domingo, 15 de febrero de 2009

Uno sabe donde nace pero no sabe donde se va a morir… ¡Jodido! (Don Joche Izaguirre… mi papa)

En diciembre del año 2000 decidí que iba a entrevistar a mi papa. El propósito era de hacerlo hablar y que contara algunas de sus las historia infancia hasta su vejez. Pero el objetivo escondido detrás de esta entrevista era, y es más que todo, que todos los panzones y panzonas que felizmente descienden o están aparentados con de ese viejito faldero, conozcan sus orígenes.

La tragicomedia en ocho episodios, típica de almanaque Bristol, será reducida a por lo menos tres episodios. El primero, que ahora les ofrezco, cuenta los orígenes de mi papa. El segundo contará su adolescencia hasta su regreso a San Pedro del Norte de Potr
ero Grande y el último contará el encuentro de mi papa con su padre, Lorenzo Molina, y su establecimiento en la polvosa (bueno, ahora tiene calles condimentadas, como decia Dulia, por lo menos hasta el billar de don Moncho Pilleca) Ciudad de El Paraíso.

Para aclarar al lector

¡Ojo!Cuando vea las iniciales DI, soy yo quien habla (Dario Izaguirre). En el caso de JI, trata de mi papa (José Izaguirre). También se aclara, que el texto de la entrevista respeta el diálogo de manera íntegra, salvo algunas aclaraciones o comentarios
hechos por el entrevistador que aparecen entre paréntesis.



Don Joche Izaguirre y el Caitudo de yo


Bueno, allí le va dando.

DI .- ¿Don Joche, dónde nació usted?

JI .- Yo nací … Mira ve… Yo nací en un lugar que se llama Jayacayán o sea las Botijas. Si en las Botijas nací yo. En las botijas, en una hacienda del agüelito mío… de mi papá.

DI.- ¿Quién era su abuelo pues?

JI.- Se llamaba Aniceto Molina.

DI.- ¿Ese era el papá de mi abuelo?

JI.- Si ese era. Y mi mamá se pasó a ese pueblito que se llama San Pedro (del Norte de Potrero Grande, Departamento de Chinandega, Nicaragua), porque mi papá se estaba casando con otra. Entonces se fue, llevándome a mí como de cuatro años. Puesta en San Pedro… La crisis en ese tiempo era horribilísimo, el vivido de la gente… la gente vivía casi… casi desnuda.… Entonces ella se fue para Managua, dejándome a mí con la agüelita mía… con ella me crié, con mi agüela

DI.- ¿Cuantos años tenía usted cuando mi abuela se fue?

JI.- Más o menos como unos 5 años, porque lueguito se jue ella… para Managua y desde esa vez que se fue ella para Managua, yo la vine a conocer de 14 años, la fui a conocer à Managua.

DI.- Pero, dígame una cosa, sus abuelos por la parte de su papá
¿quienes eran?




JI.- ¡Eh! Aniceto Molina era el papá de mi papá y la mamá era María Corrales… se llamaba.

DI.- ¿Y el papá de Aniceto Molina como se llamaba?

JI.- ¡No! ¡ no se! ese vivía en Pespire.

DI.- Pero no sabe como se llama

JI.- ¡No! (en el fondo, mi hermana flora ce que se llamaba Estaban) yo supongo que se llamaba lo mismo, porque como siempre la costumbre uno cuando tiene un hijo ponerle el nombre del papá

DI.- ¿ Y los papás de la esposa de Aniceto Molina sabe usted como se llamaban?

JI.- Se llamaba Aniceto Corrales, el papá de la mamá de mi papá.

DI.- ¿Y por la parte de mi abuela?

JI.- Mi abuelita era nacida en Morolica. Se llamaba Jacinta Izaguirre la mamá de mi mamá.

Di.- ¿y el papá de su abuela?

JI.- El papa de mi mamá se llamaba Raymundo Corrales.

DI.- ¿El papá de su mamá?


El pueblito de mi papa

JI.- El papá de mi agüelita se llamaba Bruno Sandoval y la mamá de mi abuela se llamaba Petrona Tercero.

DI.- ¿Y porqué ella es Izaguirre pues?

JI.- Porque el apellido es regalado.

DI.- ¿Lo que quiere decir…?

JI.- Mirá, mi agüela nace. El papá de ella tenía un hermano que se llamaba también Bruno Izaguirre. Porque en las familias, o sea, por ejemplo, mi mamá, tiene hijos de dos apellidos. La Linda y la Rosa, por ejemplo, no son Izaguirre, son García, porque mi mamá se casó.

Entonces mi mamita nace y están los dos hermanos, el uno es Izaguirre y el otro es Sandoval. Se muere el Sandoval, que era el papá de la agüelita mía y queda en poder del Bruno Izaguirre. Aquel le puso Izaguirre a mi agüela, pero de boca. Como mi abuela nunca se casó, todos los hijos le salieron Izaguirre. Así es el apellido de nosotros, regalado ¿verdad que no somos Izaguirre?

DI.- Bueno, ahora, usted es el hijo de doña Juana Paula Izaguirre y de don Lorenzo Molina. ¿Pero usted tiene más hermanos por parte de su mamá? ¿Quiénes son?




JI.- Mis hermanos… La que me sigue a mi se llama Erlinda García, sigue la Rosa García… también… ya son legítimos esos; después viene Corina, hermana mía, esa es Izaguirre, después viene Jaime, después viene German que es el último.

DI.- entonces hay dos García y el resto son Izaguirre.

JI.- Nada más que yo soy Izaguirre Molina, por mi papá, y aquellos son Izaguirre Corrales, porque el papá era Fausto Corrales, el papá de Arnulfo, el marido de tu tía Benita.

Fijate que esa cosa del apellido, yo lo descubrí. Lo descubrí por esto… nadie tuvo el acuerdo… pero yo sin saber a que hora, le pregunto a mi agüelita que cómo se llamaba su mamá.
Mi mamá se llamaba Petrona Tercero.
¿Y su papá?
Mi papa se llamaba Bruno Sandoval
¿Y porqué es Izaguirre usted?
Porque me crió un hermano de mi papá… me dijo ella.

JI.- Así nos quedamos (ríe y aumenta)…que divertida la cosa.
Y así de esa forma ya descubrí la cosa, y se las platico a todos lo otros hermanos. Ellos no sabían, pero ahora si ya saben que el apellido es regalado.
Gracias a Dios, ese bruno que la crió a la agüelita mía era Izaguirre y estaba mezclado con un poco de maleantes de la Guaruma, con unos Vílchez, él era Izaguirre Vílchez. Entonces esos Vílchez le decían tía a mi mamita pero no era nada de ellos. Esos eran bien malos y el mero papá de crianza de mi agüelita era una buna gente que no se metía con nadie y así salimos todos. En la familia no hay ni uno que tenga un pecadito, ni una mancha que hayga manchado sus manos con hacerle daño a una gente con un machete o con una pistola ni nada.

DI.- Sólo mi tío Federico, que no mató a nadie, sólo los que aplastaba con la tanqueta durante la revolución.

JI.- Los hijos de ese señor salieron maleantes, los de bruno Izaguirre por la parte de los Vílchez. Toño con Federico, todos los hijos de la Julia tienen esa mezcla de los Vilchez Izaguirre con el viejito ese.

La familita de nosotros todita está viva ¡jodido! y nadie…

DI.- ¿Y los hijos de mi bisabuela quienes eran? (Por sus problemas de oído no comprende la pregunta y responde que no sabe).

DI.- Los hermanos de su mamá, quienes eran

JI.- ¿Los hermanos de mi mamá? ¡Ah bueno, eso si! Allí están toditos. Primera, mi tía Fabiana, mayor de mi mamá; sigue mi tía Amada, la esposa de Chimino… esa si se murió… la única que se ha muerto… sigue de mi tía Amada, mi Mamá. A mi mamá le sigue La Julia, a la julia le sigue Siríaco y a Siríaco le sigue Pedro.

DI.- ¿Siríaco esta vivo?

JI.- ¡No! Siríaco está muerto. Lo mataron, esos Vílchez lo mataron. ¡Ah si! a pedro le sigue Laura.

DI.- Allí se acabó.

JI.- Después conozco a los primos, Los primeros primos que conocí fue a Federico, la Pancha y la Socorro hijos de la Julia… Así es la cosa amigo. (Es de aclarar aquí que mi papa creció con mi tía Julia y mi tío Pedro y los hermanos menores de mi abuela. Así pues, cuando él se refiere a Pedro, a Laura y a Julia, no los trata como tíos sino como hermanos).

DI.- Bueno Usted llega de 4 años a San Pedro del Norte, su mamá se va para Managua cuando usted tiene 5 años…

JI.- Yo quedo en poder de mi agüelita, pero bajo de una situación económica… que eso era parejo. Todo mundo vivía en harapos allí, todo mundo (eran los años 1928 o 30) y los que se ponían así vestiditos de seda o de manta eran así ciertas familias que tenían un poquito de recursos. Como Virginia, tu mama, a virginia le compraban vestidos de manta, unos camisones, unos yaguales que se ponían.

DI.- ¿Y usted que se ponía pues? (Me dejó con los frijoles en el pescuezo)

JI.- Cuando yo estoy de 10 a 11 años cuando mi mamá ¡hombré! me mando una camisita, de Managua, con un hombre que anduvo allá. Fijate, me la ponía, una camisita cuadriculadita (casi llora contando eso). Me levantaba en la noche a tocar la camisita yo… ¡fijate hombre! me levantaba a tocar la camisita que la ponía allí guindadita. Me mandó también un pantaloncito chinguito, porque antes usaba los pantalones chingos hasta la pierna uno.

DI.- ¿Y antes de eso que se ponía pues? (me dejó otra vez con los frijoles en el pescuezo. En realidad aquí lo quiero hacer decir que él se paseó desnudo, en pinga o cañambuco, como dicen los nicas, hasta los 11 años)

JI.- Cuando llegué a los 14 años, viene Fausto Corrales y me hace la propuesta a mí, que si quería ir a conocer a mi mamá. Pero el hombre era vivo, tenía una hija enferma con el marido y no hallaba como hacer para mandarlos a Managua, porque no había un conocido y él sabía que allá estaba mi mamá. Nosotros teníamos la dirección y todo.

Es que, dice, yo voy a mandar a Canuto con la Juana que se van a mediquear a un centro de salud que se llama el Naturismo.

Aja, le digo yo.

Y si querés ir vos, me dice, te doy el pasaje y te vas, de paso vamos a llevar una partida de chanchos y vas ir ganando también, me dice.

Hombre, así jue pues, valla pues voy a ir… y nos vamos…
Llegamos a Chinandega. Cuando llegamos a Chinandega, a montarnos en el tren; cuando, si yo no lo conocía el tren. Nos juimos y llegamos a Managua.

DI.-
¿pero el tren no llegaba a San Pedro?

JI.- No, hasta Chinandega llegaba

DI.- ¿Y de San Pedro hasta Chinandega, arriaban los chanchos?

JI.- Arriados los chanchos hasta llegar a Chinandega… unos polvasales, caminado. En tres días y tres noches llegaba uno, fijate, caminando.
Al caso pues, es que llegamos a Managua, y en Managua no hallábamos como hacer para llegar al barrio dionde estaba mi mama que se llamaba Los Ángeles. Pero por suerte nos hallamos un hombre y ese hombre la conocía a mi mamá… pura suerte… Y ese hombre era cochero. Porque esos eran los carros que había en Managua, los coches… eran tropas de coches. Un carro no lo ibas a ver vos en ese tiempo… aquellos coches… Pero vieras que turbas de coches. Y tenían unas cosas que… el pito era un timbre. Cuando llegaban a un estorbo ya le ponían el pié a aquella babosada y brdu brdu brdu ya sonaba aquello.
¡Ah pues! ya nos llevo el hombre. Y llegamos amigo, donde doña Juana Paula Izaguirre, preguntando:
¿Aquí vive la fulana de tal?
Si, aquí vive.
Ya la saludó Canuto y la Juanita que era la señora de él y mi mama no la conocía.
Bueno, ya mi mamá me quedo viendo…

Mira Juana Paula, le dice Canuto, aquí viene tu muchacho, le dice, te viene a conocer.

¡Vos sos mijo! me dice mi mamá y me abraza y aquello.

Y ya quedamos pues.

Pasen adelante, ya nos acomodaron allí y ya se empezó a platicar de la cosa, del medicamento que iban ha hacerse los hombres (Juana y Canuto). Mi mamá los llevó donde el hombre (“el médico”).

Al caso que los hombres se fueron.

Ya el doctor los fue a ver y les dijo:
Ustedes se van a quedar aquí, pero necesitan una pieza aparte, donde van a estar sólo los dos ustedes.

DI.- ¿Y que tenían pues?

JI.- Por cuentas esa enfermedad era la tuberculosis. Ya se les buscó la pieza a los hombres. Eso daba pesar mirar aquella gente.

Miren les dijo, ustedes se van curar pero se van aguantar 15 días hambre, sin comer, sólo agua van a tomar, pero agua de paja, paja le llaman allá en Nicaragua al grifo o a la llave.

DI.- Fresco de tubo.

JI.- porque el agua que usaban en Managua, todo mundo tenia un pozo en el patio de la casa para sacar agua, y era rara la gente que tenía agua potable.

¡Ah pues así fue! ya comenzaron aquellas gentes el primer día.
Yo me tocaba irlos a ver como de aquí casi a la ENNE (aproximadamente 2 Km), todos los días los iba a ver y les llevaba el agua.

Cuando eran los ocho días, aquellas gentes se estaban muriendo. Jodido, yo iba a llevarles agua pa que se bañaran también y a botarles una bacinilla que mantenían. Pasaban toda la noche escupiendo y aquella bacinilla amanecía que sólo le hacia así… (Gesto y ruido de desdeño).
Jodido, a los pocos días le digo a mi mamá: mamá, yo ya no aguanto esa ida porque es… ¿y de allí ir a desayunar? Le digo, yo voy a comer primero para ir allí, le digo, porque ya cuando voy allí y vengo ya no…para comer tengo que dedicarme a otra cosa para olvidar lo de la bacinilla. Si no, no comía (rie). Comía, ya me iba a botarle aquella cosa a aquella gente.

Cuando eran los once días, me acuerdo yo, ya los mire aquella gente…
Me voy para donde el doctor y le digo: doctor, esa gente se están muriendo, hombre.

¡Mmm! Me dice, vamos a verlos.

Ya nos montamos en un bus. Tres buses tenía Managua, oiga bien, y el recorrido que hacían sólo era de la aviación al cementerio, la calle principal, nada más. Donde llegaban los buses estaba cerca de donde estaban los señores.

Ya nos apeamos en el calvario y nos venimos. Ya llegamos y se sentó a leer un periódico allí aquel hombre y los miró.

No se mueren, dice, no se mueren. Pero si comen comida y no se aguantan se mueren.

Fijate hombré. Jobero, entonces, vaya pues.

Ajustaron los quince días, todos bolitos. Daba pesar aquella gente.
Esa Juana es hermana de Arnulfo Corrales el esposo de la Benita.

Jobero, aquella cosa amigo.

Cuando se llegan los quince días les dice el doctor.

Bueno ahora si, ya van a comer.

¡Ay si! Todos alegres yo y mi mamá también porque iban a comer.

Vamos a ver pues ¿Qué van a comer?

Miren dice, mañana van a empezar a comer jugo de limón. Un vaso de jugo de limón.

Y se lo han tomado, amigo, como comer algo bueno.

DI.- ¿Jugo puro?

JI.- Si… se lo tomaron… sin sal, sin azúcar, sin nada.
Ahora, dice, mañana van a comer jugo de Dreyfus (grapefruit), así le llaman allá a la pomela (pomelo).

A traer esa babosada y a hacerles el jugo, Y dicen allá voy…a tomarse el jugo. Dos veces al día nada más. Sin azúcar, sin sal si agua, sólo el puro jugo.

Bueno, dice, mañana van a comer sopa muchachos.

Ve hombre, van a comprar repollo, verdura, toda clase de verdura y les hacen una sopita, una sopa, sin sal también (ríe). A meterles aquella sopa y se la comen. L’hambre es jodida, tremenda.
Ya comieron.

Ahora si, dice el doctor, Ya van a comer tortillita con cuajada. Pero la primer tortilla que se coman con cuajada, sin sal, les dice, Ya la segunda sí, ya le ponen un poquito de sal pero no mucha y ya así se van ir acostumbrando. Luego el jugo de naranja, fruta, la que quieran comer, coman, eso sí.

Al caso que, allá como a los 19 días se les avisó a Chinandega que ya estaban recuperando. Allí les mandaron un poco de frutas, y dicen a comer. Cuando se recuperan, ya hacen viaje de regreso para San Pedro.

DI.- ¿Y quién pagaba todo eso?

JI.- Nadie, Nada cobraba el hombre.

DI.- No, yo hablo de usted, la vaciadas de bacinilla, el agua…

JI.- Nada, a mí no me daban nada.

DI.- A su mamá talvez…

JI.- Talvez se han de acordar por lo menos ahora, porque la juanita está viva. Ay stan se curaron. Y yo creo que esa gente tienen agradecimiento de mí, porque a mi me daba pesar de verlos jodidos.

Bueno hombré, al caso pues, que ellos se vinieron, y allí quedo yo en Managua metiéndole chinga a mi mamá que nos viniéramos pa San Pedro. Fijate estando bien, para como estaba en San pedro, allá en Managua estaba en la gloria. Como al mes de haber llegado, a los dos meses de haber llegado, ya estaba dando la primera comunión, en la propia iglesia Santo Domingo. Todo eso con vestidito nuevo, con zapatitos nuevos color batata.

Pero eso si que cuando me puse los primeros Zapatos, jodido (ríe a carcajadas), cuando llegué a la casa iba que me reventaba de los pies.

Al caso que di la primera comunión. Mi mamá me compró una candelota grande casi igual a mí.

DI.- Bueno aquí voy a parar la cosa.

En las próximas páginas, el regreso a San Pedro, la partida a Chichigalpa y el regreso a San Pedro.

sábado, 31 de enero de 2009

¿Quién es tu hermano? Tu vecino más cercano. (Virginia Martínez­­... mi mama)

Bueno, ahora que ya sabe como llegar a la finca de mi papa, le voy a tener que presentar los miembros de la comunidad, comenzando por los vecinos. Eso le va permitir entender y conocer mejor las personas de quien le hablo y hablaré en mis textos a venir.

Las personas que le presento en este texto son aquellas que habitaban El Palo Verde durante mi infancia. Muchos están aun vivos como el recuerdo que tengo de ellos; otros pasaron ya al pays de ocotes caydos o al otro potrero, como decía Rubén Aguilar. Sin embargo, a todos los recuerdo con respeto porque de una u otra manera, más de alguna lección me dejaron.

Bueno, como ve, la vieja casa de la montaña se encuentra sobre la fila de una estribación de colina. Cuando mi papa decidió construir la casa, tenía tres elecciones. La primera era construirla en lo alto de la montañuela; eso le permitiría de ver para todos lados y supervisar la llegada de los visitantes. El lugar de donde hablo es una pequeña meseta que se encuentra cerca de una fuente de agua potable. Un lugar muy húmedo donde abundaban los platanillos, los lairenes y los palos de moco. El problema que presentaba este lugar era que, si mi papa hubiese construido la casa allí, mi mama hubiese tenido que acarrear el agua en tinas de lata o en tinajas de barro.

La segunda meseta, un poco más abajo de la primera y un poco más estrecha, no permitía la construcción de una casa suficientemente grande sin invertir una buena cantidad de energía y tiempo.
La tercera meseta era más grande que la segunda y fue allí donde mi papa decidió construir la primera casa. Le aclaro, que la casa que ve usted ahora es la segunda.

La gente decía que mi papa estaba loco.

- No don Joche, decía don Marcelino Corleto, es pendejada la suya de hacer esa casa allí abajo. Pobre la doña, se va a quebrar el cacaste jalando agua y se va a morir de amusepo sin ver nada.
- No se preocupe don Chelino, mi mujer no va a jalar agua. Mi papá me dio un par de botas y un macho. Va ver que dentro de poco, ni botas voy a ocupar y ay le voy a poner un larga vista para que mire de largo.
- Pero mire don Joche, en ese hoyo donde se va a meter, no va poder ver nada, sólo los Chilamates, los Trotones y Cojones de burro de los guamiles de los Aguilar.
- Mire amigo, lo voy a tener que dejar porque las mulas, con los calaches, se me adelantaron. Nos vemos don Chelino, ay paso de regreso.

Pero mi papa les reservaba una sorpresa a todos.

Sin ser ingeniero, él conocía los principios básicos de la gravedad universal. Él sabía que la fuente que daba origen à la quebradita al lado de la tercera meseta se encontraba a unos 300 metros más arriba. Él sabía además que con un poco de ingenio, podía hacer llegar el agua hasta la puerta de la casa. Así fue como mi mama nunca se puso una tinaja en la cabeza.

Bueno, como le decía, de aquí donde estamos, más abajo se encuentran otras casas. La más cercana pertenecía a los hermanos Aguilar (Moncho, Santos y Rubén). Estos señores eran los pioneros de la aldea. La mayor parte de las tierras de la aldea les pertenecieron. Rubén contaba que el y su hermano Santos habían descombrado infinidad de manzanas de tierra para cultivar maíz y frijoles. Rubén contaba también que había sido soldado el las guerras civiles de Honduras, al lado del coronel Sanabria y otros cachurecos.

Con los Aguilar vivían sus hermanas Bersabé, Mercedes y Guillermina. En esa casa vivían también los hijos de las señoras (Tituy, Tino, Toño, Beto, Medardo y las muchachas, Elena y la otra que no reacuerdo de su nombre).

Otra casa fue construida en 1970, más abajo de la de los Aguilar. Era la casa de un señor que venía del norte de Honduras, Vicente Hernández se llamaba y su esposa, doña Alejandra. Ellos vivían solos y de vez en cuando, Marlene y Víctor, los hijos de don Chente, venían a visitarlos o a vivir con ellos. Este don Chente era liberal y decía haber participado cuando era joven en una de las últimas revueltas de don Chema Reyna en el norte.

Cerca de la casa de don Chente estaba la casa de Monchito Castro. Ese señor vivió allí durante un tiempo con una marimba de chigüines y su mujer. El cultivaba café y criaba caballitos.

Otro señor, que le vendió su tierrita a mi papa, en 1969, fue don Marcelino Sánchez, quien vivía no lejos de la casa de Monchito. Don Chelino decidió irse para el pueblo con su familia y trabajar como salarero, y por eso vendió la tierra.

Si seguimos la fila del cerro, encontraremos los restos de una casa que construyeron Rubén y Santos a principios de los años 1970. En esa casa vivieron los dos hermanos por un tiempo y luego le dieron posada a la familia de Sofía Moncada. Esta señora era la mujer de don Juan Osorio. Una vez el don muerto, Sofía no pudo guardar las propiedades que su hombre le dejara. Así, ella se vio obligada trabajar en las fincas como cortera de café y como chapiadora. Sofía tenía un chorro de hijos. La mayor se llamaba Alicia, luego seguían Luis Manuel, Ficha, Juan y Toñito el cual es de mi misma edad.
A esta familia se le unió la de la hermana de Sofía, Luisa. Esta última tenía dos hijos: Reina y el lunarejo.
Esas familias eran las encargadas del jolgorio en la aldea. Con esfuerzos se habían comprado un tocadiscos y todos los domingos hacían un baile. Vendían guaro, chicha con calzón, hacían chanfaina y prestaban servicios de limpieza de cañerías masculinas.
Cuando el conjunto de cuerdas no estaba disponible, Sofía y su trocaviscos, como decía Toñito, estaban listos para el verguello. Su colección de música se limitaba a unos cuantos vinilos de Las Hermanitas Núñez, Lucha Villa, Antonio Aguilar y Paladino.
De ves en cuando se armaban unos berenjenales del diablo. Alli salio herido una vez Marcelino Sevilla, otra vez Lucio Sevilla. Eso duró hasta que los alcaldes auxiliares decidieron decomisar los machetes a la entrada de la fiesta.

Bueno, ya lo estoy perdiendo, echémole piedra y calicanto, como decía Anita Vallejo

Un poco más lejos, hacia el sur de la casona, vivía Santos Oliva con su esposa Valentina y Chilo, su hijo. Justo al lado de esa casa, vivían Pedro Oliva y Enriqueta. Esa doña tenía una marimba de cipotes : Toño Flores y Leocadio, hijos de don Pedro. A la muerte de don Pedro, ella se amachinó con Cosme Mendoza y aumento su colección de hijos : Lupe (un varón) era el tercer hijo de Enriqueta y a este le siguieron por lo menos 4 más.

Esos eran lo vecinos más cercanos. A ellos habría que aumentar los vecinos que usted ya conoce: don Moisés y don Pedro Sosa, los Corleto,los Midence (Cresencio, don Toño, Gilberto, don Tomás).

Habría que mencionar los vecinos que vivían el la aldea como tal. Allí estaban Santos Hernández, Ramona su esposa y sus hijos Rosa, Cundo, Toño y María. Este señor es un indígena que venía de Liure, en el sur de Honduras.
Cerca de la casa de de Santos, está la casa de Domingo Duarte, de su mujer Chila Segura y de sus hijos Chente, Juanita, Virginia, Alicia, Cundo y los otros de los cuales no me acuerdo los nombres.
Frente a la casa de Mingo vivía Nacho López con su señora Chon Merlo y su hijos Santuy, Marta, Gladis, Iris, David, Adrián y otros que se murieron de fiebre de lombrices. Esa casa y el pedazo de tierra que la acompañaba fueron legados o vendida a Zacarías Gutiérrez y a Marta, la hija de Nacho y de Chon.
Cuando Nacho cedió la casa a su hija, el construyo otra muy cerca de la escuela donde pasé mi primer grado.

Este Zacarías es un indígena de ascendencia Chortí que venía del departamento de Copán en el occidente de honduras. Este tuvo varios hijos, dos varones que murieron siendo niños y dos niñas, Georgina y Julia.
Este Zacarías fue uno de los hombres que ayudó durante muchos años a mi papa. Era un hombre bravo, tiricioso pero honrado, trabajador y recto como la varilla negra. Dejo de trabajar con mi padre por la culpa de un chisme que Chebo Picoepato le llevó a mi papa. Corría el año 1989 cuando el Chebo le preguntó a Zacarías que desde hacia cuanto tiempo trabajaba con mi papa. Zacarías le contesto que desde hacia casi 30 años. Sin embargo, sincero y mal bosaleado como era, Zacarías, le dijo que todo lo que él había hecho por mi papa no se lo pagaban ni con echarle un polvo a mi hermana Flora. El Chebo fue con el pito y la caja a decirle a la Flora, la Flora le dijo a mi papa, mi papa regañó a Carias, Carias se encachimbó y tal parece que el único que recuerda con tristeza la partida de Carias soy yo. Por lo tanto, mi papa siempre dijo: “palabras no descalabran, jodido

Bueno, hay vamos más para abajo…

De la escuela, nomás al bajar la cuesta vivían doña Caya y su marido Colacho Hernández. Ellos tenían varios hijos adultos, entre ellos, Arnulfo, Trinidad, Goya y Valentina.
Doña Caya era como mi abuela, ella ayudó a mi mama cuando me dio al luz y después me chingolió durante mi infancia. Cuando murió, le dediqué unas cuantas lágrimas.
Esta señora tenía unas manos de oro para hacer comales y ollas barro. Los frijoles siempre eran más sabrosos cocidos en una de sus ollas.

A la derecha y en frente de donde doña Caya, vivía Claudina Merlo y su marido Daniel Solórzano. A ellos no los conocí muy bien y no me acuerdo si tenían hijos. Daniel era un cachureco de sepa y poco colaborador en los proyectos comunales. De la casa de esos últimos se tomaba un camino hacia el interior de tierras donde vivía Tina, la hija de doña Caya, con Raymundo Midence (Panza de barro) otro viejo resabido y poco sociable, a diferencia de su mujer que guardó el carácter de doña Caya. De ellos conocí tres descendientes Tito, Chana y el menor del cual olvidé el nombre.

Desde donde Tina se podía llegar fácilmente donde Martina Maldonado. Esta Martina estaba en nupcias con Don Cundo segura, y tenían una buena colección de muchachos y muchachas. Había entre ellos: Mundo (Puto), Joche Lucas, Licha, Juan (Cuchilla), Felícito, Maclovia, Lencha, Chila y Petrona que se había ido con Mónico, su marido, para Olancho.

Abajito de donde Martina vivía doña Luisa Mendoza. Esa señora no le conocí marido. Cuando la conocí, estaba ya vieja y sus hijos todos bien avanzados de edad. Todos sus hijos, sobretodo Pantaleón el tartamudo, trabaron para mi papa. Allí pues estaba: Albertón el marido de Anita Merlo, Pantaleón, Brígido, Juan Pablo, Teodoro y Cosme, el segundo marido de Enriqueta, la de don Pedro Oliva.
Doña Luisa fue la primera en haberme dado un machete, un tunco viejo que había pertenecido a uno de sus hijos. Esta señora también conservaba algunas plantas medicinales, de las cuales mi mama se servía para hacer sus pociones y sus tónicos. Allí pues, ella cultivaba la chihimora, tenía un palo de quina, había ruda, boldo, floricunda, mostaza, frijolillo, ciguapate, apasote, caña agria y hasta flores para las coronas de los muertos (velo de novia, claveles de muerto, moños, banderas, dalias, marpacifico y otras). Esa señora tenía también palos de cumba, y de los frutos hacia unos guacales blanquitos. También cultivaba una fruta que la gente llamaba melocotón y que servía para hacer chicha. En su tierrita había también un gran palo de zapote y otro de zuncuyas, de los cuales Papapantaleon nos llevaba frutas de vez en cuando.

Del palo de zapote partía un caminito a través de un cafetal que llevaba a la casa de Tranquilino Vallecillo. Personalmente, yo no lo apreciaba mucho. Él era gruñón y pleitista. Le macheteaba los alambrados a mi papa y no respetaba gran cosa. Se quejaba que las vacas de mi papa le comían el cafetal, pero nunca regañó a sus hijos porque dejaban las puertas abiertas en los potreros de mi papa. En 1973 se fue de allí, y creo que nadie lo extrañó en la aldea.

Bueno, vamos a regresar donde doña Caya.

Si se para en la lomita de onde la doña y mira hacia la izquierda, allí verá la gran casa de don Elías Merlo y doña Emilia Rugamas. Esos señores tenían varios hijos adultos. Entre ellos le puedo nombrar a Santuy, Chon, Chila, Tiba, Anita, Luis, Saturnino, Rogelio, Claudina y Lidia. De todos ellos sólo Saturnino y Rogelio nunca se casaron.

De la misma loma, mire para adelante hacia el sur oeste y verá la casa de Anita Merlo y de Alberton. Esa casa era la pulpería de la aldea. Anita mantenía toda su mercancía en una valija de madera. Esa valija era como una caja de Pandora. Allí habían píldoras Davis, Mentolina, Divinas, Laxol, Aralenes, Commel, pastillas de Alloy Van (O al hoyo van Como decían los campesinos), jarabe Gargantol, Rabano yodado, Regulador vegetal, confites Venus y Venadito, pan dulce y otros perendengues. Ella vendía también azúcar, churros Fiesta, frescos, cigarros y otros. Ellos tenían varios hijos; había entre ellos Reina, Lupe, Toño y Juan.

Al bajar la cuesta de donde Anita hacia la carretera, está la casa de Luis Merlo y Elena Aguilar. Allí vivían ellos con su único hijo René, que tenia 6 dedos en cada pie. Y justo en frente, estaba la casa de Mariano Merlo y de su hijo Toño. De ese lugar lo único que tengo como recuerdo son las mandarinas.

Más abajito vivían las Chepas, unas Señoras que venían de Oropolí y que vivían en la aldea. Ellas vendían guaro y prestaban servicios bien apreciados en toda sociedad con población masculina. Al final del camino vivían Siríaco Sevilla y todos sus hijos. Siríaco era el hijo de don Mundo Sevilla, un Señor que cultivaba la caña de azucar y buscaba oro en la quebrada. Entre la casa de don Mundo y la de Siríaco, estaba la casa de don Goyo González.

El camino dobla a la derecha de la casa de Siríaco y sigue por una cuesta sinuosa hasta la casa de la hacienda El Chorro, propiedad de mi abuelo. Allí vivía Ángel Barahona con Chila Merlo y sus hijos, Marta, Chico, Arturo, Armidio, y otra de la cual olvidé el nombre.
Este Ángel era el músico y el deportivo de la aldea, él fabricaba guitarras, violines, contrabajos y mandolinas. Con sus hijos formaban un conjunto de cuerdas “los Populares de El Palo Verde”. Eran perros para ejecutar todo tipo de arranca polvo, de sobaqueado y de arrancapezuñas, sin olvidar las rancheras y las canciones para bailar pegado. Su repertorio era más variado que el del tocadiscos de Sofía.

Bueno, ya le presente casi a todo el mundo. En los otros textos, seguro que aparecerán nuevos nombres, pero eso es normal. El tiempo pasa y las caras y los protagonistas de las historias cambian.

Hay lo dejo, como dijo Dios, que viva el más vivo del más pendejo.

Más luego le contaré otra.

domingo, 4 de enero de 2009

La ruta de Las Dificultades

Cuando el indio caga y la chancha chilla, es que es de día.

Levántese compa.


Ya es tiempo de irnos.

Desde luego, no sin antes comernos una tortilla caliente, bien empollada, con mantequilla, frijoles y una buena taza de café.

Que jodida la que nos llevamos con la muerte de Pedro. Pero bueno, que le vamos a hacer.

Hoy lo voy a sacar del pueblo por las rondas, de la casa de mi papa hasta la pulpería de doña Isaura.

¿Qué le parecen las tortillas de Hilda?

¿Son buenas, verdad?

Esa negra tiene manos de oro para el asunto de la palmeada y el lavado de ropa.

Bueno, ¿ta listo?

¡Fíjese bien!

Mi casa se encuentra en la décima calle, séptima avenida.

Pero es más fácil encontrarla si se baja en el Recreo, camina dos cuadras al oeste y atraviesa una de las obras arquitecturales más impresionantes de El Paraíso. Me refiero al puente seco, ese mismo que hizo perder valor a varias casas. Al nomás cruzar el muro, usted ve mi casa. Ella se encuentra, frente a la zapatería Nelson, pegado a la casa de Molina el chiquero, esquina opuesta a la pulpería Melisa y en frente de donde doña Cheñolla o Chinola, como decía Molina. Bueno, Doña Paula Gaitán.

De mi casa vamos a caminar quince cuadras hacia el sur. Allí vamos.

Mire que hermosa casa la de don Jando Pastor, dos pisos, nada menos.

¡Adios Clemen, guárdeme el 81 y unos elotes para el regreso!

¡Hola Toya! ¿Cómo le va?

Sígamele para arriba. Allí en la esquina vive Chico Lagos y si seguimos vamos a pasar por la casa del profe Donald y la casa de don Oscar Vallejo. Madre de casa la de don Oscar, dos pisos, piso arriba y piso abajo.

Justo en frente, esta el casi hotel de don Víctor Merlo, el papá de Flamenco y de Bartolo.

Otra esquina más y veremos las antiguas instalaciones del taller Káiser, la casa de don Chendo Molina y Mariíta y el Chiken o el Chicle, como decía Consuelo.

¡Adiós don Ismael! Dicen que ese señor lo golpeo un rayo cuando era joven.

Aquí en esta calle están varios de los personajes conocidos de este pueblo:

Don Chelino Padilla, Alduvín Mendoza y Zulema Cerrato, Don Francho Vallecillo, Mario el Guapo y Toñita (seguro que le hubiera gustado ver los ojos de Toñita).

Más para arriba está una cuartería donde Lencho Gómez (almágana) tenía su taller en los años 1970.

Más arribita, justo en la esquina, tiene la pulpería de dono Bocho y Lucita, del otro lado la de don Gabriel y del otro la bodega de don Pancho y doña Rosa.

Puesto en esa esquina, verá hacia su derecha, al fondo, las puertas del cementerio municipal y a media cuadra, siempre a su derecha, verá el cuartel de la Josefa, la Chepa, la Jura o de la Fuerza de Seguridad Pública (antes el CES ahora la Policía Nacional). Ese cuartel fue construido en el mismo lugar donde años atrás se encontraba la lujosa cantina de Martina, frente a la carnicería de Tito Mendoza.

Sigamos que se nos va a hacer tarde.

Aquí nomás a su izquierda está la casa de doña Toya la mamá de Moncho el atleta y allí pegado la casa de don Julio Vargas, el propietario de los camiones El Canario.

Allí sentados en la acera están Oscar Borrador, Danilo Platano, Carlos María, Julito y Tacón.

¡Nos vemos muchachos! Aquí haciéndole de guía turístico.

Allí enfrente de la casa de don Julio estaba antes el rastro municipal. Los destazadores eran Juan Tuerto, el papá de rastro, y Miguel Ronrón.

Entre esta y la siguiente esquina se encuentran las casas de don Sotero Ferrufino, la de Julián Polvo de Gallo y la de Rubén Amador. Mas arriba, antes de doblar a la izquierda, estaba la trilladora de Joaquín Mendoza.

Doblemos a la izquierda, de todas maneras no tenemos elección.

Aquí vamos a pasar por un comercio indispensable en todo lugar, la funeraria. Esa funeraria es propiedad de don Cruz Arias (Crucito) quien tanto le sirvió a ese pueblo.

La casa de Crucito está como por coincidencia en un hoyo, todo un ingenio de arquitectura.

A su derecha tiene la fortaleza de Chico López que ocupa toda la cuadra hasta dar directo en frente de la panadería Suyapa. De allí hasta la otra esquina están las casas de Don Abel Talavera, la de Luis Sevilla (Sinusitis) y, en la esquina de la izquierda, la casa de don Luis Cerrato, el radiotécnico.

Ya casi llegamos a la salida.

En la esquina, al nomás subir la cuesta, están las casas de don Salvador Ferrufino y la de mi tío Emilio.

Más adelante están los negocios de don Martín Rodríguez y Toñita, el de Manuelita y David Martínez y el de doña Liliana Oseguera. Mire hacia la izquierda y verá la casa de dos pisos de construyó don Joche Claveles en 1951. Entre las dos últimas esquinas están el taller de Goyo Arguijo, el hermano de don Tito Viernes, las pulperías de Manuel Rodríguez y la de mí querida y respetada doña Isaura.

¡Venga! Vamos a saludarla.

Nos vamos a tomar un fresco, o una bebida refrigerada, gaseosa, con alto tenor en compuestos de sodio y sacarosa, con sabor agridulce, como diría Petilla el hijo de la doña.

- Bueno Doña, ya la saludamos.

- Adiós doña.

- Adiós mijo que te valla bien.

La última vez cuando hicimos el trayecto de Las Selvas, lo saqué por el desvío de Río Arriba. Hoy le vamos a dar recto, porque le quiero enseñar los restos de la represa hidroeléctrica que generaba la energía durante los años 1950 y 1960.

Allí nomás está, cerca de la casa de Peche y de Jochito, al pasar la quebrada de los Pericos

Tiempos atrás, al pasar la quebrada, no habían casas, sólo el Campo de los Pericos, donde el equipo de fútbol, El Municipal de El Paraíso hacía sus prácticas. Además del campo, estaban los potreros de don Hernán Moncada y los terrenos que Goyito Zelaya cedió para la construcción de la colonia San Juan. Era agradable caminar por aquí, siempre había sombra y casi nadie pasaba.

Este sendero se termina, cuando él se une a la carretera de la montaña, exactamente donde don Emilio Zúniga tiene su casa y frente al viejo plantel donde vivía Moncho Pirilanga.

De aquí para allá hasta done Juancito el de Maria la Chaparra, usted conoce el camino.

Lo único que tengo que mostrarle en la cuesta son las cruces de descanso de Helio Escoto, quien murió en un accidente automovilístico, y las de don Enrique Hernández y su chofer que murieron venadeados.

Eso paso justo antes de pasar entre los grandes cafetales de don Avelino “el maestro” Galindo.

Bueno, aquí estamos.

Esa cuesta le quema unas cuantas calorías a uno.

Pero ya no se preocupe, por un buen rato nos toca sólo de bajada.

Aquí comienza nuestro periplo rumbo a la Finca la Esperanza de don Joche Izaguirre, “El Cimarrón” como le decía Toñón Molina, mi tío.

Mientras avanzamos, verá que el terreno es diferente. Aquí a su derecha tiene una parte de montaña que hasta no hace mucho tiempo era virgen. Esa tierra pertenecía a doña Regina Lardizábal.

A su izquierda son tierras que pertenecieron a la familia Salgado. De ves en cuando, recojo a Vladimiro Salgado que viene a ver lo que les queda de esas tierras.

La mayoría de esas tierras ahora pertenece a don Goyo Zelaya o a sus herederos.

Mire, ponga cuidado.

De aquí donde estamos, frente a la tierra de los Salgado, cuente tres vueltas más y llegaremos a la vuelta de Celia.

Celia era una loquita que, en los años 1960, se paseaba entre las posesiones de Román Zelaya, en Las Dificultades, y el pueblo. Era un poco como Pabicha, la otra loquita del pueblo.

Un día, Celia se vino de la montaña hacia el pueblo y, al nomás llegar a esa vuelta, un desagraciado si corazón la violó, y después de violarla la hizo picadillos con un machete.

A ese delincuente nunca lo agarraron y el crimen de Celia se quedó impune.

Los vecinos de Volcancitos la enterraron y muchos de ellos la lloraron, entre otros mi mama que la quería mucho.

Bueno, sigamos el camino.

Como le decía la otra vez, por este trayecto no hay muchas cosas que ver, aparte la exuberancia de los cafetales que rodean el camino y la belleza de las estribaciones de la cordillera de Dipilto. Como ve, no hay muchas casas a la orilla de este camino, sólo algunas sin ocupante fijo, pertenecientes a la familia Zelaya.

Al llegar al desvío hacia Volcancitos, la cosa se pone buena.

Del desvío, mire a la derecha y verá la hacienda la Arabia. Una vieja casa de adobe perteneciente en aquellos tiempos a don Lencho Molina, mi abuelo.

En esa casona nacieron mis hermanas Ramona (que en paz descanse), Flora, Yelva y Melba. Era una casa lujosa para esos tiempos. Don Lencho había instalado servicios sanitarios de porcelana, un generador eléctrico y había embaldosado el piso.

Mi papa cuenta que el día que los albañiles terminaron de construir la casa, mi abuelo con su esposa (doña Chepita Calderón) llegaron en la tardecita y se quedaron durmiendo en la casona. En lugar de dormir en un cuarto, durmieron en el servicio de tan orgullosos que estaban de eso.

Tacaño pero orgulloso, así era don Lencho.

Este don Lencho tenía un buen amigo, don José Maria Tercero. Esos dos se pasearon por toda Honduras y Nicaragua compartiendo penas, alegrías y faldas. Donde comía el uno comía el otro, a tal grado que, cuando don Lencho compraba una Coca-Cola, agarraba dos vasos, dividía el contenido en dos partes iguales y le decía a Chon, la madre de todos nosotros y la doméstica para don Lencho y sus hijos, de poner dos partes iguales de agua en cada vaso. Así, Chema y Lencho tenían la impresión de haberse tomado una Coca-cola cada uno.

Bueno, dejemos jugar a radio bemba y sigamos adelante.

Mire para arriba a su izquierda y verá la casa de don Alejandro Cáceres, uno de los mandadores de Goyito Zelaya. Allí nomás, a su derecha, tiene las tierras de don Máximo Cruz.

Aquí vamos a bajar la cuestecita y al llegar al plan, vamos a llegar a centro de la aldea de Volcancitos, una línea de casas de un lado y otro de la carretera. Esas casas pertenecen, entre otros, a Panchito Romero, un señor pistudo del pueblo que, según las malas lenguas y la mía que no se queda atrás, era pautado, como decía Aniceto Prieto.

Entre las casas de Panchito y la casa de don Manuel Gallardo, se encuentra la escuela de Volcancitos. Esa escuela fue construida en los años 1970, por iniciativa de vecinos como Don Alejandro Gaitán, Alejandro Cáceres, Marcial el yerno de don Alejo Gaitán y don Moisés Sosa. Es de hacer notar que Reynelda, la hija mayor de don Moisa, hizo sus primeros años de escuela en esa escuelita rural.

Aquí vamos a pasar a saludar a don Alejo Gaitan, el padrino de mi hermana Melba. Es un señor muy gentil y pausado, exactamente como su hijo Sixto. Se acuerda de él, allí fuimos a tomarnos un cafecito después de haber atravesado el puente Calzón Blanco.

Más abajito vive otra hija de don Alejo, la esposa de Marcial.

Al nomás atravesar la quebrada, prepárese porque vamos a trepar una cuesta. Aquí vamos a pasar al lado de la choza de don Colacho Oseguera, un señor misterioso y sin orígenes conocidos. Vivía solo con su hijo y no se metía con nadie. Yo le tenía miedo cuando era niño y, antes de pasar por allí me rezaba unas cuatro ave marías, unos cuantos credos y tres oraciones a San Jorge. Todo eso con el fin de protegerme de la brujería que don Colacho podría hacerme.

¿Éramos papos, verdad?

Antes de terminar la cuesta, a su izquierda, están los potreros de don Carlos Rivas, el papá de Marcos el de Hilda.

Párese allí y dele un ojo al paisaje.

Desde allí puede ver la carretera de Las Selvas y los caseríos de la Cascada, El Portillo, y Granadillos. Fíjese bien y si se acuerda, puede ver claramente las casas de Don Juan Sánchez y de la de don Cayo Rodríguez.

Esta cuesta lo hace sudar a uno. Pero no se preocupe que dentro de un rato vamos a llegar donde mi padrino Moisés y va a ver como es de atenta doña Cristina.

Antes de llegar a la casa de mis padrinos, vamos que tener que hacer bulla. Porque si no ese perro jodido… Conder creo que se llama, nos puede morder.

Doña Luisa siempre le dice a mi padrino que cape a ese perro porque es muy bravo, pero mi padrino dice que es mejor así, porque así el perro cuida mejor.

Ya casi llegamos.

Ponga cuidado.

Tiruliruli tiruli tiruli

Tiruliruli tiruli tiruli

Tiruliruli tiruli tiruli tiruli

Me caí de las nubes que andaba

Como a veinte mil metros de altura

Por poquito que pierdo la vida

Y esa fue mi mejor aventura.

¡Ya vio!

Ese perro pendejo ya comenzó a latir.

-Y diay perro bandido, no mordás a los muchachos.

Mauro, agarrá el perro y amarralo.

- Verdad que le dije.

- Buenas Madrina

- Buenas mijo, y en que vueltas anda?.

- Aquí enseñándole a este alero los caminos de cuando era chigüín… huele a sopa de gallina.

- Si, estoy cocinando una sopa para cuando regrese Moisés.

- Mire compa, ese es Moisesito, el hijo menor de mi padrino.

- ¿Cómo estas hombré?

- Yo eftoy bien y vof. Ya vifte la fopa quefta cofinando Criftina.

- Si la vi.

- Puef tené cuidado, que efe pechuguo queftay es de Moifés.

- No te preocupes hermano, que sólo voy de pasada.

- Bueno madrina, gracias por todo, me le da saludes a mi padrino.

- Adios muchachos, que les vaya bien, pasen de regreso, hay les voy a tener unas rosquillas para que le lleven a la comadre.

Verdad que le dije ¡esa es calidad de gente, no se pierda!

Aquí nomás, vamos a pasar esta quebradita y luego vamos a llegar a uno de los lugares que me empujaron a amar las piedras.

Mire que lindos peñascos.

Puro cuarzo macizo.

De allí le viene el nombre a este lugar. Las Piedras Blancas.

Lindo lugar, y es aun más hermoso cuando los heliotropos están florecidos al mismo tiempo que las orquídeas. El perfume de esas flores es más poderoso que el Macuá.

Y viera usted que belleza cuando en el guayabillo, que ve usted más adelante, las oropéndolas hacen sus nidos. Que maravilla de lugar.

Aquí en la quebrada, va a ver el canal de lavar café que don Pedro Sosa construyó al final de los años 1960. Si le damos directo por en medio de la finca, llegaremos mas rápido a la casa del don. Alli vamos a ver a Petrona, a Hector y los otros hijos de don Pedro.

Pero mejor le vamos a dar por la carretera.

Allí le voy a enseñar el pasadero que lleva a la hacienda de don Nacho López y doña Eva de López. Tal vez miremos a don Carmelo Castro y a doña Trina. Muy buena gente esos señores.

- Adiós don Pedro

- Adiós mijo, salúdeme a don Joche.

- Bueno.

Esta carretera es plana, desde Piedras Blancas hasta El Palo Verde. Fue mi papa quien la trazó a mediados de los años 1960, antes de mi nacimiento.

Después de la apertura de la carretera, se construyeron algunas casas. Así pues, Maria Inés Espinal tenía la suya. Allí vivía con sus hijos que desgraciadamente no me acuerdo de sus nombres. Del único que me acuerdo es de Teyo (Doroteo). Ese muchacho quedo casi invalido a causa de la poliomielitis. Y según cuenta mi mama, ella lo ayudó a rehabilitarse con baños de agua caliente y sal de purga.

Ese Teyo era malillo y hacía seguido cosas que desagradaban a mi mama.

Mi mama le decía:

- Teyo, si no dejas de molestar te voy a penquear.

Y Teyo seguía con el mejengue.

- Bueno Teyo, no me vas ha hacer caso, ya vas a ver.

- Virginia, le respondía Teyo, usted solo es pedos y nada que caga.

Y que quería que hiciera mi mama ante una respuesta tan elocuente como esa…ponerse a reír.

Bueno, como le decía, algunas casas se construyeron cerca de la carretera y, más delante de la casa de Maria Inés, había la casa de don Marcelino Corleto y de Lencha.

Esos señores no los conocí, pero mis hermanas visitaban esas casas junto con mi papa. Ellas cuentan que allí había una lora que hablaba y que cuando ellas llegaban, la señora decía a la lora:

- Lorita, Salude à las muchachas

La lora respondia ¸

- Guevos

- Lorita, no sea malcriada, salude a las muchachas.

- Guevos

Y al final nunca saludó.

De esa casa sólo quedan las ruinas en medio de un viejo cafetal.

Más adelante estaba la casa de Constantino Corleto, hijo de don Marcelino, otro que se fue a buscar fortuna a Las Trojes.

Ya casi llegamos. De este roble en la esquina de las tierras de Tano Espinal hasta los límites de las tierras de mi papa, nos queda algo así como un Kilómetro.

Echele mejenga que ya llegamos.

Aquí en este pino encontramos a Roque el Chele bien a maceta, dormido bien socado a ronquido y pedo. Mi papa decidió que esa vuelta la íbamos a llamar la vuelta de Roque. Esa vuelta marca el inicio de la bajada hacia la casona donde yo nací. Allí en el plancito, al nomás bajar la cuesta, va a ver la pilota de cemento que don Cornelio Bustamante construyó para recoger el agua que mi papa hacia bajar por canales de Guarumo desde la fuente.

Mi papa estaba orgulloso de su obra porque decía que su mujer nunca se iba a poner una tina en la cabeza para acarrear el agua.

Al mismo tiempo que la pila, mi papa construyó también unos servicios de cemento para ir a hacer las necesidades fisiológicas y de paso ir a mear.

Así mismo, puso en el servicio un canasto de olotes (sin h como me corrigió Dulia) y un gancho con papel periódico.

Bueno mijo, ya llegamos. Siéntese allí en el corredor a descansar mientras nos comemos la burra de frijoles fritos, tortillas, sal y huevo en torta que nos aliño la Flora.

La próxima… Los habitantes de la aldea

¡Ay nos vemos Güicho oh!

lunes, 15 de diciembre de 2008

¡Adiós Pedro, las cosas no serán iguales sin ti !

¡Adiós Pedro, las cosas no serán iguales sin ti!

Así decía un viejo anuncio de Colgate, en el que Pedro, un diente cariado (negro), se iba y se despedía de los otros dientes sanos.

Hoy, no es un diente sino un amigo, Pedro Rodríguez, que nos ha dicho adiós. El también era negro, pero su gentileza sobrepasaba la mejor blancura.
A Pedro lo conocí en 1972, cuando yo bajaba de la montaña con mi papa. Pedro manejaba en esos tiempos la volqueta Fargo, la azul de la Alcaldía Municipal de El Paraíso.
Debido al color de su piel y a mi corta edad, le tenia miedo, pero con el tiempo me di cuenta que era igual a los demás.
Preguntándole a mi papa quién era ese señor negro, mi papa decía: ese es Pedro Saranda, un buen chofer. Fue uno de los primeros chóferes de don Lencho Molina.
Jobero, decía mi papa, ese bandido le gusta el guaro pero nunca falta al trabajo y tiene más vidas que un gato.
Fijate hombré, que te voy a contar una historia.
Allá por 1968, Pedro tomó un carro y se fue para la montaña, iba bolo, bien bolo. No se como diablos hizo para pasar todas las vueltas de la cuesta de Los Robles pero las pasó.
Atravesó todas los lodazales de El Portillo, y justo antes de tomar la cuesta de la Cascada, Pedro se durmió, el perol que él conducía se desvió y se precipito en un guindo. No hubo muertos, sólo que cuando los vecinos de la cascada y otras personas se pusieron a buscar sobrevivientes no encontraron a nadie.
Pedro había desaparecido. Lo buscaron por todos lados y no lo hallaron, todo el mundo pensaba que se había dado la guinda de miedo de ser juzgado por la pérdida de carro.
Por allí, unos cuatro días después del accidente, Juancito Mondragón un vecino de granadillos, decidió ir a cusuquiar con sus cuatro galgos. Agarró su 22 y se fue. Entró por el sitio La Abisinia de don Juan Benito Mendoza, allí cerca de la casa de don Juan Sánchez. Caminó y caminó siguiendo los perros que tufeaban buscando cusucos. De repente, aquellos chuchos comienzan a latir en el fondo de la cañada. Juancito se dijo “púctala, ese cusuco debe ser tamaña verga” y comienza a correr hacia el lugar donde estaban los perros latiendo.
¡Jodido! Ese fue pedo el que se llevo juancito. Cuando llego al fondo de la cañada no fue cusuco lo que vio. Lo que vio fue un hombre negro herido, y en mal estado. Al principio le dio miedo porque pensaba que eran los Cabos Cantonales que habían hecho la cosa.
Pero agarro valor y se acercó del hombre. Lo toco, y se dio cuenta que estaba vivo y respiraba. Estaba boca abajo y decidió que le iba a dar vuelta.
¡Jodido! Antes de darle vuelta, Juancito se acuerda del accidente de Pedro y allí nomacito se dice. ¡A la gran puta, si este es Pedro hombré! Y efectivamente era Pedro.
¡Lo sacaron de allí amigo! ¡En hamaca! Pedro estaba mal herido y sus heridas habían comenzado a infectarse y en el berenjenal, había perdido algunos de los dedos de uno de sus pies.
¿Y como llego allí Pedro papa?
¡Mirá, el guaro es jodido!
Parece que cuando el carro se fue al guindo, pedro quiso salir hasta la carretera, pero como estaba bolo, en lugar de eso, caminó o se arrastro en dirección contraria y así fue como se encontró posiblemente inconsciente en el fondo de la cañada.
¡Tamaño cusucón el que se hallo Juancito!

Yo creo que después de eso Pedro paró de beber y allí continuo trabajando como conductor de la alcaldía, de don Juan Díaz, de Lencho Molina, de Roberto Martínez y de Joche Izaguirre entre otros.
Por allí en los años 1980 decidió que se iba comprar una Willis un perol viejo de los años 1950. Con ese chunche trabajó acarreando leña para las secadoras de café y leña de ocote del Aserradero Lardizabal , tierra para los viveros, barro para las tejeras, mudando vecinos y vecinas. Ese trajín duró hasta en 1989 o 90 cuando la Willis cansada y Pedro viejo, decidieron que era tiempo de pasar a otra cosa. Esto fue justo después que, bajando la cuesta de Los Tres Pasos, la caja de cambios de la Willis se desajusto y el perol comenzó a bajar la cuesta precipitadamente. Hasta que pedro y su basta experiencia lo hicieron enterrar la nariz en el puente.
En ese tiempo Omar el de Hilda era el ayudante de Pedro.
Ese fregado llego con los pelos mas parados de lo que los tiene, a decirle a Javier (Chito) Méndez, el Hijo de pedro, que había pasado un accidente y que había que ir a sacar la Willis de donde estaba. Chito vino a mi casa y con el perol de mi papa lo fuimos a sacar. Creo que fue el último viaje de café en la Willis achotada de Pedro.

Así pues, con esta anécdota le digo adiós a Pedro.
Pedro de quien yo no se que año nació
Del que no se de donde venía
El que me contó que había sido mulero de Pedro Sabla y de Abel Valladares
El que pasó de mulero a conductor
El que bebió guaro y amó el Fútbol
El padre de Juan Cuco, Toño Mogo, Chito, Chita, Franklin, Mario, Dilcia, Marta, Maritza…
El Marido de Carlota Merlo.
El hombre que siempre encontró algo que hacer de mulero a conductor y de conductor a vendedor de ropa (a bugonero como decía Carlota).

¡Adiós pedro, Las cosas no serán iguales sin ti!

miércoles, 3 de diciembre de 2008

¿Un cuentecito antes de irnos?

Venga hombre, hágase para acá…

¡Mirá chigüina! Anda comprate un pan cuco y decile a tu tía que ponga el café.

Este mi alero, tiene que probar la invención de Juan el de Carlota Merlo.

¡Andá, apurate!

Ya va ver, una buena tasa de café caliente y unos cuantos panes de la panadería Tábora “onde el pan es más mejor” le va a caer bien. Eran caballos esos locutores de la Paraíso para decir pencadas.

¿Entonces primo?… ¿Nos peinamos o nos hacemos rulos?

Espero que no esté cansado de tanto caminar y que haya disfrutado del trayecto de la carretera de Las Selvas.

Lo llevé rápido, y no tuvimos tiempo de visitar a Nayo y doña Rosa. Otra vez que vayamos lo voy a llevar por allí.

También espero que el perro de doña Tona no lo haya visto pasar. Ese chucho hijo de 70 mil pares de zapatos es feróstico, como decía Tunino Merlo.

Ahora que está de regreso en el pueblo y que sus pulmones comienzan a estar llenos de polvo, le propongo que vayamos mañana a dar una vuelta por el lado de Las Dificultades. ¡Lindo nombre!...

Ese nombre, viene posiblemente de la dificultad de acceso que otrora experimentaba esa región de Honduras. Es un terreno quebrado de tierras arenosas, poco fértiles y aptas para las actividades silvícolas.

¡Putala! No le digo pues, a veces me da por hablar como Petilla Martínez.

Como le iba diciendo…

El paisaje es diferente al de Granadillos, hay mucha más vegetación, las cuestas son menos inclinadas y hay menos casas a la orilla de la carreta.

Mi papa y mi abuelo fueron unos de los que llegaron un poco después de los pioneros. Mi abuelo se había comprado unas tierras al mismo tiempo que algunos de sus hermanos y amigos, allí nomás en los Volcanes, una aldeita entre Los volcancitos y Las Dificultades.

Así pues, las fincas de La Arabia, La casa de Zinc y los sitios de El Sauce, Los mangos y otros pertenecían a mi abuelo. El Brasil, pertenecía a su hermano Emilio, El plan grande a don Alfonso Paguaga y otros dominios pertenecían a hermanos o primos de mi abuelo o a otros propietarios, como don Pablo Irías, Daniel Salinas, Miguel Becerra o a la Excao entre otros.

La Finca la Esperanza, en el Palo Verde… si la misma de don Joche, mi papa, partencia à Rafael Molina, un primo de mi abuelo.

Hasta tarde en los años 1950, ninguna carretera comunicaba el pueblo con las Dificultades. La gente se movilizaba a pié o a caballo, utilizando las veredas abiertas por los Pioneros durante la primera mitad del siglo XX o posiblemente antes. Esas veredas en general eran llamadas Caminos Reales, puesto que aún si atravesaban tierras privadas, ellos no pertenecían a nadie. En general eran suficientemente anchos, donde el terreno lo permitía, y podían pasar una mula cargada y uno de a pié al mismo tiempo.

Mi papa cuenta que allá por los años 1950, en la época de lluvia, y sobre todo los sábados, mucha gente bajaba al pueblo desde la montaña. Mucha de esa gente bajaba a pié, y según dice mi papa, la gente y sobretodo las mujeres, se echaban unos tapirulazos de cususa o de chicha con puro mascado y calzón de vieja, para agarrar valor y entrar en los lodazales que habían en los caninos. Los caminos eran transitados también por recuas de mulas cargadas que hacían fangales en los senderos.

Dice mi papa que los que tenían dos mudadas ponían una limpia en el saco y se iban con la vieja para el pueblo. Al nomás llegar a los Tres Pasos, se lavaban las patas y la güevera, sacaban su mudadita limpia y se cambiaban de ropa. Así, cuando llegaban a la pulpería de doña Isaura Rodríguez o a la Fronteriza de Tito Alemán, la gente se miraba más limpia.

Las mujeres, además de llevar en el canasto calaches a vender (pollos, gallinas, huevos y otros perendengues) también llevaban sus trapitos limpios.
Los hombres que no tenían más que un chiringo, según lo que cuenta mi papa, se quitaban el pantalón, los zapatos o los caites y se metían al camino, chuña y en calzonillos (no en calzoncillos).

De regreso a la montaña, no había ningún problema. La gente, después de haber recibido el pago de la semana o de haber vendido la gallina, se guardaba un pistillo para ir a comprarse unos cuantos cachimbazos de yuscatonic donde Toña la Pelona, donde Lupe Pastor o donde Martina, allá por el barrio de los calvos. Una vez medios a maceta, tomaban el camino de regreso. Algunos, que habían empinado mucho el codo, perdían todas las compras en el camino, y los otros se decían que era la última vez que bajaban al pueblo.

¡Esos días eran perros!

Suerteros los que “eran preparados y tenían su pistola, su caballo o su diente de oro” como decía don Pedro Sosa.

Ahora tenemos suerte porque podemos viajar en carro. No se quien viaja ahora por esos lados, pero en los años 1980 se podía ir a esos cachimberos en el carro de mi Abuelo, que conducía Moncho el de Chon, o en el Kiamaster achotado de Rafael el Muco, o en el Daihatsu con retorno del agua de Adán Pimpinela, o en la Toyota de Loño Rodríguez el hermano de Marcos Escoba, o en el Ford de Rosona, o en el GMC rojo de don Canacho Sosa, o en el camión de Manuel Calunga.

La última vez que fui por esos lados en 2005, el único chunche que ví, fue el de Juan Gallina el hijo de Coloradilla.

Pero le aseguro que la única manera de apreciar mejor la papada, es caminando y “gastando… gastando plantilla de zapatos” como decía Toñito Tercero…

Bueno, ya no lo molesto más. Tómese su cafecito y haga sus maletas, que mañana me lo llevo por la ruta de Las dificultades.

jueves, 27 de noviembre de 2008

El itinerario del la carretera de Las Selvas


La carretera de la montaña es el único camino para comenzar este viaje. Esta ruta comienza a la salida del pueblo, allí nomás en la ENEE (Empresa Nacional de Energía Eléctrica). Sólo que en lugar de tomar rumbo a Río Arriba, agarre a la izquierda y siga derecho por los Tres Pasos, pasando por la colonia San Juan. Con seguridad pasará frente a la casa de don Emilio Zúniga y verá las ruinas de la casa de Moncho Pirilanga.
Atraviese el puente de los Tres Pasos y siga la carretera hasta el final de la cuesta de los robles.
Allí, tenga cuidado porque la cosa se pone difícil.
Justo antes de terminar la cuesta, llegue donde Juancito (el de Maria La Chaparra) y pregúntele por donde es más fácil de llegar al árbol color de clorofila. Porque, como le dije, a partir de allí puede coger la carretera que va para Las Dificultades (otro itinerario que le contare mas tarde) o la que va para Las Selvas. Si es liberal y que admira a pajarito, (Ramón Villeda Morales) seguro que se va ir por las Dificultades, pues fue pajarito quien abrió la carretera a petición, según dicen, de mi abuelo.
Hoy tomaremos el itinerario de la carretera de Las Selvas. Esta lo llevará hasta le desvió del camino construido en los años 1980, a partir de la idea de mi papa, y la colaboración de todos los miembros de la comunidad paloverdeña.
Antes de llegar a ese desvió, pasará por lugares paradisíacos, El Portillo por ejemplo, de donde puede divisar la polvareda del Pueblo de un lado, y los vestigios de la casa de Moncha la Negra y de Chelinno, del otro.



Luego, bajando la Cuesta de la Cascada, puede divisar las plantaciones de café y los destrozos que los ganaderos y los explotadores del bosque han hecho a las montañas.
Los desastres más impresionantes son los sufridos por los de los cerros que se encuentran a su derecha, en las estribaciones de la sierra de Dipilto. Algunos de ellos obra y gracia de mi querido abuelo.
Bueno, siga bajando la cuesta, después de la gran curva, y al final del plan, verá la vieja casa de doña Mirtala Mendoza. ¡Deténgase allí! Mire lejos a su izquierda y verá las casas de Lucas Moncada y de Chinda, así como la finca de don Chendo Molina.
Después de haberse refrescado la vista con tan hermosos paisajes, siga su ruta y prepárese a pasar primero por la casa de Juancito Sánchez y luego por las casas del Ojo de Agua de Beto Duarte y de Juancito Mondragón. Un poco más lejos verá la casa de Don Cayo Rodríguez. Como guía, le recomiendo que se de una pasadita por allí y talvez Polín y su hermano Blaz le interpretaran un arranca pezuñas con guitarra y mandolina.
Siga bajando la cuesta hasta encontrar la vieja casa de don Felipe Gonzáles (donde vivían Amparo, Cristina -la novia de Tano Mendoza- y sus hermanos).
Allí tiene que pararse.
Baje la cuestecita y mire a su derecha. Allí verá la vieja casa de Don Toño Mendoza y de doña Juana Mondragón, señores que son parte de mis recuerdos de infancia, y de los cuales les prometo hablar un día.


Pero lo más importante, es que de allí puede ver la Finca la Esperanza, propiedad de José Izaguirre, donde su servidor vino al mundo.
¡Oy usté, ponga cuidado!
Lo maravilloso de este viaje es que usted tiene varias vías para acceder al mismo lugar. Todas parten de un mismo punto…la hermosísima ciudad de El Paraíso, fundada en el último cuarto del siglo XIX.
¡Pélele el ojo a don Tito!
Porque, desde donde don Felipe, si va a pié, puede agarrar el sendero que baja la cuesta de don Toño y seguir hasta la Jilguera y de allí hasta la casa de don Joche Izaguirre, o seguir recto por la carretera.

Bueno, digamos que se va por la cuesta de don Toño.
Después de despedirse de Godo y don Pipe, baje la cuestecita, abra la puerta de golpe a su derecha, o pásese debajo del alambrado. Siga el sendero y pase por donde don Toño… talvez le cuente una perra.
Tome nota que el sendero de la cuesta de don Toño se termina en un cruce de caminos casi en frente de la casa de Sebastián Salinas.
Fíjese bien, porque en el cruce de caminos está la cruz del descanso del muerto que no me acuerdo como se llamaba. Téngala en cuenta, porque de allí tiene que darle hacia la derecha. Camine aproximadamente medio kilómetro y gire a la izquierda. Baje hasta la quebrada y dele cuesta arriba hasta el potrero de El Barrial, y sígale hasta la casa de bloques de cemento de don Joche Izaguirre. Llegado allí, pídale agua al cuidandero y siga. De allí, le quedan dos minutos para llegar a la casa vieja que reemplazó aquella donde yo nací.
Le cuento (como dijo Anita Vallejo), que durante ese camino, al nomás bajar la cuesta de don Toño, usted puede ver la casa de Alduvín Mendoza y los vestigios del horno y de la casa de don Cornelio Bustamante. Más abajito verá los vestigios de la antigua casa de don Toño Benito Mendoza.
Después de haber pasado la cruz y la quebrada, escondidos en una meseta a su derecha, están los vestigios de la casa de Cresencio Midence, la misma casa donde uno de sus hijos murió de tétano en 1971.
En la casa de bloques hay otro monumento, el horno, que mi mujer y yo construimos en 1990 para cocer el jugo de la caña de azúcar de la pequeña plantación de mi papa.
Si quiere ponerle mas salsa a su viaje, regrese a la vieja casa de don Felipe y siga la carretera hacia Las Selvas. Eso le permitirá atravesar la aldea de Granadillos y toparse con la casa de Chelino. En esa casa, años antes, uno se podía echar una juca (Cerveza) o un pijazo de chicha o un octubre de Yuscarán, contemplando al mismo tiempo la escuela en la loma o las flores de Floricunda.
Sígale más para abajo y pasará por la casa de don Héctor Sandoval. De este punto podrá apreciar lo que queda de las viejas pinedas de don Juan Benito Mendoza. A su izquierda, levante la cabeza y mire los cerros de la Unión y de las Nubes donde, según dicen, se escondían Los Piña.
No se pare mucho tiempo, que se le va a hacer tarde y no podrá pararse donde Magín Arriola. No podrá tomarse un fresco ni contemplar, si aun esta allí, la belleza de Santos o la de su hija, ni apreciar la taciturna voz de Águeda.
La casa de Magín queda a su izquierda en un plantel en flanco de montaña, y de la carretera, sólo se le mira el techo.
A partir de allí, sólo le queda bajar un poco más… una curva a la izquierda, otra a la derecha, otra a la izquierda, y allí nomás esta el desvío hacia El Palo Verde.
Si viaja en la Toyota de Eduardo Coyote o en el Datsun de Roberto Osorio o en la Toyota de Isacio Rivas, pídales que lo dejen allí en el desvío.
Siga a pié, atraviese el puente Calzón Blanco (si aun existe), ese que construyó don Chema Baqueano. Atraviéselo y disfruté del olor de las flores de heliotropo. Si mira al suelo, tal vez verá algunas frutas de Tapaculo. No le de miedo, pruébelas… le van a gustar.
Camine un poco más y llegara a la casa de don Sixto Gaitán. Seguro que si llega allí, doña Gloria o don Sixto le ofrecerán una buena taza de café de palo.
Descase un poco, porque le queda subir toda la cuesta hasta la casa de Cariaco Merlo (hijo de la chinchirruta y hermano de Pascual), no sin antes pasar por la casa de Emilio López, que está a media cuesta. Donde Milo, si no ha vendido su cosecha de naranjas de bejuco (se les llaman de bejuco por que se venden aun antes que el árbol florezca, también hay café de bejuco), posiblemente podrá gustar las mejores naranjas de El Calentadero.
Dígale à Milo, si lo ve, que aun me acuerdo que un día me regaló un palo de naranjas cosechero y que un día, si tata Chu lo permite, iré a pedirle unas cuantas naranjas.
Dejemos las naranjas y continuemos.
Pasando por la casa de Mundo el sordo o Mundo el de Martina o Mundo puto, en fin, Raymundo Segura Maldonado, sígale recto y no se pare. No coja a la izquierda, siga recto. Posiblemente que el perro de Ciriaco le va a ladrar y que doña Petrona va a gritar… ¡y diay chucho hijo e la madre! Y el perro va a parar o se sentirá tan insultado que lo va a morder. Sobre todo… ¡no corra!
Siga su canino por una carretera plana hasta la esquina del limite entre las tierras de mi papa y las que antes eran de Toñito Tercero. Párese un rato, mire hacia abajo del cerro y verá las ruinas de la casa de los Aguilar, y las de la casa de Moncho Castro. Si ve para arriba del cerro, vera el lugar donde se encontraba las casas de Santos Oliva y de Tina, al mismo tiempo que el lugar donde existió la casa de Pedro Oliva.
¡No se raje! Ya casi llega.
De allí donde está, métase por el pasadero de la finca de café, siga la vereda, baje la cuesta hasta la quebradita, tómese un poco de agua en un cartucho de hoja de malanga y comience a silbar para que la gente sepa que esta llegando.
Al salir de la finca verá la casa que remplazó aquella donde nací el en 1966. Verá el patio de cemento para secar el café, la tolva y las pilas del beneficio de café…
Vaya a la llave, ábrala, mójese la cara y dele gracias a Dios por haber llegado.

Próximo itinerario… la carretera de Las Dificultades















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