domingo, 19 de noviembre de 2017

Balbuceos de militancia: primera parte


Siempre que abordamos el tema de la militancia salen a relucir dos términos que en la dialéctica de los acontecimientos y de la evolución social son contrarios, inseparables y muchas veces utilizados con absurda simplicidad; me refiero al adoctrinamiento y la convicción.

Para los que reprimen, aquellos a quienes reprimen han sido adoctrinados y los que son reprimidos dirán siempre que actúan por convicción. Es hacer de notar que esta posición cambia de lugar según quien tenga el poder y de la dimensión que la corrupción alcance en los engranajes del poder.  Desde mi punto de vista, y aclaro que es un punto de vista muy personal, la violencia, la represión y los asesinatos políticos son proporcionales al nivel de corrupción.  Basta con observar atentamente el panorama de nuestra América y cerciorarse que lo que allí pasa, da un poco de razón a mi punto de vista.

Pero bueno, no nos desviemos del tema que nos ocupa, la militancia. En realidad, en este texto les quiero compartir ciertas experiencias personales y ciertas anécdotas de mi transcurso por este breve mundo lleno sueños, decepciones y realidades.

La construcción de la convicción.

Yo José Dario Izaguirre Martínez, nací en una familia humilde. Mi madre en los papeles oficiales era un ama de casa y mi padre aún vivo y casi en el ocaso de su vida al momento de comenzar este texto, un labrador. Un hombre y una mujer de su tiempo. Nacieron en medios aún más miserables que los míos. Mi madre aprendió a leer y a escribir y trabajó desde edad muy temprana para ayudar a la viuda de mi abuelo quien murió cuando aún ella era una niña. Mi padre abandonado por su madre a una corta edad, creció desnudo y descalzo. Criado por su abuela comenzó a trabajar como obrero agrícola a la edad de 14 años en las haciendas de los terratenientes de las sierras de Managua y Chichigalpa, en Nicaragua y el los cañaverales de la familia Somoza.

Siendo los dos las víctimas de la injusticia, pero curiosos y poco quejumbrosos, supieron aprovechar lo que la vida les puso por delante y superar su condición económica. En la pareja había mi padre que era capaz de regalarlo todo y con un sentido de justicia bien arraigado. Por otro lado, mi madre, que, aunque era también justa, tenía un sentido de los negocios bien definido. Ella era capaz a partir de un huevo hacer un gallinero. Los dos viejos se opusieron siempre a la represión política, poco importa de donde ella viniera.  Críticos de los detentores del poder, nos mostraron a respetar el poder, pero a oponernos a las atrocidades.  De ellos, mis viejos y sobre todo mi padre, a quien seguía por todos lados desde que pude sostenerme en el lomo de una mula a cinco años, aprendí como funcionaban las cosas.  Siempre con la oreja abierta y oyendo cada platica y bebiendo cada palabra de lo que decían mis viejos en sus pláticas con el candil apagado o a la luz del día cuando los amigos de mis viejos venían a la casa, yo aprendí, cuando tenía que quedarme callado y ante quien, aprendí a decir lo que pienso cuando la circunstancia lo permite. Mis padres entonces cimentaron la base de mis convicciones.

Y si ese aprendizaje simple y cotidiano se llama adoctrinamiento según algunos, entonces mis padres me adoctrinaron.  Y ese adoctrinamiento o más bien esa enseñanza la cargo con orgullo y la considero un tesoro. Gracias ellos estoy donde estoy.

Pero sobre los cimientos de la formación ideológica familiar, en cierto momento se comienzan a colocar los primeros ladrillos del razonamiento propio. Se comienza a cuestionar el porqué de ciertas cosas. ¿Por qué Toñito el de Sofía siempre anda careto y viene a pedir comida a la casa? ¿Por qué Nato el de Beto es más flaquito que yo y más panzón que yo? ¿Por qué Damián el hijo de Chon Merlo se murió de fiebre de lombrices y estas últimas le salieron por la nariz y las orejas después de muerto? ¿Cuál es la diferencia entre ellos y yo?

Pero si vivimos en la misma aldea, vamos a la misma escuela. Si ellos tienes papá y mamá.

¿Y Por qué se murió Rodolfo el hijo de Zacarías? Y el hijo de Simón de quien cargué el ataúd en 1975.

¿Qué pasa aquí?

Pues, pedí explicaciones y la tuve: Señoras y señores, era la voluntad de Dios, que en su misericordia sabe a quién darle la vida y a quien arrebatársela. Pero no te preocupes ellos, los niños esos, irán a formar parte del coro de ángeles al cielo. Y tuve otra: mirá mijo ellos mueren por que sus padres son más pobres que nosotros y no tienen dinero para comprar los remedios necesarios. Y creo que esa explicación me gusto más. Y allí viene otra reflexión de niño.  Bueno y ¿por qué no tienen dinero?

Y tuve la respuesta.  Dios en su infinito poder decidió de poner ricos y pobres en la tierra. Él en su amor infinito ha dicho que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico gane el reino de los cielos. Los pobres ya tienen ganado el reino de los cielos.  La otra respuesta: Los pobres son pobres porque la vida es injusta. Mirá Sofía Moncada, la mama de Toñito, se le murió el marido y le dejo una finca de café, pero con los hijos pequeños y las deudas que le dejó don Medardo, ella perdió la finca y ahora allí vive arrimadita en la casa que yo le presto.

¿Entonces ella se va ganar el reino de los cielos porque ahora es pobre?

Pues no sé si se ganará el reino de los cielos, pero lo que si sé es que tiene que trabajar más de la cuenta para mantener a sus hijos.

Que relajo de contradicciones tiene la vida de adulto. Pues así seguí creciendo comiendo en el mismo plato con los hijos de los trabajadores. Dándoles alguno que otro pedazo de queso o algún huevo que me pillaba en el gallinero de mí mama. Un ladrillo más sobre mi muro de conciencia.

Así siguió la vida.  Nos fuimos del campo hacia la ciudad buscando luces, esas luces que mis padres no tuvieron quisieron dárnoslas a nosotros. El choque cultural fue la escuela, inmensa… profesores hasta para regalar y qué decir de la cantidad de alumnos.  Allí otra vez pensé en Leocadio que hubo que abandonar la escuela para toponear y poner el hombro para ayudar a Cosme y Enriqueta. 

Ese primer día de escuela en la ciudad fue de lo más impresionante. Mis padres no fueron conmigo. Me fui con mi hermana que comenzaba el sexto de primaria. Llegamos a la escuela que estaba repleta. Olía a nuevo. En la multitud perdí a mi hermana y me quedé sólo hasta que otro perdido como yo se acercó y me preguntó a qué grado iba. Le respondí que iba a segundo. Él me dijo que él también, se llamaba Ramón Antonio Flores Bertrand.  Me dijo: mi tía es profesora aquí, vamos a preguntarle donde nos toca.

Buscamos a la profe Azucena de Sevilla y nos dijo que nos tacaba con Gladis Mendoza de Escoto. Así comenzó una amistad que podría decir la primera de la ciudad.

Pero bueno, nos desviamos del tema.

El asunto es que la vida de la ciudad me hizo visualizar otra realidad. Si bien en la montaña mi familia era la referencia para muchos de los paisanos, en la ciudad yo era el paisano. Me hacía llamar el montañés, el indito y me convertí en la cabeza de turco de muchos de los alumnos.  Los golpes, los insultos y las pedradas que recibí en ese primer año de escuela citadina creo que me ayudaron a forjar mi humildad, mi timidez, pero al mismo tiempo mi arrogancia y mi mimetismo del comportamiento cruel de la infancia.

Allí aprendí que ser sobrino de la directora no tenía ventajas. Que hablar con don Rafael «Chanchita» el policía de la escuela era arrastrarse, aunque lo único que quería saber es porque tenía la pata dura.  Aprendí también que la homosexualidad tan repudiada no era enfermedad. Alex Aroca a sus 8 años lo era ya y algunos abusaban de su condición. También aprendí en ese año que había una mujer, una rubia y pecosa que me robó algo preciado, un pedazo importante de mis pensamientos. Era 1974.

Un huracán golpea el país, mi abuela Juana María se muere y los desastres se propagan. Allí aprendí por los decires de mi padre que el primer país a mandar ayuda logística y económica a Honduras fue Cuba. Pero que las brigadas cubanas se habían ido por oposición de los Estados unidos. No entendí porque gente que viene ayudar tiene que irse. Si mi papa me había enseñado que la ayuda se toma de donde viene si se tiene necesidad. Y que nunca se debe despreciar ningún tipo de ayuda. Que la ayuda se ofrece y no se espera que alguien la pida. No entendí, nada. Sólo miraba las fotos de los periódicos, de gente en los techos de las casas esperando ser rescatados y las villas destruidas por las inundaciones mientras los cuerpos de las personas y del ganado ahogado flotaban en esa agua contaminada por el desastre. Otro ladrillo más sobre mi muro de conciencia.

 Ese Huracán a pesar de que me quitó a mi abuela, también me quitó otra cosa, mi hermana mayor, la que creció con nosotros, la que nos cambió pañales, se fue de la casa después de una pena de amor. No la volví a ver hasta la muerte de mi madre en 2011.

La vida continúo, me cambiaron de maestra. Gladis a quien aún le tengo mucho aprecio, me quería mucho, pero hubo que dividir la clase y me tocó pasar por la alegría desbordante de la profe Corina (quienes la conocieron sabrán que hay un poco de sarcasmo en esto), algunas semanas más tarde nos cambiaron de profesor y fue Magdalena Merlo quien terminó siendo mi profesora definitiva. Terminé mi segundo grado En la Escuela Urbana Mixta Francisco Morazán.

Hermoso año ese. Conocí, además de Ramón, a Nelvin Valle Zelaya, Iván Zelaya, las hijas y el hijo de doña Mercedes y de Chepe León, Noé Ferrufino, a Juan el hijo de Carlos (pedo) y Gloria, a Marcos (lupita) y otros vecinos con quienes jugaba.  Vivíamos en la casa de mi padrino Moisés y compartíamos el espacio con Reynelda, la hija mayor de mis padrinos, Julia Castro y María Elena Sosa.

En ese universo de la ciudad donde todo era limpio, donde todos iban a la escuela limpios, donde había un centro de salud, carros, un conjunto musical, un redondel temporal para las corridas de toros. Un hotel un club de Leones, médicos, un colegio, tres escuelas y cuantas cosas más, era maravilloso. Ese universo también era desconcertante. Allí también había preguntas.  Recuerdo que después del huracán Fifí, sobró comida de las donaciones que el pueblo había hecho para ayudar a los damnificados de la Costa Norte. Sobro Maíz, frijoles y Arroz, que la alcaldía Municipal puso en bolsas plásticas y ordeno que brigadas de estudiantes salieran a repartir esos recursos entre los pobres de la ciudad. Ese día yo no fui a la escuela. Yo, Darío, decidí que tenía dolor de panza. Pero no sirvió de nada. A eso de las 10:00, Marcos Madariaga (Lupita) vino a mi casa y dijo que la profe Magdalena me quería en la escuela. Me puse nervioso, pensé que me iba a castigar por faltar a clases, sin embargo, me fui con Marcos. Cuando llegué a la escuela La profe Magdalena me dice: Venga que usted será el encargado de leer el mensaje de la alcaldía a cada familia.

Yo más perdido que una cabra en una procesión de Semana Santa le pregunté:

¿No me va a regañar?

Ella se rio y me dijo:

Tome este papelito, apréndaselo y si no puede lo lee en cada puerta de cada familia donde iremos a dar esta comida. Había en la pieza una gran cantidad de frijoles y maíz. Nos la pasamos todo el día distribuyendo las tales bolsas y en cada puerta el indito leía o recitaba:

 «Buenos días señoras y señpres, en nombre de la alcaldía municipal de la ciudad de El Paraíso reciban esta humilde contribución que servirá a palear (esa palabra me daba miedo porque sonaba como apalear) algunas de sus necesidades. Muchas gracias.»

Pasó ese día y me di cuenta que allí en esa ciudad había también niños panzones, lombrizosos y mocosos como en la montaña. Y las preguntas de nuevo. ¿Cómo dos libras de frijoles y dos libras de maíz pueden ayudar a esa gente? Bueno me decía, van a comer hoy por lo menos. Pero la solución al problema no estaba allí, pero tampoco yo tenía la solución. Suerte que tenía mi trozo de madera con ruedas de cajas de betún que me ayudaban a pasar el rato jugando. Entonces a esa edad aprendí que la pobreza es más universal que la riqueza y que en la vida unos nacen con estrella y otros estrelladlos como decía Tín Larios.

Y ese año crecí y le puse la liga de cemento al siguiente ladrillo de mi conciencia.

Regresamos a la montaña. De nuevo las vacas, el café, las mulas y todo eso que durante el año había dejado atrás. Volví sin hermana, sin abuela y con un cumulo de cosas nuevas aprendidas. Con ocho años en diciembre ya no era el chigüincito si no un hombrecito a los ojos de mi padre. Que en su visión del mundo a esa edad tenía que ser capaz de desempeñar tareas más complejas, que simple mente servir de almuercero o aguatero. Darío tenía que ayudar a transportar café a lomo de mula. Ayudar a mi hermano a acomodar las cargas en los aperos, tayacanear bueyes, arriar bueyes en el batey. En otras palabras, gustar a ese sabor agridulce del sudor fermentado después de algunos días sin lavarse. Gustar de la picazón provocada por las garrapatas, chatas y patacones. Gustar al desamor de llegar tarde a la cena empapado de la lluvia del camino. Gustar las rabietas de mi mama en menopausia y las de mi papa que no entendía porque nunca pude sacar una vaca recién parida del lugar donde escondía su ternero.

Allí comprendí que eso que yo vivía en esos momentos también lo estaban viviendo los de mi edad que tenían que cortar café, buscar leña en el monte o azadonar junto con sus padres. Sólo que, yo tenía que comer, dormía en una cama caliente y por lo menos tenía trapos secos para la noche.

Comprendí también que a pesar de la dureza de esos días me gustaba la compañía de toda esa gente que no eran mis hermanos de sangre, pero si, simplemente mis hermanos.

Terminó la temporada de café.

Regresamos al pueblo. Pero esta vez ya el choque fue menos.

Llegamos y esta vez ya no podíamos vivir en la casa de mi padrino, porque mi padrino y su familia se venían a vivir también a la ciudad.

Una nueva aventura comenzó. Vivimos durante un tiempo en la casona de don José María Tercero. Pero no vivíamos solos. Allí había tres familias más numerosas que las nuestras. Y se tenía que compartir todo. Pero esa gente era parte de la familia y por una vez tuve primos y primas. Mila, Aura Delia, Cecilia, Luis, Carlos, Santiago… Fueron hermosos los pocos meses que pasamos allí.

Volví a la escuela, la misma escuela de mi segundo grado con los mismos amigos y compañeros. Nueva Maestra Miriam Zarmiento. A medio año nos pusieron un nuevo profesor que era más malo que la picazón. Francisco. Luego nos pusieron a la profe Cristina Sevilla de Talavera con quien terminé mi tercer grado. En la escuela todo fue bien. Ya sabía de quien cuidarme y con quien llevarme. Allí conocí a mi primo Nelo Pastrana. Mayor que yo, pero era él quien me cuidaba de los más grandes. Es de hacer notar, que en esa época éramos pocos los que teníamos una edad escolar normal. La mayoría de los alumnos de tercer grado tenían más de 11 años.

El problema más grande de ese año fue nuestra mudanza al barrio El Calvario. Un compadre de mi papa le dijo que tenía una casa que le podía prestar. Fuimos a ver la casa, ella nos convenía. La ocupamos, la limpiamos y me di cuenta que esa casa era una mina de oro pues en la limpieza encontré cantidades de mables, pelotas dados… fui feliz.  La trampa de la casa era la manera en la que ella fue adquirida. Que aún no sé exactamente las circunstancias. Solo sé que perteneció a una señora Otilia Romero. Y que sus hijos e hija nos vigiaban a mí y a mi hermana menor y nos trataban de ladrones de roba casas. No entendía yo por qué. Samuel el hijo de Otilia era mi compañero de clase y cuando yo trataba de saber porque era yo un roba casas lo que recibía era una trompada. Las preguntas resurgen.

¿Porque Samuel me pega? ¿Porque Samuel me llama así? ¿Porque si tenía una casa en el pueblo siempre anda roto y mocoso? ¿Será que no me quiere porque le robe los mables?

Un día tomé todos mis mables los llevé a la escuela y se los puse en el bolsón a Samuel y le dije de larguito, para que no me sonara, que eran los que había encontrado en su antigua casa. Y nunca me volvió a pegar.

Pero insistí en las respuestas.

¿Papa, usted le robo la casa a Samuel?

Era un asunto existencial. Mi padre mi héroe. ¡Un ladrón! No puede ser.

Mira mijo, si vos me decís que te preste veinte pesos, yo te pregunto cuando me los vas apagar.

Vos me decís que mañana. Pero si no tenés veinte pesos hoy, como es eso que los vas a tener para pagarme.

Entonces yo te digo que te los presto pero que, si no me pagas mañana, vos me tenés que dar tu gorra y tu bolsón de la escuela.

Eso le paso a la doña. Ella quitó pisto prestado al banco y no pudo pagar, el papá de mi compadre se la compro al banco y la doña tuvo que entregar la casa a mi compadre. Ella perdió todo. Y los muchachitos de ella creen que fuimos nosotros los que les quitamos la casa.

Allí aprendí que todo lo que uno tiene lo puede perder.

Se puede perder por una deuda, por querer ser justo o por sentirse culpable de algo que no hiciste. En esa circunstancia perdí mis mables.

Pero a pesar de todas esas pequeñeces, también conocí cosas preciosas. Conocí el cementerio, la loma donde aprendí a volar papalotes. Conocí gente genial. Gabriel Estrada, Tito el hijo de Martina. Martina que vendía guaro que se emborrachaba y en sus tiricias sacaba a tito y a María que se venían refugiar en los justanes de mi mama. Conocí a Paquito, a Mercedes y Besy Mendoza. Al maestro gallero y talabartero Arnulfo Acuña de quien aprendí mucho sobre el cuero. Conocí a los Mendoza. Beto, Javier Ramón, Can, Eva, Rosa, Nela y los otros. Supe también que la gente dejaba las ventanas abiertas y se podía ver la tele desde la ventana. Gabriel era un especialista de los programas de tele. Se los sabía de memoria. Era mayor que yo y era bueno como un pan de Dios. Mi mamá le tenía confianza y me dejaba ir con él a ver tele. Así comencé a alejarme de la casa con otros destelevisorados como yo.

Me di cuenta en esas expediciones que no era chistoso cuando el propietario del televisor decidía cerrar la ventana y que te corría o cuando alguno de los cipotes se tiraba un pedo y nos corrian de la casa. Me di cuenta que muchas veces me daba nostalgia de mi trozo con ruedas de lata de chinola. Mis caballos de palo y mis mulas y mis vacas y mi perro.

Paso el año y con el otro ladrillo más en mi escalera.

De nuevo las vacas, el café, los chanchos, la caña y el encuentro con esa gente. Mi papá le había comprado a Lencho (Almágana) Gómez, un mecánico del pueblo, un diferencial de carro con llantas. Con mi hermano, le hicieron un camastro y un timón que unía la carreta a la Junta de bueyes. El artilugio dio resultado y bueno ya teníamos Carro. Es de hacer notar que justo antes del golpe de estado de Oswaldo López contra Moncho Cruz, un tractor había pasado y le había hecho una carretera que unía la vieja casa con la carretera que pasaba justo arriba de la loma. Pues con aquella carreta transportábamos el café que los trabajadores cortaban. Ya no tenían que lomear. Íbamos a san Antonio de Conchagua a comprar frescos para las fiestas de navidad. En otras palabras, nos estábamos modernizando. Mi vieja por su parte le compró una refrigeradora de querosén a don Chendo Molina y se la llevó para la montaña y se puso a hacer charamuscas y a vender hielo y refrescos helados.

En todo esto yo era quien con Juan el de Sofía Moncada, tayacaneabamos los bueyes de la carreta porque no estaban acostumbrados a tirar solos de aquel armatoste. Me acuerdo que la primera vez que se las pusimos aquellos animales salieron corriendo con el pererén pererén del armatoste detrás de ellos. Como tayacán que era casi me atropellan. Yo los deje pasar y los animales corrían y corrían… mi hermano se tiró de la carreta y los dejó ir. Los fuimos a encontrar atascados en una vuelta de la carretera. La carreta en un hoyo y los bueyes bramando. Los soltamos y sacamos la carreta. Luego les pusimos ojeras para que no tuvieran vista periférica y se terminaron acostumbrando. Los bueyes se llamaban El Chosmo y el Comprado. Uno era marrón y el otro blanquizco.  Pues en ese jolgorio yo iba a vender las charamuscas al campo de pelota de la aldea los domingos y los sábados de quincena iba con Juan a la hacienda de doña Eva Gonzáles viuda de López. La navidad de ese año fue genial. Además de la carreta y el refri, mi papa se compró un radio tocadiscos. El invitó a don Tavo Mendoza y a su familia y armamos un jolgorio. Bailando en el patio de cemento, reventando cuetes, comiendo torrejas y nacatamales. Los Midence vinieron a hacerle competencia al tocadiscos. Eran los currunchunchun oficiales de navidad. Nos levantamos tarde al siguiente día. El día después fuimos a dejar los Mendoza hasta el pie de la cuesta de las Flores. Allí iban aquellas muchachas en la carreta y nosotros (mi papa, don Tavo, y yo montados.) Que bonito fue eso.

Pues con todo ese ajetreo se me olvido que había otra realidad a mi alrededor. Que se las seguiré contando en otra del Caitudo.



Feliz Navidad.
 




viernes, 24 de junio de 2016

A mi amigo José Izaguirre... mi padre (1924-2016)

Cuando un amigo se va. se queda un árbol caido 
Que ya no vuelve a brotar por que el viento lo ha vencido 
Cuando un amigo se va, queda un espacio vacio
Que no lo puede llenar la llegada de otro amigo
Alberto Cortez



Buenas tardes a todos antes de leerles estas líneas para despedir a mi padre quiero agradecer a todos la presencia y la solidaridad demostrada en estos momentos asiagos.
José Izaguirre, Papa, Papá, Don José, Don Joche, Chepón, El Cimarrón, Papita Joche, Papita frita, Papita Loche, Abuelo… Cada uno de nosotros lo recordará tal como lo conoció, pero lo que si es cierto es que poco importa como lo hayamos llamado ese hombre será, a pesar de su ausencia, el mismo.

José Izaguirre nació en Las Botijas, cerca de San Marcos de Colón, oficialmente nació en 1927 pero en realidad el nació en 1924. Emigró junto con su madre y su abuela al pueblo fronterizo de San Pedro del norte en donde creció y aprendió a amar esos cachimbales como él decía. Allí creció y a los 14 años se fue de San Pedro hacia Managua, donde su madre residía. Como él decía «me fui a buscarla». Además de encontrar a su madre encontró a tres hermanas más. Vivió allí pero el calor de las piedras de San Pedro lo seguían llamando. Poco importo, a pesar de que casi se hace zapatero y albañil su San Pedro lo llamaba. Regresó entonces con su madre y hermanas. Pero poco duró el idilio del regreso. La pobreza y la falta de trabajo lo obligaron a dejar el primer amor de su vida, San Pedro del norte. Anduvo vagando, trabajando en los ingeniosa azucareros, lo vieron cortando caña en Chichigalpa, Cortando café y cuidando novillos en la misma zona. Pasó de simple peón a apuntador gracias a su don innato de sacar cuentas. Lo vieron también como carretero transportando plátanos de Chichigalpa a Corinto. Allí pasó un tiempo hasta que su abuela lo vino a buscar y lo llevó de nuevo a ese San Pedro. Se fue de sus carretas y sus cañales que no eran suyos, habiendo plantado sus dos primeras semillas Félix Pedro y José Eleuterio.

Ahora ya es un hombre de unos 28 años. Y aún no conoce a su padre. Se decide a conocerlo y se viene a San Marcos de Colón en donde finalmente conoce a aquel señor que adoraba tanto el himno nacional tal vez más que a sus vacas.

Un encuentro caluroso, valga el sarcasmo, como todos los encuentros con Lorenzo Molina Corrales. Este último lo reconoció y él es el culpable del divorcio entre mi padre y su San Pedro. Es así que, en 1953, pisa las calles de El Paraíso, José Izaguirre. El paraíso en su extensión lo acogió y lo adoptó. También le quitó. Le quito a su primera hija, a su esposa más tarde y a un sin número de amigos que se fueron antes que él. Pero también El Paraíso le dio, y mucho. Le dio dos hijas más Griselda y Dilcia y sobre todo el acento hondureño y más aún ese hablar propio de los Molina Corrales.

Como decimos siempre: Donde hubo fuego cenizas quedan. De allí que mi padre siempre se sintió ligado a ese su San Pedro y casi a cada año regresaba. Allí había dejado otro amor quien le dio otro retoño José Alberto. Pero la vida le había destinado otro amor, mi madre, quien le dio junto con El Paraíso, sus últimos 4 hijos Flora, Yelba, Melba y su servidor y más de 19 nietos.

Nos crio con una filosofía simple que se reduce a algunas palabras, respeto, honradez, prudencia y rectitud. Nos guio respetando nuestras decisiones desde la mujer o el marido que escogimos hasta lo que quisimos hacer con nuestras vidas, y poco importa las circunstancias, el consejo preciso y la actitud a tomar siempre fue justa. Palabras no descalabran decía él. Creo que no tuvo tiempo de mostrarnos todo porque la vida fue dura con él en sus últimos años. Sobreviviente de un cáncer de próstata, la vida lo probó más aun privándolo del oído y de la vista no así de su sentido común y su sabiduría innata.

José Izaguirre fue, y lo seguirá siendo, un consejero fiel para los que no hicieron oído sordo a sus consejos, y aquellos que los aprendimos debemos de darnos la tarea de hacerlos perdurar.

Para mi José Izaguirre es más que mi padre él es, y lo digo en presente porque así lo veo, un Martín Fierro sin caballo y sin boleadoras, pero un Martín Fierro porque sus consejos me acompañan como los consejos de Martin acompañaron a sus hijos y los de su amigo Cruz.

No queda más que decirle adiós a este hombre de honor, con principios inquebrantables que hasta los últimos días de su lucidez fustigó las injusticias y mantuvo sus convicciones. Hombre estricto y exigente con los suyos. Cariñoso a más no poder, amigo sin colores políticos, padre sin preferencias, esposo faldero pero constante y abnegado, abuelo y suegro ejemplar, un hombre con imperfecciones y resabios, pero, al fin y al cabo, un hombre de honor.

Pues por ay nos veremos, don Joche.

El Paraíso, 6 de junio de 2016 (Iglesia parroquial)

lunes, 20 de junio de 2016

El Paraíso en la Historia… ¿Dónde están las fuentes?

No parece, pero El Paraíso ha dado mucho de qué hablar. Los periódicos desde hace décadas hablan de ese pueblo por diferentes razones. Lo mismo algunas investigaciones Historicas y sociales han tenido lugar en el pueblo (es el caso de por lo menos dos tesis de licenciatura en historia y una en química y farmacia de La Universidad de San Carlos de Guatemala) . Los esfuerzos de algunos Hijos de la ciudad de El Paraíso son notorios en lo que concierne la búsqueda de los oorogénes del pueblo. Es asi que no se pueden pasar desapercibidos los escritos e investigaciones de los Profesores Secundino Salgado, José Raimundo Escoto, Armando Francisco Martínez y Armando Antonio Martinez y tambien se dice que  en poesía “ Muchas personas nacidas y que no han nacido en el municipio de El Paraíso, se han inspirado en los bellos paisajes paraiseños para componer hermosos poemas de la tierra que los vio nacer o en su defecto que los ha adoptado, entre estos ciudadanos se destacan: Prof. Armando Antonio Martínez Mendoza, Periodista Jesús Rosales, Profesora María Manuela Martínez, Lic. José Darío I. Martínez, Prof. Amilcar Mencía, Prof. Secundino Salgado, Periodista German Allan Padgett (+), Doña Dilcia Valladares Abarca, Dr. Horacio Lobo, Dra. Ada Olimpia Villanueva y Sra. María Antonieta Cubas.” (León Chamba, Elizabeth De Lourdes (2009):  P-29)

Recientemente tuve el gusto de leer el libro «El Paraíso en la historia», escrito por Don Luís Alonzo Gómez Oyuela. Este libro pone el dedo en la llaga de la falta de investigación rigurosa en lo que concierne la historia de El paraíso. Aunque nos lleva por los caminos tortuosos del desarrollo histórico del municipio y nos provee información valiosísima, igualmente induce en errores que solo pueden ser corregidos por un cotejo fiel de las fuentes.
No entrare en un debate porque tengo la intención de escribir una crítica literaria del texto y hacérsela llegar al autor. No con el fin de destruir o deshacer el texto sino con el fin de ayudar a mejorar la obra.

Bueno, volviendo al tema de la historia del municipio, en ese libro me encontré un párrafo que habla de un personaje muy mencionado por las personas de más de 70 años originarias de el Paraíso, me refiero a “Teodorón”. Curiosamente el párrafo aparece también en una tesis en química y farmacia de la universidad de San Carlos de Guatemala publicada en 2009 que se titula: “Monografía Histórico-Social de la Participación de la Mujer en Proyectos de Desarrollo Comunitario y su Contribución a la Seguridad Alimentaria y Nutricional en Comunidades del Municipio de El Paraíso, Honduras”. Escrita por Elizabeth De Lourdes León Chamba, en vista de la obtención del grado de Master en Artes en Seguridad Alimentaria Nutricional Y Desarrollo Local.”

El párrafo de la tesis dice literal mente así:

Teodorón

Apareció en la montaña de Dipilto y sembró el terror en los años de 1935 a1940, era originario de Vado Ancho, era jefe de una pandilla de criminales. Le decían Teodorón por alto y grueso, andaba descalzo y en camiseta. Fue el primer pandillero que vivió oculto en la cordillera de Jalapa. Salía sólo a cometer toda clase de crímenes. Fue capturado y fusilado en la plaza por orden del Coronel Miguel Díaz.” (León Chamba, Elizabeth De Lourdes (2009):  P-34)

Como en el caso del texto de don Luis, ninguna referencia a la fuente es proporcionada. Pero la bibliografía, Porque si hay una, nos deja suponer que viene del manuscrito de Secundino salgado (Salgado, S. S. (2008). Datos Históricos del Municipio de El Paraíso. El Paraíso, El Paraíso, Honduras.)

¿Pero quién era realmente Teodorón?
Talvez nunca lo sabremos, pero algo que sí es verdad es que existen otras versiones de quien era en realidad.

Según una fuente oral: Doña Zulema Figueroa Moncada), Teodorón aparece en la historia del pueblo dos veces. Una allá por 1945 cuando uno de esos generales de cerro estaba acantonado en El Paraíso y la otra en 1947 cuando Teodorón baja de las montañas en busca del comandante del pueblo Coronel Miguel Díaz. 

Ella dice:

-          Cuando vinieron los aviones aquí a pelear, era cuando Carias ya estaba de presidente. Y Yo me acuerdo que cuando yo estaba cipota, fíjese que entraron los aviones. Rómulo Aguilera era el comandante (al mando de las tropas oficiales). Y entonces entraron los aviones y los agarraron a penca porque eran las tropas bastantes (las tropas de los Acantonados). En la casa entro un hombre, un negro como de raza (miembro delos invasores), y enamorando a mi tía… y cuando mira el avión se sitella en la casa y ¡ay dios mío! Y le dice a mi tía - mire le voy a regalar esta florcita para que se acuerde de mí. Yo ya me voy, le dice, porque ese avión me anda buscando y va a arrasar aquí con esta casa y yo voy a ser el culpable, mejor me voy, voy a ir a subirme al campanario a repicar las campanas. Y se fue para el campanario cuando repico las campanas y se bajó, el avión se bajó y le dio una bañada y allí lo mato. Hubieron muchos muertos cuando esos aviones.

¿entonces quiere decir que aquí vinieron aviones a ametrallar el pueblo?

-          ¡Si!

¿y para sacar a quién?

-          Mire, es que en ese tiempo había entrado Toribio Díaz en ese tiempo y entonces Teodorón estaba allí en esa montaña y ese Toribio iba a unirse con él, pero los que entraron aquí fueron los de Toribio Díaz. Y entonces en esa pelea peleo Rómulo Aguilera, Juan Bermúdez, Juan Díaz y varios de aquí pelearon. Fíjese que allí por donde es la ENEE a un hombre (de los de Toribio) le hicieron una bañada los aviones que lo dejaron subido en un palo de matapalo. Bañada y media la que le dieron. Bueno allí fueron a terminar de pelear allá en el Río Arriba en una finca que le dicen El Bochinche, que era de don Juan Pablo Molina, allí acabaron de pelear.

¿Doña, pero ese Toribio Díaz era qué…Nacionalista, liberal, bandolero… quién era?

-          ¡No! si él era liberal.

Todo parece indicar, según el relato, que Toribio Díaz era uno de esos comandantes de cerro liberales que Carias perseguía. Doña Zulema no hace ninguna referencia a actos de vandalismo por parte de las tropas de Toribio y está claro que sus tropas tomaron la huida Hacia las Cañas y de allí a las estribaciones de la cordillera de Dipilto donde según el relato se encontraba Teodorón. No obstante, aclaro que todo eso del movimiento de tropas y el ametrallamiento de El Paraíso queda por comprobar con fuentes documentales u orales.

El segundo episodio de la estadía de Teodorón es relatado por dona Zulema

Doña, pero cuénteme la historia de Teodorón, yo sé que ya me la contó, pero quiero oírla de nuevo es que por allí vi que dicen que Teodorón era malo delincuente y no sé cuántas cosas más.

-          Mire, Teodorón era malo con quien lo buscaba, con quien no lo buscaba no.

Pero doña Zulema ¿De dónde salía ese hombre?

-          Fue allí como por el 47 que Teodorón, dicen, andaba matando gente allí por todo eso (y señala las montañas del sur de El Paraíso

¿Porque mataba gente?

-          Porque como él era colorado y los que lo buscaban eran azules.

¿Y era liberal Teodorón?

-          Gran liberal de cepa era.

¿Y era hondureño?

¡Si!

-          Con Rómulo Aguilera eran enemigos. Es que Rómulo Aguilera lo iba a buscar a las montañas y por eso se hicieron enemigos y con mi tío Miguel Díaz también.     Entonces cuando tío Miguel Díaz era comandante fue que Teodorón entro aquí.

¿Entonces el entro aquí a El Paraíso a invadir?

-          En realidad, el venía a matar a tío Miguel y entro con toda la tropa.

¿Y por donde entró?  ¿De Nicaragua?
-          Si de ay de esa montaña (y señala las montañas de Las Cañas).
Y entonces mi mama estaba cortando café (era la temporada) y se levantó a las tres de la mañana y se fue para donde Lola Merlo a conseguir café molido (se ríe) y no tenía café molido Lola. Cuando salió de allí mi mama miro venir las tropas. Y entonces le dice a Lola

-        Lola  ay viene un montón de gente.
-        Andá donde Herminia antes de que se alborote ese montón de gente y mi mama se fue. 

Cuando mi mama viene de donde Herminia, ya las tropas venían a la media cuadra, y entonces cuando llegaron a la esquina le dijeron los hombres a Teodorón:

-          ¿Podemos hacer retén aquí?  (reten entendido como saqueo)
Entonces les dijo Teodorón:
-          No aquí no vamos a hacer reten. No venimos a matar a nadie solo venimos a matar a Miguel Díaz. Pero aquí no vamos a hacer reten.

Entonces Doña Eva Mendoza como era liberal, Eva sacando pisto. Y le dice:

-          Doña Eva no saque nada que no andamos robando, aquí lo que andamos haciendo es viendo a Miguel Díaz, eso es lo que andamos haciendo. Pero no venimos a robar, le dice.
No vamos a robar… Vamos a repartir los pelotones. Uno se va por aquella calle, el otro por aquí, y el otro por donde vive Miguel Díaz y allá nos vamos a juntar en el cuartel después. El cuartel era allí donde es el cabildo allí era.

En la tropa andaba un cipote de 14 años que gritaba
-          Ya entro Teodoro Hernández ¿no lo querían?
-          ¡Viva la independencia!
-          ¡Viva el 15 de septiembre!
-          ¡Viva Teodoro Hernández!

Y nosotros en la casa y Marina no se quería levantar. Y le decía mi mama:
-          Marina levántate marina que allí esta Teodorón…

y marina no se levantaba (Se ríe) y a sacar a Marina de arrastradas envuelta en una cobija. Para venirnos para acá al llano. Viera visto que relajo. Y Marillita con Toño… y Toño cantando…
-          Se llevó mi polla el gavilán pollero…
-          Callate Toñito que allí esta Teodorón…
-          Que decía Toñito, y allí con el Gavilán pollero y va de cantar.

Allí salimos todos de huida… Mi padrino Ramón Sanabria allí estaba en el llano desnudo y u solo relajo… y se vienen agarrando allí en el cabildo. Hubieron muchos heridos. Varios soldados mataron, pero también hubieron heridos bastantes.

-          Esa fue la última vez que entró Teodorón.

La muerte de Teodorón

Como la gente incluyendo los soldados y el comandante salieron huyendo ante la presencia de las tropas de Teodorón, este último se apoderó del cuartel no sin antes haber combatido de allí los heridos y los soldados muertos.

Según doña Zulema, Teodorón se quedó en el cuartel y dice lo siguiente:

-          Mire Teodorón se quedó en el cabildo. Entonces aquel cipote que andaba con él se fue a querer abrir la tienda que era de doña Lastenia. Entonces Teodorón se vino a decirle que no estuviera abriendo puertas porque no andaban robando entonces vino el cipote y saco la pistola que andaba, una escuadra y le dejo ir todos los mamellazos y lo mato. El mismo Cipote que andaba con él. Y quedaba mire

-          ¡Ya matamos a Miguel Díaz!
-          ¡Viva el 15 de septiembre!
-          ¡Viva Teodoro Hernández!

Y era al pobre Teodorón al que había matado. Hasta con los dientes de fuera lo dejaron. Allí en frente de donde doña Lastenia, allí por donde había un palo de coco en el parque.

Y lo dejaron hasta con los dientes de fuera. Pero ese hombre andaba bien catrín. Mire, andaba con un traje de Casimir. Con fajas de tiros, y los dientes calzados de oro y lo han despachado en una figura…
Dijo Rómulo Aguilera :

-          Quiero ver si es Teodorón, voy a ver si tiene una seña que yo le deje.

Y entonces les dijo dona Lastenia:

-          Le vamos a andar a comprar un ataúd…
-          ¡No! Dijo Rómulo así que lo entierren dijo
-          ¡No! le dijo dona Lastenia todos somos humanos como se pone a creer que porque ha sido malo se va a enterrar así.
-          Así se va a enterrar dijo Rómulo.

Y así lo enterraron… Con las tripas de fuera y le quitaron todo. Todo el pisto que andaba. Le cambiaron la ropa buena y le pusieron unas…

¿Y las tropas de Teodoro?
Unas se fueron cuando lo mataron y otras se quedaron aquí porque estaban tirados.

Y loa pusieron presos o los fusilaron que paso

¡No! Los heridos se los llevaron para el hospital y no les hicieron nada.

Entonces Teodorón les saco carrera a los comandantes cachurecos
Si él le echo carrera a tío Miguel.


Tal parece que efectivamente Teodorón agarró de improviso el cuartel de El Paraíso. Combatió, no pudo agarrar a Miguel Díaz.  De allí los muertos y los heridos. En un intento de evitar el saqueo es asesinado por uno de sus propios soldados. Entonces según esta versión de los hechos Teodoro Hernández no es fusilado, pero Miguel Díaz, el comandante del pueblo, se lleva el honor de haberlo capturado y fusilado para la historia oficial.

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