden de los laicos franciscanos. Aun cuando iba a los bailes siempre andaba fajada la cuerda de san Francisco, que había bendecido el padre Urcuyo. Esa cuerda aun está en el viejo baúl de mi mama y tal parece que cuando muera habrá que enterrarla con ella. Esa cuerda según dicen es poderosa. Ella la protegió de las malas tentaciones hasta los 33 años cuando una vez que fue al pozo se le olvido ponérsela y le apareció el diablo. Éste llevaba por nombre José Izaguirre. El resto de la historia usted ya la conoce.

Bueno, según el relato de mi mama, ella venía de El Anonal de un fandango. Al pasar bajo el palo de guanacaste del panteón de San Pedro, el mismo que supuestamente cubre la sepultura de mi bisabuela, ella vio salir de allí un perrito blanco que se puso à caminar al lado de su mula. Cuando ella vio eso, lo único que se le ocurrió fue sacarse la cuerda de san Pancho. Una vez fuera se la anudo en la mano para no perderla y le pidió al animal que se fuera. El animal siguió caminando sin tomar en cuenta las palabras de mi mama.

Mi mama sabía que ella estaba protegida por el poder del Bendito. Esta doña tenía una armadura divina que ni el mismo diablo hubiese traspasado. Además de la cuerda tenía la Magnifica del cristo negro de Esquipulas, un escapulario con la oración del caminante y un rosario con perlas negras que había traído de sus romerías a El Sauce y a Ciudad Antigua. Además un crucifijo que había mandado hacer con una cadenita de oro que le había dado mi abuela.

Bueno, haciéndole confianza a todos esos perendengues, ella le pidió de nuevo al Cadejo que se fuera. Según ella le dijo que ella no necesitaba compañía que ella tenia suficiente con todos sus talismanes y que el poder de Dios estaba con ella. El perro pendejo no le hizo caso. Entonces mi mama como era güevona y mujer de pelo en pecho, se decidió a pasar a la acción. Bueno como no haces caso, le dijo, aquí te va… y le suelta el primer riendazo con la cuerda de San Francisco. El animalillo no tuvo tiempo de reaccionar y convertirse en el monstruo que mi mama esperaba. Del riendazo que le pegó hizo levantar una nube de polvo de la piel del animal. Este último se metió al monte y mi mama pico la mula al trote hasta llegar a la casa de mi abuela.

Nunca sabremos si en realidad era el Cadejo o el perrito blanco del vecino pero mi mama jura que era el Cadejo y que no le hizo nada gracias al poder divino de sus talismanes.

Mi papa y los trabajadores de la plantación, menos religiosos y más apegados al orden tradicional del combate contra los sobrenatural, Decían que la mejor manera de protegerse contra ese espanto era de lo mas simple. Un buen jinete siempre lleva un sombrero. Mi papa decía que un jinete destapado se parecía a una purrunga y nunca permitió que yo o mi hermano montáramos sin sombrero.

Otro elemento de la parafernalia del jinete es le machete envainado y bien afilado. La pistola es en muchos casos también es parte de ese equipaje. Muchos vaqueros se pasean también con sal en las bolsas del pantalón. La sal protege a estos de las garrapatas y les ayuda muchas veces a atraer las vacas y las mulas que se esconden en los matorrales.

Todos esos elementos son efectivos contra el poder del Cadejo. Mi papa decía que cuando se agarra un camino solitario y si se tiene temor de encontrarse con un espanto, el jinete sólo tiene que ponerse el sombrero lo de atrás para adelante y problema resuelto. Eso es algo así como la medicina preventiva. Sin embargo, si el cadejo le manea la mula, el mejor remedio es llevar lo más frecuentemente un limón. Entonces saque su limoncito córtelo con su machete y muerda la hoja del machete. Allí nomasito la mula comienza a moverse y el cadejo se desvanece. Después de eso, decía mi papa, sólo le queda picar la mula y si se olvidó ponerse el sombreo como le dije antes, hágalo y vera que llegara con bien. Cuidado! no muerda el machete del lado del filo porque si es bocón, su boca se le puede hacer más grande.

Así pues termina este relatillo que como ve da una visión un poco diferente de la que generalmente se encuentra en Internet. Busquen relatos y compruébenlos con loa viejos. Transmítanlos, esos cuentos forman parte de nuestro patrimonio cultural.

Si alguien conoce la leyenda de la chula le agradecería me la transmita necesito cotejarla con la mía… un abrazo

lunes, 19 de abril de 2010

La otra España : Mocedades

Mi hija de 12 años ganando un concurso de canto el viernes pasado


Le Monde Est Stone: Luc Plamondon

La segunda canción del concurso­... Todo un éxito!!!



miércoles, 7 de abril de 2010

El Judío errante y los tamales pizques

Pues aquí les va otro de los miedos de mi infancia. Esta leyenda nos viene directamente de Europa.

El judío errante es una figura de la mitología cristiana. La leyenda relata que un personaje judío (su caracterización concreta varía según las versiones) negó un poco de agua al sediento Jesús durante el camino hacia la Crucifixión (como si el pobre Cristo hubiese tenido tiempo para pedir agua), por lo que Éste lo condenó a «errar hasta su retorno». Por tanto, el personaje en cuestión debe andar errante por la Tierra hasta la Parusía (la segunda venida de Cristo).

A menudo se ha visto en el judío errante una personificación metafórica de la Diáspora judía, interpretando desde el punto de vista cristiano, que la destrucción de Jerusalén habría sido un castigo divino a todo el pueblo judío por la responsabilidad que algunos de ellos tuvieron en la crucifixión de Jesús; razón por la que se considera una leyenda de origen o naturaleza antisemita.

Como pueden ver, en la introducción del vasto articulo de Wikipedia, se habla únicamente del carácter de la leyenda. Sin embargo, en la versión del Judío errante de ni niñez este individuo no tenía nada que ver con el judío presentado en el artículo. Su viaje por el atlántico le doró u poco más la piel y la convirtió en una historia sincrética donde se mezcla maíz y tradición cristiana.

En la versión de mi mama, el Judío errante se paseaba por los caminos y aparecía sobre todo en Semana Santa. Mi mama decía que era harapiento y que castigaba a los niños que no obedecían a los papás en tiempo de cuaresma y de semana santa. Si rompíamos el ayuno sin pedirle perdón al señor corríamos el riesgo de ser secuestrados y desaparecidos por el judío errante. Ahora ya nadie se acuerda de él porque su trabajo de desparecer y secuestrar lo han agarrado los chafas y los paramilitares.

Bueno, comentario aparte, cuando nosotros nos comíamos los marañones a escondidas de mi mama, le pedíamos perdón a Dios por haber caído en la tentación. Y diosito como es bien cachimbón siempre no escuchó y el Judío errante nunca vino por nosotros. Es decir, que un marañón comido con devoción en Semana Santa, no es pecado.

Mi mama decía también que el viernes santo en la noche había que dejar algo de comer en la cocina. Así, si el Judío pasaba podía comer algo y seguir su camino. Nosotros le preguntábamos:

¿y como sabe usted que es el Judío errante el que se comió la comida de la cocina? ¿Quién le dice a usted que no es Tituy Aguilar quien vino en la noche a comerse los tamalitos pizques que le dejó en el molendero?

Ustedes son unos sacrílegos, nos decía, no ven que esas son cosas misteriosas que sólo el poder de Dios puede explicar. Además, el Judío errante cuando pasa pega unos gritos que te hacen tener frío hasta en los huesos. Grita fuerte como si lo estuvieran mal matando. Esos son los gritos que le provocan el peso de los pecados que arrastra desde el principio de los siglos. No sean malcriados que si no se los lleva.

Pues nosotros en la noche ni dormíamos esperando oír los gritos del Judío errante. Teníamos miedo pero nos quedábamos despiertos para ver si oíamos algo pero nunca pasó, salvo una vez.

Un día, un viernes santo de no me acuerdo que año, nos quedamos despiertos y a eso de la una de la mañana oímos aquellos gritos.

¡Epa! ¡Yo soy hombre!
¡Yo tengo güevos de machetearme con el mero uñudo!
¡A yo me jiede la vida!
¡Viva el partido Nacional, hijos de puta!

Y aquella gritazón.

Nosotros con miedo, ¡ay mama, ahí viene el Judío errante!

Verdad que te dije que no había que comer brejetas, ahí viene ese hombre.

Los gritos se aproximan de la casa, aquí aclaro que nadie nos había dicho que lengua hablaba el judío o que tipo de gritos hacia.

Mi papa que dormía como un trozo no se despertó hasta que mi mama lo despierta y le dice que pare la oreja.

Y ustedes cipotes cállense, no hagan bulla.


A nosotros nos tronaban las tabas del miedo.

Luego, el judío pregunta:

¿Don joche, tiene una tortila que me de?

¡Ay mamita, los tamalitos de la cocina!

¿Y quien es pues? dice mi papa, que ya había sacado su mohosa.

Papa, le decimos nosotros, no ve que es el Judío errante.

¡Hum, cuál Judío ni que mierda! dice el viejo.

¡Viva yo! gritaba el hombre afuera.
¡Viva Ramón Ernesto Cruz!
¡Muera Modestón!

¿Bueno hombré y vos quien putas sos? pregunta mi papa.

¡Soy yo Rogelio Merlo, que aquí estoy con hambre y bien mamado!
¡Yo soy hombre jodido……!

Bueno hombré, si sos tan hombre anda a la cocina. Allí en el tablón hay unos tamales, comete unos cuantos y te sentás allí en la silla del corredor y te dormís, deja de andar desvelando gente.

¡Putala jodido, si todos los liberales jueran como Joche Izaguirre yo …!

Amigo, al siguiente día nos levantamos tempranito y Rogelio aun dormía en el corredor de la casona.

Desde ese día tomábamos el ayuno más en serio porque mi mama nos dijo: Ya vieron, esta vez era Rogelio, pero nadie sabe la próxima vez.

sábado, 3 de abril de 2010

Cuidado con el Judío errante

Semana santa, como dice la compa Mirna Urquía, debería ser una semana para reflexionar, no en la señales del cielo únicamente, sino en las de nuestro pueblo y su realidad. “Hipócritas que no miras las señales de la tierra por estar observando las señales de los cielos” (Mateo, 16:3).
Para ayudarles un poco a esa reflexión tan necesaria les contaré unas cuantas historietas de mi infancia en tiempos de Semana Santa. Esas anécdotas posiblemente les harán retroceder a un tiempo donde las tradiciones aun estaban más vivas y poco matizadas por la carrera incontrolable de la tecnología.
Compartiré con ustedes dos períodos de mi infancia que recuerdo con nostalgia. Mis años en la montaña y mis años de escuela en el pueblo. Y sobretodo un episodio vivido en el barrio El Calvario, o el barrio de los calvos, como le llamábamos nosotros.

La montaña.

Ya canso diciendo donde nací, pero no todos los que visitan este blog lo leen desde el principio. Nací en una aldea cafetalera del municipio de El Paraíso, en el sur oriente de honduras. En esta aldea en los tiempos de Semana Santa era tiempo muerto. La cosecha de café había terminado. Era el tiempo de las chapias de las plantaciones y el número de trabajadores en la casa era reducido.

Mi papa se iba al valle de Jamastrán a preparar tierras para sembrar maíz y frijoles y seguido nos quedábamos solos con mi mama en la casona de la Montaña.
La Semana Santa era menos complicada y más aburrida que la Navidad. Hacía calor, las garrapatas abundaban las vacas se escondían en los lugares más difíciles de encontrar y donde hacia menos calor. Por también ese período tenía sus lados buenos. Las chicharras no paraban de cantar los jocotes estaban sazones y los mangos suficientemente grandes para comerlos con vinagre cominos y sal.

Para Semana Santa, mi mama preparaba tabletas de dulce de leche, mermelada de cáscaras de Naranja agria, rosquetes y tamales pizques. También ponía una chicha de cáscaras de piña a fermentar y nos daba de vez en cuando un guacalito diluido con agua para que no nos emboláramos. Pero todo eso había que ganárselo y eso formaba parte de lo aburrido de la Semana Santa.

Mi mama, religiosa como ella era en esos tiempos, pasaba toda la semana a decirnos que teníamos que reflexionar respecto al comportamiento con nuestros semejantes. Las peleas eran prohibidas y los castigos dos veces mas grandes que de costumbre.
Yo en esos días, allá por 1972, me ponía contento porque mis hermanas mayores que estaban en el pueblo venían a pasar vacaciones con nosotros. Mi hermana Yelba, quien se ocupaba mucho de mí, venía y con ella la felicidad de poderse bañar en las pilas del beneficio de café.

Bueno, los días más difíciles de Semana Santa eran el jueves y el viernes santo. El jueves Mi mama preparaba la tradicional sopa de pescado seco. Aun tengo en mi boca ese sabor único de la sopa de mi mama. El asunto es que aun si la sopa era buena, no teníamos derecho de comer mucho, la gula es un pecado capital, sobre todo en Semana Santa. Los dulces, los rosquetes y la chicha desaparecían de la casa. Era jueves, era el día del suicidio de Judas, de la captura y penitencia del hijo de Dios. Entonces, había que comenzar a sufrir con él.

El viernes, día de penitencia. Todos teníamos que ayunar desde la mañana hasta la crucifixión, algo así como hasta las 2:00 pm. Sólo teníamos que tomar agua. Pero como decía Chespirito, mi mama no contaba con nuestra astucia. Detrás de la cas había un palo de marañón que en general tenía algunos frutos maduros. A escondidas nos íbamos y nos subíamos al palo, con miedo porque mi mama nos decía que era pecado hacer eso y que si desobedecíamos nos iba a llevar el judío errante. También nos decía que si nos andábamos subiendo en los palos que nos podíamos caer y quebrarnos una pata porque el señor era poderoso. ¡Güevos, más poderosa era el hambre!

A las dos de la tarde ya nos llamaba y nos decía: Vengan cipotes para acá. Vamos a rezar.

Y comenzábamos una retahíla de oraciones que ya ni me acuerdo.

Después de haber ayunado, los tamalitos pizques, la sopa de pescado y hasta la chanfaina de la mujer de don Yeyo Oliva, nos parecía el mejor manjar del mundo.

Algo que no les he dicho es que el viernes no teníamos el derecho de hacer una serie de cosas.
¡No corran! si corren están corriendo sobre le espalda mutilada del señor
¡No coman! si comen están comiéndose al señor
¡No insulten! si insultan están insultando al señor
¡No claven! si clavan están clavando al señor
¡No tiren piedras! si…
¡No…!

Les aseguro que al final del día, aun si sabíamos que Cristo había sido crucificado estábamos bien contentos que Pilato se haya lavado las manos.

El domingo la tristeza del verano se mezclaba con la tristeza del final de las vacaciones y la partida de mis dos hermanas. Sabía que no las vería durante semanas o meses. Suerte que tenía mi hermanita Melba, mi hermano José Alberto y mis amigos Cayo y Toño que nos ayudaban con las tareas de todos los días.


El pueblo

No pude escaparme de la migración urbana. Mis papas eran un poco aliruzados y visionarios. Aquellos que han leído las entrevistas que hice con mi padre y mi madre se han dado cuenta que el nivel de instrucción de ambos no era grande. Sin embargo, mi papa se dijo siempre que el le daría educación a sus hijos. Así pues, por allí en 1974 tuvimos que irnos a vivir a la ciudad. Mis dos hermanas mayores comenzaban su escuela secundaria. Dos muchachotas casi adolescentes a las que había que cuidar de las tentaciones de la ciudad. Por otro lado, mi mama comenzaba a sentirse culpable de haberlas mandado a estudiar al pueblo sin haber estado con ellas.

Esa mudanza vino a cambiar toda la dinámica de nuestras vidas. Mi mama se vino a vivir con nosotros al pueblo y mi papa y mi hermano José Alberto se quedaron cuidando de las plantaciones y casi no los veíamos. A mí me hacia mucha falta mi hermano, quien nunca me regañaba y siempre estaba listo a ayudarme en las tareas difíciles que me imponía mi papa.

Bueno, el asunto es que las semanas santas las pasábamos ya en el pueblo. Mi papa venía y me llevaba ala procesiones y a las misas. Allí el tiempo pasaba más rápido y las relaciones entre la religión y mi persona comenzaron a deteriorarse, pero igual la Semana Santa era especial. La comida era la misma lo único que cambio fueron los amigos y las aventuras.

Después de haber vivido un tiempo en la cas de mi padrino Moisés, en la parte noroeste del pueblo, tuvimos que cambiar de casa. Nos pasmos a vivir al barrio El Calvario exactamente en la calle que llevaba de la iglesia al cementerio. Allí nos teníamos al corriente de todo aquel que se moría en el pueblo porque obligatoriamente el entierro tenía que pasar en frente de la casa.

En Semana Santa no podíamos faltar ninguna procesión todas pasaban en frente de mi casa. Las que más me gustaban eran las del domingo de ramos. Toda la gente, los campesinos de los alrededores bajaban de los cerros con palmas tiernas de coyol para hacerlas bendecir por el Capitán ¡Oups! ¡Perdón! Por el cachureco, El Padre Barahona, que en paz descanse.

La otra que me gustaba era la del siguiente domingo. Las carreras de San Juan. En esa, cuatro personas cargaban corriendo la estatua de San Juan desde la iglesia hasta el Cementerio y viceversa, siete veces creo. Los pobres Julia Gallo y Ximeno Salgado que era unos de los que cargaban el santo sudaban la gota gorda. Eso me gustaba porque era bonito ver el santo balancearse sobre las espaldas de los corredores. Además en la noche era noche de fiesta, Cristo había resucitado.

Mi mama continuaba sus prácticas en privado. Mi mama había sido fiestera, bailadora, celebradora de la palabra y cuantas cosas más. Sin embargo, cuando llegamos al pueblo era difícil de hacerla salir. Un día jueves de Semana Santa, yo tenia como 10 años, le digo a mi mama: Mama, vamos a ir a la procesión.

Yo no voy allí, me dice.

Claro que va a ir, le digo yo, por que usted sólo nos vive hablando de Dios y ni a la iglesia va. Mire a doña Maruca y a Chela la de Tito, todos los domingos van a misa y usted nada.

¡Va Pues! me dice, vamos a ir.

Ya en la noche como a las siete, me puse el uniforme de la escuela y le digo a mi mama, bueno mama nos vamos.

Ya llegamos a la iglesia. La procesión sale y nos vamos por la calle del cementerio. Al llegar a la esquina de done don Manuel Sánchez, el Capitán Barahona (Carajo siempre se me olvida que era cura) decide de doblar a la derecha.
Yo me las arreglo para llevar a mi mama cerca de donde va el cura para que escuche bien la homilía. El cura usaba un parlante como el que tenia la radio 11 de junio de la FUR en la UNAH.

Allí iba el cura…
Dios te salve María… Madre misericordiosa…


Y cantando con su voz de pito rajado.

Por los tres clavos que te clavaron
Y las espinas que te punzaron
Perdónales Señor.

De repente, en la cola de la misa…

Pen… Pen… Pen… tres tiros de 38.

La gente comienza a correr y a empujarse y aquel verguello. Yo lo único que miro es un Bus de la empresa EMTRAORIENTE que estaba estacionado en frente de la casa de Miguelito Sevilla. Y agarro a mi mama de la mano y me la llevo a esconder detrás del bus. Allí oíamos al padre Barahona:

Por el poder de Cristo, no corran no empujen banda de sacrílegos.

De pronto, no so oye más la voz del cura. Mi mama temblando de miedo la pobre, ella pensaba que era el fin del mundo. El puto bus se movía como si la tierra estuviera temblando. Los chigüines llorando, las mujeres gritando…

Cuando la masa de gente paso y que todo parecía mas en calma, mi mama y yo salimos de detrás del bus y miramos el producto de la tragedia. Los santos tirados en el suelo. La virgen María media desnuda con la cabeza para abajo. San Juan con la cabeza quebrada, un completo desastre.

Mientras tanto en ceca de la esquina de la casa de doña Chepita Idiaquez, el cura sermoneando con palabras no tan católicas que digamos ya tratando de desenredarse de los alambres del parlante que tenia enredados el la sotana y en la cuerda que le servia de cinturón.

Bueno, le digo a mi mama, y ahora que hacemos.

Yo me voy pa la casa, me dice, y nadie me hacer venir otra vez a las procesiones.

Y en realidad, creo que fue a la única vez que mi mama fue a una procesión.

¿Y que fue lo que paso ese día? Yo nunca supe con exactitud pero tal parece que una muchacha casada se fue a la procesión y por allí un mozo comenzó a echarle el cuento. La chava comenzó a coquetear también. Alguien fue al estanco donde estaba el marido y le dijo que su mujer estaba haciendo de la suyas y de las del otro. El bolo se va y constata por sus propios ojos el hecho, saca su tizón y tira los tres tiros. La gente comienza a correr, al bolo lo agarraron los chafas y de la mujer y el dandy quien sabe lo que paso.

El próximo año les cuento la vez que un doctor del pueblo medio ateo, salió desnudo a insultar al padre en plena procesión. Mientras tanto, que vuestras vacaciones hayan sido menos agitadas que la procesión de 1976, un abrazo fraterno.

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