viernes, 7 de mayo de 2010

Era el Cadejo o el perro del vecino

En la misma línea de relatos, miedos y supersticiones, les entrego hoy la leyenda de el Cadejo.
Un Cadejo es un animal legendario de la región mesoamericana, extendida entre las zonas rurales e incluso urbanas de Centroamérica. Se dice que es un mítico perro (o dos perros) que generalmente se le aparece a quienes deambulan a altas horas de la noche. Este animal mítico se le atribuye poderes misteriosos.

Según la definición encontrada en la enciclopedia en línea el cadejo se presenta de diversas maneras según las regiones. A continuación les entrego la caracterización del Cadejo según Wikipedia.

Representaciones del Cadejo.

Las diferentes versiones de la leyenda en Centro América describen a un cadejo blanco y uno negro; benigno y maligno respectivamente. La leyenda del Cadejo es posiblemente el vestigio de una creencia precolombina que supone que todo humano posee un animal de compañía (un alter ego que el la tradición mesoamericana se conoce como Nahual). El Nahual es el doble del hombre, de tal manera que la enfermedad o la muerte del primero conllevan la enfermedad o la muerte del segundo. La creencia supone la existencia de un animal compañero para cada hombre.

Es de aclarar, que ninguna relación directa ha sido establecida entre el Cadejo y el Nahual. Así, el artículo de Wikipedia continua…

Dicho animal acompaña al hombre en todos sus viajes solitarios por la noche; y en la versión de dos cadejos, el blanco lo protege y lo defiende contra los malos espíritus encarnados en El Cadejo negro, color tenebroso que simboliza la muerte, o sea, el mal en todas sus manifestaciones.

La versión de mi infancia viene de muchos relatos contados por los campesinos que trabajaban en la pequeña plantación de café de mi papa. Otro relato de este animal proviene de mi mama que asegura haberlo visto por lo menos una vez.

En las variantes de la leyenda que del Cadejo de la región sur de Honduras existe efectivamente dos Cadejos, el Negro y el blanco. Los dos malos porque no son el producto de la creación divina del buen Dios. Sin embargo, el Negro es aun más malo que el blanco. Este último casi nadie lo ha visto pocos son los que se han enfrentado a ese animal.

Existe en las explicaciones del comportamiento del Cadejo una dicotomía que nos recuerda ciertos comportamientos humanos. En gran parte el comportamiento del cadejo es como una moraleja de la lealtad y la traición. Un cadejo blanco por ejemplo, puede ser tu compañero y ser completamente inofensivo. Por otro lado si aun por accidente lo atacas se puede convertir en une bestia horripilante malvada y poco fiable.

Si continuamos nuestra descripción de nuestro Cadejito, nos damos cuenta que este en la variante del sur de Honduras, se aparece sobre todo a loa jinetes que se pasean en altas horas de la noche y durante las noches de luna.

La descripción que Zacarías Gutiérrez y Santos Hernández hacían del cadejo, describían un animal pequeñísimo en forma de perro. Ese, según ellos, es blanco (o negro segun el caso) y pachón y lo que hace la diferencia entre un perro y otra cosa es que tiene los ojos rojos como fuego y la cola está completamente desproveída de pelo y de carne. La cola es simplemente una cadena de huesos que se entrechocan al ritmo del trote del animalillo. Ese tableteo óseo previene al caminante de la presencia del espectro. En los caninos ese animal aparece al lado o delante de los jinetes y los acompaña o les obstruye el camino durante el camino hasta la casa.

Mi papa decía que el cadejo blanco es una verdadera compañía y que por ningún motivo hay que espantarlo tratar de darle golpes con las riendas o siquiera insultarlo. Si se hace eso el animalito gentil se convierte en un verdadero monstruo que toma formas horripilantes capaces de volver loco al más valiente de los valientes.

El cadejo negro, según el testimonio de los campesinos nunca aparece al lado de los jinetes. Este aparece de frente y le propósito es de inmovilizar el caballo o la mula con el fin de atacarse al jinete. La manera de inmovilizar la cabalgadura es pasando entre las patas del caballo, comenzando por las patas de adelante. Al pasar así entre las patas del caballo, este queda completadamente inmóvil y por más que uno espuelee al caballo este no se moverá. Una vez inmóvil el Cadejo negro se monta en ancas y hace ver las peores visiones de horror al jinete.
Decían los viejos que si atacabas al blanco, además de hacerse enorme éste se te maneaba el palenque y te dejaba allí plantado toda la noche y por nada ni nadie te podías mover ni bajarte del animal hasta la salida del sol.

De todos los que me contaron historias del Cadejo, sólo mi mama tuvo loa osadía de atacarlo. Mi mama era un tipo de mujer que, según ella, le gustaba el jolgorio. Iba a las fiestas montada en la mula pedorra de mi abuela. Aclaro que era la mula la pedorra. Ella también comerciaba con productos agrícolas, maíz y frijoles entre otros. También era rezadora y pertenecía, según ella, a la orden de los laicos franciscanos. Aun cuando iba a los bailes siempre andaba fajada la cuerda de san Francisco, que había bendecido el padre Urcuyo. Esa cuerda aun está en el viejo baúl de mi mama y tal parece que cuando muera habrá que enterrarla con ella. Esa cuerda según dicen es poderosa. Ella la protegió de las malas tentaciones hasta los 33 años cuando una vez que fue al pozo se le olvido ponérsela y le apareció el diablo. Éste llevaba por nombre José Izaguirre. El resto de la historia usted ya la conoce.

Bueno, según el relato de mi mama, ella venía de El Anonal de un fandango. Al pasar bajo el palo de guanacaste del panteón de San Pedro, el mismo que supuestamente cubre la sepultura de mi bisabuela, ella vio salir de allí un perrito blanco que se puso à caminar al lado de su mula. Cuando ella vio eso, lo único que se le ocurrió fue sacarse la cuerda de san Pancho. Una vez fuera se la anudo en la mano para no perderla y le pidió al animal que se fuera. El animal siguió caminando sin tomar en cuenta las palabras de mi mama.

Mi mama sabía que ella estaba protegida por el poder del Bendito. Esta doña tenía una armadura divina que ni el mismo diablo hubiese traspasado. Además de la cuerda tenía la Magnifica del cristo negro de Esquipulas, un escapulario con la oración del caminante y un rosario con perlas negras que había traído de sus romerías a El Sauce y a Ciudad Antigua. Además un crucifijo que había mandado hacer con una cadenita de oro que le había dado mi abuela.

Bueno, haciéndole confianza a todos esos perendengues, ella le pidió de nuevo al Cadejo que se fuera. Según ella le dijo que ella no necesitaba compañía que ella tenia suficiente con todos sus talismanes y que el poder de Dios estaba con ella. El perro pendejo no le hizo caso. Entonces mi mama como era güevona y mujer de pelo en pecho, se decidió a pasar a la acción. Bueno como no haces caso, le dijo, aquí te va… y le suelta el primer riendazo con la cuerda de San Francisco. El animalillo no tuvo tiempo de reaccionar y convertirse en el monstruo que mi mama esperaba. Del riendazo que le pegó hizo levantar una nube de polvo de la piel del animal. Este último se metió al monte y mi mama pico la mula al trote hasta llegar a la casa de mi abuela.

Nunca sabremos si en realidad era el Cadejo o el perrito blanco del vecino pero mi mama jura que era el Cadejo y que no le hizo nada gracias al poder divino de sus talismanes.

Mi papa y los trabajadores de la plantación, menos religiosos y más apegados al orden tradicional del combate contra los sobrenatural, Decían que la mejor manera de protegerse contra ese espanto era de lo mas simple. Un buen jinete siempre lleva un sombrero. Mi papa decía que un jinete destapado se parecía a una purrunga y nunca permitió que yo o mi hermano montáramos sin sombrero.

Otro elemento de la parafernalia del jinete es le machete envainado y bien afilado. La pistola es en muchos casos también es parte de ese equipaje. Muchos vaqueros se pasean también con sal en las bolsas del pantalón. La sal protege a estos de las garrapatas y les ayuda muchas veces a atraer las vacas y las mulas que se esconden en los matorrales.

Todos esos elementos son efectivos contra el poder del Cadejo. Mi papa decía que cuando se agarra un camino solitario y si se tiene temor de encontrarse con un espanto, el jinete sólo tiene que ponerse el sombrero lo de atrás para adelante y problema resuelto. Eso es algo así como la medicina preventiva. Sin embargo, si el cadejo le manea la mula, el mejor remedio es llevar lo más frecuentemente un limón. Entonces saque su limoncito córtelo con su machete y muerda la hoja del machete. Allí nomasito la mula comienza a moverse y el cadejo se desvanece. Después de eso, decía mi papa, sólo le queda picar la mula y si se olvidó ponerse el sombreo como le dije antes, hágalo y vera que llegara con bien. Cuidado! no muerda el machete del lado del filo porque si es bocón, su boca se le puede hacer más grande.

Así pues termina este relatillo que como ve da una visión un poco diferente de la que generalmente se encuentra en Internet. Busquen relatos y compruébenlos con loa viejos. Transmítanlos, esos cuentos forman parte de nuestro patrimonio cultural.

Si alguien conoce la leyenda de la chula le agradecería me la transmita necesito cotejarla con la mía… un abrazo

lunes, 19 de abril de 2010

La otra España : Mocedades

Mi hija de 12 años ganando un concurso de canto el viernes pasado


Le Monde Est Stone: Luc Plamondon

La segunda canción del concurso­... Todo un éxito!!!



miércoles, 7 de abril de 2010

El Judío errante y los tamales pizques

Pues aquí les va otro de los miedos de mi infancia. Esta leyenda nos viene directamente de Europa.

El judío errante es una figura de la mitología cristiana. La leyenda relata que un personaje judío (su caracterización concreta varía según las versiones) negó un poco de agua al sediento Jesús durante el camino hacia la Crucifixión (como si el pobre Cristo hubiese tenido tiempo para pedir agua), por lo que Éste lo condenó a «errar hasta su retorno». Por tanto, el personaje en cuestión debe andar errante por la Tierra hasta la Parusía (la segunda venida de Cristo).

A menudo se ha visto en el judío errante una personificación metafórica de la Diáspora judía, interpretando desde el punto de vista cristiano, que la destrucción de Jerusalén habría sido un castigo divino a todo el pueblo judío por la responsabilidad que algunos de ellos tuvieron en la crucifixión de Jesús; razón por la que se considera una leyenda de origen o naturaleza antisemita.

Como pueden ver, en la introducción del vasto articulo de Wikipedia, se habla únicamente del carácter de la leyenda. Sin embargo, en la versión del Judío errante de ni niñez este individuo no tenía nada que ver con el judío presentado en el artículo. Su viaje por el atlántico le doró u poco más la piel y la convirtió en una historia sincrética donde se mezcla maíz y tradición cristiana.

En la versión de mi mama, el Judío errante se paseaba por los caminos y aparecía sobre todo en Semana Santa. Mi mama decía que era harapiento y que castigaba a los niños que no obedecían a los papás en tiempo de cuaresma y de semana santa. Si rompíamos el ayuno sin pedirle perdón al señor corríamos el riesgo de ser secuestrados y desaparecidos por el judío errante. Ahora ya nadie se acuerda de él porque su trabajo de desparecer y secuestrar lo han agarrado los chafas y los paramilitares.

Bueno, comentario aparte, cuando nosotros nos comíamos los marañones a escondidas de mi mama, le pedíamos perdón a Dios por haber caído en la tentación. Y diosito como es bien cachimbón siempre no escuchó y el Judío errante nunca vino por nosotros. Es decir, que un marañón comido con devoción en Semana Santa, no es pecado.

Mi mama decía también que el viernes santo en la noche había que dejar algo de comer en la cocina. Así, si el Judío pasaba podía comer algo y seguir su camino. Nosotros le preguntábamos:

¿y como sabe usted que es el Judío errante el que se comió la comida de la cocina? ¿Quién le dice a usted que no es Tituy Aguilar quien vino en la noche a comerse los tamalitos pizques que le dejó en el molendero?

Ustedes son unos sacrílegos, nos decía, no ven que esas son cosas misteriosas que sólo el poder de Dios puede explicar. Además, el Judío errante cuando pasa pega unos gritos que te hacen tener frío hasta en los huesos. Grita fuerte como si lo estuvieran mal matando. Esos son los gritos que le provocan el peso de los pecados que arrastra desde el principio de los siglos. No sean malcriados que si no se los lleva.

Pues nosotros en la noche ni dormíamos esperando oír los gritos del Judío errante. Teníamos miedo pero nos quedábamos despiertos para ver si oíamos algo pero nunca pasó, salvo una vez.

Un día, un viernes santo de no me acuerdo que año, nos quedamos despiertos y a eso de la una de la mañana oímos aquellos gritos.

¡Epa! ¡Yo soy hombre!
¡Yo tengo güevos de machetearme con el mero uñudo!
¡A yo me jiede la vida!
¡Viva el partido Nacional, hijos de puta!

Y aquella gritazón.

Nosotros con miedo, ¡ay mama, ahí viene el Judío errante!

Verdad que te dije que no había que comer brejetas, ahí viene ese hombre.

Los gritos se aproximan de la casa, aquí aclaro que nadie nos había dicho que lengua hablaba el judío o que tipo de gritos hacia.

Mi papa que dormía como un trozo no se despertó hasta que mi mama lo despierta y le dice que pare la oreja.

Y ustedes cipotes cállense, no hagan bulla.


A nosotros nos tronaban las tabas del miedo.

Luego, el judío pregunta:

¿Don joche, tiene una tortila que me de?

¡Ay mamita, los tamalitos de la cocina!

¿Y quien es pues? dice mi papa, que ya había sacado su mohosa.

Papa, le decimos nosotros, no ve que es el Judío errante.

¡Hum, cuál Judío ni que mierda! dice el viejo.

¡Viva yo! gritaba el hombre afuera.
¡Viva Ramón Ernesto Cruz!
¡Muera Modestón!

¿Bueno hombré y vos quien putas sos? pregunta mi papa.

¡Soy yo Rogelio Merlo, que aquí estoy con hambre y bien mamado!
¡Yo soy hombre jodido……!

Bueno hombré, si sos tan hombre anda a la cocina. Allí en el tablón hay unos tamales, comete unos cuantos y te sentás allí en la silla del corredor y te dormís, deja de andar desvelando gente.

¡Putala jodido, si todos los liberales jueran como Joche Izaguirre yo …!

Amigo, al siguiente día nos levantamos tempranito y Rogelio aun dormía en el corredor de la casona.

Desde ese día tomábamos el ayuno más en serio porque mi mama nos dijo: Ya vieron, esta vez era Rogelio, pero nadie sabe la próxima vez.

sábado, 3 de abril de 2010

Cuidado con el Judío errante

Semana santa, como dice la compa Mirna Urquía, debería ser una semana para reflexionar, no en la señales del cielo únicamente, sino en las de nuestro pueblo y su realidad. “Hipócritas que no miras las señales de la tierra por estar observando las señales de los cielos” (Mateo, 16:3).
Para ayudarles un poco a esa reflexión tan necesaria les contaré unas cuantas historietas de mi infancia en tiempos de Semana Santa. Esas anécdotas posiblemente les harán retroceder a un tiempo donde las tradiciones aun estaban más vivas y poco matizadas por la carrera incontrolable de la tecnología.
Compartiré con ustedes dos períodos de mi infancia que recuerdo con nostalgia. Mis años en la montaña y mis años de escuela en el pueblo. Y sobretodo un episodio vivido en el barrio El Calvario, o el barrio de los calvos, como le llamábamos nosotros.

La montaña.

Ya canso diciendo donde nací, pero no todos los que visitan este blog lo leen desde el principio. Nací en una aldea cafetalera del municipio de El Paraíso, en el sur oriente de honduras. En esta aldea en los tiempos de Semana Santa era tiempo muerto. La cosecha de café había terminado. Era el tiempo de las chapias de las plantaciones y el número de trabajadores en la casa era reducido.

Mi papa se iba al valle de Jamastrán a preparar tierras para sembrar maíz y frijoles y seguido nos quedábamos solos con mi mama en la casona de la Montaña.
La Semana Santa era menos complicada y más aburrida que la Navidad. Hacía calor, las garrapatas abundaban las vacas se escondían en los lugares más difíciles de encontrar y donde hacia menos calor. Por también ese período tenía sus lados buenos. Las chicharras no paraban de cantar los jocotes estaban sazones y los mangos suficientemente grandes para comerlos con vinagre cominos y sal.

Para Semana Santa, mi mama preparaba tabletas de dulce de leche, mermelada de cáscaras de Naranja agria, rosquetes y tamales pizques. También ponía una chicha de cáscaras de piña a fermentar y nos daba de vez en cuando un guacalito diluido con agua para que no nos emboláramos. Pero todo eso había que ganárselo y eso formaba parte de lo aburrido de la Semana Santa.

Mi mama, religiosa como ella era en esos tiempos, pasaba toda la semana a decirnos que teníamos que reflexionar respecto al comportamiento con nuestros semejantes. Las peleas eran prohibidas y los castigos dos veces mas grandes que de costumbre.
Yo en esos días, allá por 1972, me ponía contento porque mis hermanas mayores que estaban en el pueblo venían a pasar vacaciones con nosotros. Mi hermana Yelba, quien se ocupaba mucho de mí, venía y con ella la felicidad de poderse bañar en las pilas del beneficio de café.

Bueno, los días más difíciles de Semana Santa eran el jueves y el viernes santo. El jueves Mi mama preparaba la tradicional sopa de pescado seco. Aun tengo en mi boca ese sabor único de la sopa de mi mama. El asunto es que aun si la sopa era buena, no teníamos derecho de comer mucho, la gula es un pecado capital, sobre todo en Semana Santa. Los dulces, los rosquetes y la chicha desaparecían de la casa. Era jueves, era el día del suicidio de Judas, de la captura y penitencia del hijo de Dios. Entonces, había que comenzar a sufrir con él.

El viernes, día de penitencia. Todos teníamos que ayunar desde la mañana hasta la crucifixión, algo así como hasta las 2:00 pm. Sólo teníamos que tomar agua. Pero como decía Chespirito, mi mama no contaba con nuestra astucia. Detrás de la cas había un palo de marañón que en general tenía algunos frutos maduros. A escondidas nos íbamos y nos subíamos al palo, con miedo porque mi mama nos decía que era pecado hacer eso y que si desobedecíamos nos iba a llevar el judío errante. También nos decía que si nos andábamos subiendo en los palos que nos podíamos caer y quebrarnos una pata porque el señor era poderoso. ¡Güevos, más poderosa era el hambre!

A las dos de la tarde ya nos llamaba y nos decía: Vengan cipotes para acá. Vamos a rezar.

Y comenzábamos una retahíla de oraciones que ya ni me acuerdo.

Después de haber ayunado, los tamalitos pizques, la sopa de pescado y hasta la chanfaina de la mujer de don Yeyo Oliva, nos parecía el mejor manjar del mundo.

Algo que no les he dicho es que el viernes no teníamos el derecho de hacer una serie de cosas.
¡No corran! si corren están corriendo sobre le espalda mutilada del señor
¡No coman! si comen están comiéndose al señor
¡No insulten! si insultan están insultando al señor
¡No claven! si clavan están clavando al señor
¡No tiren piedras! si…
¡No…!

Les aseguro que al final del día, aun si sabíamos que Cristo había sido crucificado estábamos bien contentos que Pilato se haya lavado las manos.

El domingo la tristeza del verano se mezclaba con la tristeza del final de las vacaciones y la partida de mis dos hermanas. Sabía que no las vería durante semanas o meses. Suerte que tenía mi hermanita Melba, mi hermano José Alberto y mis amigos Cayo y Toño que nos ayudaban con las tareas de todos los días.


El pueblo

No pude escaparme de la migración urbana. Mis papas eran un poco aliruzados y visionarios. Aquellos que han leído las entrevistas que hice con mi padre y mi madre se han dado cuenta que el nivel de instrucción de ambos no era grande. Sin embargo, mi papa se dijo siempre que el le daría educación a sus hijos. Así pues, por allí en 1974 tuvimos que irnos a vivir a la ciudad. Mis dos hermanas mayores comenzaban su escuela secundaria. Dos muchachotas casi adolescentes a las que había que cuidar de las tentaciones de la ciudad. Por otro lado, mi mama comenzaba a sentirse culpable de haberlas mandado a estudiar al pueblo sin haber estado con ellas.

Esa mudanza vino a cambiar toda la dinámica de nuestras vidas. Mi mama se vino a vivir con nosotros al pueblo y mi papa y mi hermano José Alberto se quedaron cuidando de las plantaciones y casi no los veíamos. A mí me hacia mucha falta mi hermano, quien nunca me regañaba y siempre estaba listo a ayudarme en las tareas difíciles que me imponía mi papa.

Bueno, el asunto es que las semanas santas las pasábamos ya en el pueblo. Mi papa venía y me llevaba ala procesiones y a las misas. Allí el tiempo pasaba más rápido y las relaciones entre la religión y mi persona comenzaron a deteriorarse, pero igual la Semana Santa era especial. La comida era la misma lo único que cambio fueron los amigos y las aventuras.

Después de haber vivido un tiempo en la cas de mi padrino Moisés, en la parte noroeste del pueblo, tuvimos que cambiar de casa. Nos pasmos a vivir al barrio El Calvario exactamente en la calle que llevaba de la iglesia al cementerio. Allí nos teníamos al corriente de todo aquel que se moría en el pueblo porque obligatoriamente el entierro tenía que pasar en frente de la casa.

En Semana Santa no podíamos faltar ninguna procesión todas pasaban en frente de mi casa. Las que más me gustaban eran las del domingo de ramos. Toda la gente, los campesinos de los alrededores bajaban de los cerros con palmas tiernas de coyol para hacerlas bendecir por el Capitán ¡Oups! ¡Perdón! Por el cachureco, El Padre Barahona, que en paz descanse.

La otra que me gustaba era la del siguiente domingo. Las carreras de San Juan. En esa, cuatro personas cargaban corriendo la estatua de San Juan desde la iglesia hasta el Cementerio y viceversa, siete veces creo. Los pobres Julia Gallo y Ximeno Salgado que era unos de los que cargaban el santo sudaban la gota gorda. Eso me gustaba porque era bonito ver el santo balancearse sobre las espaldas de los corredores. Además en la noche era noche de fiesta, Cristo había resucitado.

Mi mama continuaba sus prácticas en privado. Mi mama había sido fiestera, bailadora, celebradora de la palabra y cuantas cosas más. Sin embargo, cuando llegamos al pueblo era difícil de hacerla salir. Un día jueves de Semana Santa, yo tenia como 10 años, le digo a mi mama: Mama, vamos a ir a la procesión.

Yo no voy allí, me dice.

Claro que va a ir, le digo yo, por que usted sólo nos vive hablando de Dios y ni a la iglesia va. Mire a doña Maruca y a Chela la de Tito, todos los domingos van a misa y usted nada.

¡Va Pues! me dice, vamos a ir.

Ya en la noche como a las siete, me puse el uniforme de la escuela y le digo a mi mama, bueno mama nos vamos.

Ya llegamos a la iglesia. La procesión sale y nos vamos por la calle del cementerio. Al llegar a la esquina de done don Manuel Sánchez, el Capitán Barahona (Carajo siempre se me olvida que era cura) decide de doblar a la derecha.
Yo me las arreglo para llevar a mi mama cerca de donde va el cura para que escuche bien la homilía. El cura usaba un parlante como el que tenia la radio 11 de junio de la FUR en la UNAH.

Allí iba el cura…
Dios te salve María… Madre misericordiosa…


Y cantando con su voz de pito rajado.

Por los tres clavos que te clavaron
Y las espinas que te punzaron
Perdónales Señor.

De repente, en la cola de la misa…

Pen… Pen… Pen… tres tiros de 38.

La gente comienza a correr y a empujarse y aquel verguello. Yo lo único que miro es un Bus de la empresa EMTRAORIENTE que estaba estacionado en frente de la casa de Miguelito Sevilla. Y agarro a mi mama de la mano y me la llevo a esconder detrás del bus. Allí oíamos al padre Barahona:

Por el poder de Cristo, no corran no empujen banda de sacrílegos.

De pronto, no so oye más la voz del cura. Mi mama temblando de miedo la pobre, ella pensaba que era el fin del mundo. El puto bus se movía como si la tierra estuviera temblando. Los chigüines llorando, las mujeres gritando…

Cuando la masa de gente paso y que todo parecía mas en calma, mi mama y yo salimos de detrás del bus y miramos el producto de la tragedia. Los santos tirados en el suelo. La virgen María media desnuda con la cabeza para abajo. San Juan con la cabeza quebrada, un completo desastre.

Mientras tanto en ceca de la esquina de la casa de doña Chepita Idiaquez, el cura sermoneando con palabras no tan católicas que digamos ya tratando de desenredarse de los alambres del parlante que tenia enredados el la sotana y en la cuerda que le servia de cinturón.

Bueno, le digo a mi mama, y ahora que hacemos.

Yo me voy pa la casa, me dice, y nadie me hacer venir otra vez a las procesiones.

Y en realidad, creo que fue a la única vez que mi mama fue a una procesión.

¿Y que fue lo que paso ese día? Yo nunca supe con exactitud pero tal parece que una muchacha casada se fue a la procesión y por allí un mozo comenzó a echarle el cuento. La chava comenzó a coquetear también. Alguien fue al estanco donde estaba el marido y le dijo que su mujer estaba haciendo de la suyas y de las del otro. El bolo se va y constata por sus propios ojos el hecho, saca su tizón y tira los tres tiros. La gente comienza a correr, al bolo lo agarraron los chafas y de la mujer y el dandy quien sabe lo que paso.

El próximo año les cuento la vez que un doctor del pueblo medio ateo, salió desnudo a insultar al padre en plena procesión. Mientras tanto, que vuestras vacaciones hayan sido menos agitadas que la procesión de 1976, un abrazo fraterno.

viernes, 26 de marzo de 2010

Escoba lisa, camándulas, escapularios y toma tu teta que soy tu nana.

Bueno, siguiendo la misma vena de los sustos, miedos y espantos de ni niñez, les contaré una historia que es parte del patrimonio cultural mesoamericano. Se trata de la Segua.
En todos los países centroamericanos, sobretodo aquellos bajo la influencia mesoamericana circula la leyenda de La Segua. Llamada también Siguanaba o Siguamonta en Guatemala, El Salvador y Nicaragua y Costa Rica. En Honduras es conocida como la Segua o la Sucia.

A continuación les entrego el artículo de la enciclopedia en línea Wikipedia para luego entregarles la versión hondureña de la segua.

La Siguanaba, es un personaje de la mitología de Guatemala y de El Salvador (se les olvidó Honduras). La leyenda de la Siguanaba tiene un origen común y esta relacionado con la leyenda de la Cegua de Nicaragua y Costa Rica.

La Siguanaba (del quiché Siguan barranco, abismo Waná Hermana y B'a Espectro) es un ser mitológico en forma de mujer fantasma de hermoso cuerpo, que al mirarla de cerca tiene el rostro de una yegua; siendo un ser que se les presenta a los hombres que son infieles.

Según el relato cultural, aparece regularmente en las áreas donde no hay mucha infraestructura, especialmente en los basureros y barrancos, a donde lleva a los hombres enamorados de ella y los hace caer haciendo que pierdan la vida y el alma a favor de ella. Es parte importante del folklore y mitología guatemalteca y salvadoreña.

La palabra Siguanaba viene del nahuat cihua que es mujer y nahual que equivale a espíritu, fantasma, alter ego. En esta versión, la aparición se presenta como una bella joven que atrae a los hombres cerca del agua y cuando los tiene a su alcance se transforma en una visión horripilante.
Contenido

La historia

Originalmente llamada Sihuehuet (mujer hermosa), tenía un romance con el hijo del dios Tláloc, del cual resultó embarazada. Ella fue una mala madre, dejaba solo a su hijo para satisfacer a su amante. Cuando Tláloc descubrió lo que estaba ocurriendo maldijo a Sihuehuet llamándola Sihuanaba (mujer horrible). Ella sería hermosa a primera vista, pero cuando los hombres se le acercaran, daría vuelta y se convertiría en un ser horrible.

El dios la condenó a vagar por el campo, apareciéndose a los hombres que viajan solos por la noche. Dicen que es vista por la noche en ríos, lagos así como en otros lugares con agua, lavando ropa y siempre busca a su hijo el Cipitío, al cual le fue concedida la juventud eterna por el dios Tlaloc, como sufrimiento para ella.

La leyenda de la Siguanaba

Según lo que cuenta la leyenda, todos los trasnochadores están propensos a encontrarla. Sin embargo, persigue con más insistencia a los hombres enamorados, a los Don Juanes que hacen alarde de sus conquistas amorosas. A estos, la Siguanaba se les aparece generalmente en cualquier estanque de agua en altas horas de la noche, o a orillas de ríos según otras versiones. La ven bañándose con guacal de oro y peinando su hermoso cabello negro con un peine del mismo metal, su bello cuerpo se trasluce a través del camisón.

Dicen las tradiciones que el hombre que la mira se vuelve loco por ella. Entonces, la Siguanaba lo llama, y se lo va llevando hasta un barranco. Enseña la cara cuando ya se lo ha ganando, su rostro se vuelve como de muerta y putrefacto, sus ojos se salen de sus cuencas y se tornan rojos como si sangraran, su antes tersa y delicada piel se torna arrugada y verduzca, sus uñas crecen y suelta una estridente risa que paraliza de terror al que la escucha.

Protección

Para protegerse de este ser y no perder su alma, se debe morder una cruz o una medallita y encomendarse a Dios. Otra forma de librarse del influjo de la Siguanaba, consistirá en hacer un esfuerzo supremo y acercarse a ella lo más posible, tirarse al suelo cara al cielo, estirar la mano hasta tocarle el pelo, y luego halárselo. Así la Siguanaba se asustaría y se tiraría al barranco. Otras versiones también dicen que debe agarrarse de una mata de escobilla, y así, cuando ella tira de uno, al agarrase la víctima de la escobilla, ella siente que le halan el pelo. Esta última práctica es más efectiva, ya que es el antídoto propio que contrarresta el poder maléfico de esta mujer mágica.

Un método funcional al observar a una mujer en el río sin saber si es la Siguanaba, consistiría en gritar tres veces seguidas: "No te vas a ir María pata de gallina"; si es la Siguanaba se asustará y se lanzará al barranco, si no era ella solo te dirán que sos un loco.

Otro sitio interesante a consultar es, http://leyendas-nicaraguenses.blogspot.com/2007/05/la-mocuana.html. En donde Edgar Escobar Barba, un investigador nicaragüense, nos da también una descripción de la Siguanaba y la asocia a la región de Estelí sobre el nombre de la Mocuana.

La versión de Honduras

En este texto les voy a contar la historia de la Segua haciendo uso de los testimonios de personas que la ha visto y que inclusive han jugado con ella.

Primera quiero aclararles que la versión hondureña de la Segua difiere un poco de aquella propuesta en los textos de Wikipedia y otros textos en Internet. Las descripciones anatómicas de la Segua parecen más consecuentes con la realidad indígena que las descripciones propuestas anteriormente. Los lugares de aparición del espectro son también más consecuentes con las prácticas amorosas de nuestros campesinos y nuestros tunantes.

Como les decía, yo conocí tres personas que me contaron haber visto a la Segua. Los tres eran nocheadores serenateros y mujeriegos. El primero es mi papa.
Él cuenta que cuando estaba joven, cuando vivía en San Pedro del Norte de Potrero Grande, una noche se fue a serenatear, con Arnulfo Corrales, Pedro Mantequilla y otros mozos del pueblo. Por allí, ya tarde en la noche decidieron de irse por la cuesta que bajaba de donde mamita Juana a la casa de Balto Centeno pasando por la quebradita que estaba al fondo. Allí había un pozo donde las muchachas del pueblo iban a lavar ropa, nixtamal, halar agua para las cocinas, etc. Ese pozo era también el lugar donde los hombres hacían sus primeros pasos en las conquistas amorosas.

Mi papa cuenta que el método no era nada complicado. El hombre vigiaba a la muchacha, se fijaba cuando es que la marchanta iba al poso, cuando estaba acompañada y cuando iba sola. Una vez fijado el itinerario, el chavo se escondía en u matorral y cuando la muchacha llegaba al pozo, el jaño le empezaba a tirar piedritas. Si la muchacha era indiferente a las piedras el chavo insistía hasta obtener una reacción de la muchacha. Así pues, al obtener una reacción el hombre salía del matorral y comenzaba a hacharle el cuento. Si la muchacha aceptaba los avances del muchacho el jale comenzaba. La muchacha ya no iba al pozo nada más que a jalar agua.

Bueno el caso, como diría mi papa, es que los serenateros al acercarse al pozo, vieron una hermosa mujer peinándose y acariciándose el pelo en el pozo. Uno de los serenateros que tenía las hormonas en revolución decidió enamorarla y según mi papa comenzó:
¡ay amorcito que linda questas!
Mira mamacita, si aceptas mis palabras te aseguro que ya no vas tener necedad de venir al pozo. Yo te voy a pagar aunque sea las luces.
Mi encanto célico flor de palanca, no te pongas tímida, échame una miradita anque se sella.

Y seguía caminando más rápido para acercase a la muchacha.

Los otros menos excitados que el primero, se dan cuenta que hay algo que no es normal. Es tarde en la noche, las muchachas del pueblo están durmiendo y consecuentemente…

¡Hey hombré! Le comienzan a gritar
¡No te dejes engañar, que eso no es mujer, es la Segua…!


Demasiado tarde. La mujer ya había comenzado a moverse hacia los potreros de mi abuela Juana. Y el hombre comienza seguirla… y allí va…

Nosotros, dice mi papa, comenzamos a seguir al hombre gritándole, venite hombre que si segís te va a llevar putas. Y nada amigo, el hombre no se paraba y corría cada vez más rápido siguiendo al espectro.

Allá vos, dice mi papa, nos cansamos de seguirlo y nos paramos a esperarlo. De todos modos no había manera de pararlo. Y allí nos quedamos en el monte, esperando.
Allá al rato el hombre regresa, todo raspado, arañado por las espinas de zarza y de carbón y hediondo a mierda de gallina y temblando… con fiebre.

Amigo, ya lo agarramos nosotros, lo fuimos a lavar al pozo y lo fuimos a dejar a la casa. A ese lo jugó la Segua. Tuvieron que lavarlo con agua de escoba lisa y rociarlo con agua bendita.

Cuando ya se compuso, dice mi papa, le preguntamos. ¿Y diay hombré que putas te pasó la otra noche?

Y el hombre contesta. Miren hombré, yo a la que vi en el pozo fue a la fulana. Pero esa era la Segua. La seguí y cuando ustedes se pararon ella también. Ella se dio vuelta y comenzó a echar un tufo caballo, sacó una teta bien fella y comenzó a decirme ¡toma tu teta, toma tu teta que soy tu nana! Hasta allí llego el enamoramiento. Me entro un miedo de las once mil putas y me las pelo de huida y allí me agarraron ustedes.

Bueno amigo, dice mi papa, hay que tener cuidado cuando se pasa de noche cerca de los pozos, esos lugares son los preferidos de la Segua.

En esta historia no hay ninguna descripción de la Segua. El amigo de mi papa no le vio la cara solo la teta y el perfume fecal. Sin embargo ella coincide con la segunda historia la que me contaba mi amigo de infancia, Juan Cuchilla.

Juan es un hombre que ahora debe tener unos 52 años. Él creció prácticamente en la casa de mis padres ayudando en las labores agrícolas. Durante un tiempo cuando llegó a los 15 años, lo perdimos de vista. Su Cuñado y su hermana Licha se habían ido para Olancho y Juan los había seguido. Más tarde apareció hecho todo un hombre y había desarrollado otras habilidades. Se las daba de comerciante, tahúr y se conocía unas cuantas oraciones que un día se las voy contar. Alguna gente le tenía miedo porque decían que era capaz de convertirse en mono. Aunque a decir verdad no necesitaba mucho maquillaje.

Bueno, Juan, él había no sólo visto a la Segua sino que había hecho el amor con ella.
Decía que en cierto momento caminando por una montañita llego a un pozo. Y allí estaba la mujer, delgadita de cintura, abultadita del pecho, con unas caderas que para que le escribo si mañana llego, un pelo largo y negro y bueno todas las características de una mujer digna de la portada de una revista Vogue.

Pero yo no era pendejo, dice Juan, en ese verguero las mujeres eran escasas y casas no habían nada cerca. Entonces, me puse a pensar ¿Hummm..., que putas hace esta mujer aquí?
Y me acuerdo allí nomás que mi agüelito Román Ramos me había dicho que la Segua siempre les aparecía a los tunantes o a los hombres solteros y yo era los dos. Y además yo siempre andaba mi protección una oracioncita de Monserrat.

Ya me acerco del pozo.

La mujer me mira, esa mujer era fellísima.Olía a mierda de gallina de esa que parece cachaza, no tenia nariz, la boca era agujero redondo y negro y solo tenia un ojo. De remate cuando ella me vio todo lo bonito que tenía se le jué. Bajé la vista un poquito más para abajo y mire que tenia una sola chiche toda caída y floja. Iba a comenzar a decirme que ¡tomá tu teta! Cuando me tiro al suelo boca arriba. Ella se viene encima de yo y la pesco de la nagua y del pelo y la revuelco.

¡Olvídese! Hay que ser hombre para hacer eso.

Ya cuando la revolqué, se para y sale corriendo gritando ¡tomá tu teta, tomá tu teta!
Yo me quede allí aguantando aquel tufo pero diciéndome yo mismo que agora no habría mujer que se me resistiera porque me había revolcado con la Segua...


Como ven, la descripción de la Segua que nos da Juan no tiene dada que ver con la cara de yegua que propone el artículo de Wikipedia. Su carácter es más humanoide que el espectro propuesto por la versión Guatemalteca. Es de aclarar también que si la historia es de origen Nahuatl, el caballo (la cara de yegua de la Segua) viene a incorporarse como un elemento sincrético, puesto que bien sabemos que los equinos no forman parte del universo zoológico de cultura prehispánica.

La última historia me la contaba Hilario, un puntero que mi papa contrataba para hacer el dulce de rapa en la Finca. Hilario venía de la Unión, una aldea situada al noroeste de El Palo Verde. Hilario era en ese tiempo un hombre de unos 50 años, Liberal de cepa y se alardeaba de haber sido amigo cercano de los hermanos Herrera, mas comúnmente conocidos como los Piña. Él poseía un machete con la cacha de cuerno de buey que decía había pertenecido a Tulin, el menor de Los Piña.

Hilario el también había tenido su experiencia con la Segua. El escenario de la aparición es siempre el mismo. Hilario se jactaba de haber sido un buen mozo y de haber sido faldero.

Un día, nos contaba Hilario al resplandor de le chumacera del horno de cocer el jugo de caña, me voy a parrandear. Después de haber bailado y chupado cususa con güevos, me regreso pa la casa. Allí tenia que pasar por una quebradita un poco escura onde las mujeres siempre iban a lavar ropa. Dende que comencé a bajar la cuesta sentí un frillito en el espinazo. Que putas me pasa, me dije yo. Ya mestoy poniendo cagado como si no juera hombre. Y sigo bajando la cuestecita.

Cuando llego al pozo cerca de la quebrada, vello una muchachona bien bonitilla. La quedo viendo, y como estaba medio a verga me digo yo “bueno Layo aquí te toco la chance. Las mujeres que salen de noche a lavar ropa saben a lo que se atienen”

Y me voy quedito. Ella esta de espaldas sólo se le miraba la espalda, el pelo y el fundamento. Tamaño animalón el que tenia. Bueno pues hay voy despacito y cuado ya estoy cerquita le digo. ¿Entonces mamacita que decís si nos hacemos un solo bojote?
Pues, ella sigue lavando y no me contesta.
Y le digo yo ¿bueno pues, qué te pasa que no me respondes, te comieron la lengua los ratones?

Y no me contesta…

En eso se me viene pegando un frillazo en el lomo y los hijares me comienzan a temblequear. La juma de la cususa se bajó diun solo pijazo y me recuerdo que andaba en la bolsa un escapulario de la virgen de potrerillos. ¡Ay papita! Allí nomacito lo agarro y le digo a la tal mujer. ¡Vos no sos deste mundo cabrona! Pero con yo no podés.

Guarizama en una mano y escapulario en la otra le digo por el poder de Dios y el de la animas del purgatorio dejame pasar.

Aquella mujer bonita comienza a echar un tufo a puro mortorio se da vuelta y me enseña la cara que no se le miraba porque el pelo se le había hecho un solo charral y se caca la teta del vestido que ya eran puros andrajos y comienza a carcajearse y a decirme a yo : ¡Tomá tu teta, Tomá tu teta que soy tu nana!

Que te la chupe tu madre, maldecida le digo yo y le enseño mi escapulario. La maldecida cuando sintió el olor a bendito se jue corriendo y se perdió en el monte, dejando detrás aquella tufalera.

Hilario concluyo su historia diciéndonos que siempre es bueno andar un machete de buen acero y si tiene crucero mejor es. También nos dijo que no es de más andar un crucifijo una medallita o algo divino, un puño de sal, un diente de ajo o algo a lo que el malo le tenga miedo.

En cuanto a mi, que al momento del historia de Hilario tenia algo así como 15 años, les aseguro que no dormí muy bien esa noche y el medio kilómetro entre el trapiche donde dormía Hilario y la casona donde yo dormía con mi papa me pareció una eternidad. Suerte que andaba la Magnifica una oracioncita que mi mama me había comprado en El Sauce, en Nicaragua cuando había ido a ver el Cristo Negro.

La próxima les cuento el Cadejo.




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